Opinion · Memento

Naiara Puertas: «En España se ha celebrado la pérdida de la escasa industria para generalizar el turismo»

Enchufas la televisión y ves que han hecho un ERE en una gran empresa con beneficios. La siguiente noticia habla de que una multinacional quiere cerrar su fábrica para llevársela lejos, a un país donde producir más barato (menores salarios) y así ganar más. En el ascensor, el vecino te cuenta que por fin su hija ha encontrado trabajo “de lo suyo”, sea lo que sea. En el bar escuchas cómo un cliente le cuenta al camarero lo poco que cobra para lo mucho que hace, a lo que éste responde “al menos tienes trabajo”. El curro, la chamba, la faena, doblar el lomo… Todo en la vida parece girar en torno al trabajo. Se cuela en nuestras conversaciones cotidianas y en los momentos de desconexión, muchas veces, acabamos hablando del trabajo en el que gastamos tantas horas. Nos posiciona social y económicamente, nos sitúa en un lado u otro en las relaciones de poder y delimita nuestras posibilidades vitales.

Es un arma arrojadiza entre los políticos. Es un tema que suelen obviar la mayoría en las campañas electorales, pero del cual hacen lecturas interesadas dependiendo de su posición (gobierno u oposición) cada vez que salen los datos del paro. Subir el salario mínimo para que dejen de existir trabajadores pobres o que los empresarios paguen las horas extras, son reivindicaciones actuales que disfrazan de históricas cuando deberían ser temas asegurados y superados desde hace décadas. Ante el trabajo puedes ser explotador o explotado, aunque ahora te quieran decir que todos hemos de remar en la misma dirección, desde el gran jefe hasta el último becario contratado.

Naiara Puertas, periodista nacida en Donostia nos invita en su libro Al menos tienes trabajo (Antipersona, 2019) a reflexionar entorno a la actividad social más compartida del planeta. Desde mantras empresariales que se empeñan en vendernos como la igualdad de oportunidades, la productividad o la democracia en los lugares de trabajo, hasta la relación del mundo laboral con los medios de comunicación. Nos ayuda a cuestionarnos nuestra posición en el trabajo e impulsa a dejar de pensar cómo trabajamos y centrarnos en por qué y para qué. Ocho horas de trabajo ¿por qué? Treinta y siete años cotizados para jubilarse ¿por qué? Igualdad de oportunidades ¿para qué? La generación más preparada ¿para qué? O empezamos a cuestionarnos (y a cuestionar) el mercado laboral o tendrá razón Tyler Durden y sólo aguantamos en trabajos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos.

Confucio decía en una frase que eligieras un trabajo que te guste y no tendrías que trabajar ni un día en tu vida. En cambio, en tu libro afirmas que “trabajar en lo que te gusta suele ser el principio de que te deje de gustar”. Como persona que trabaja de músico y, precariamente, de periodista, las cuales son mis dos pasiones de adolescente, ¿consideras imposible disfrutar trabajando?

Bueno, para empezar lo que Confucio conoció no fue el trabajo bajo la lógica capitalista. Pienso que hay capacidad de tener pequeños, o por qué no, grandes momentos de disfrute en todos los trabajos, sean “de lo tuyo” o no, sean monótonos o no, formen parte del sector del que formen, pero no porque sean un curro, sino porque en él te relacionas con otras personas, porque es un acto humano. Esto, claro, puede ser muy bueno o muy malo, pero puede serlo en tu peña deportiva tanto como en el curro.

El tema del “disfrute” -si se quiere llamar así- en el trabajo, no es algo que me inquiete ni una cuestión que considere central -y me parece que a menudo se le ha dado una importancia excesiva-, lo que ocurre es que salta de vez en cuando a la palestra porque tratamos nuestros trabajos como objetos de consumo -lo que dicen de nosotros, si se cumple o no el “pacto social” por el que como estudié x tengo que integrarme laboralmente en el sector y…-, y a mí esto no me parece muy edificante. Me preocupa más que aquello que a priori se puede controlar políticamente (condiciones, sectores productivos, descansos, etc.) parezca ahora más inasible que nunca.

El libro, o eso pretendía al escribirlo, va más sobre cómo nos hace sentir ese poder que nos pone a trabajar que sobre si disfrutamos o no currando. Y creo que esa óptica es muy de generación: la generación anterior, aunque haya dejado esto hecho un solar, sabía que su trabajo era una relación de producción. La mía lo ve, como decía, como una especie de objeto de consumo.

Siempre hemos oído la afirmación de que tenemos que trabajar para vivir y no vivir para trabajar. En cambio, todo parece girar en torno al trabajo. Desde niños nos preparan para un empleo, se te pregunta qué quieres ser de mayor, suele ser un tema típico de las conversaciones de relleno, es la principal preocupación de los españoles según el CIS… ¿Podríamos afirmar que vivimos para trabajar y para esperar con ansia el fin de semana o las vacaciones?

Yo creo que no todo el mundo vive así y que existe una imagen muy distorsionada que narra como modo único de trabajar el que se da en las ciudades grandes: desplazamientos infames, comer de mala manera y desfasar el fin de semana para compensar, etc. Por ejemplo, tengo un par de amigas que han decidido trabajar 30 horas en vez de 40 sin ninguna de las razones que la sociedad considera aceptables para hacerlo, que son las relacionadas con los cuidados. Luego, claro, viene la penalización: la tendrán en sus prestaciones por desempleo, sus cotizaciones y en última instancia sus jubilaciones. Pero es que, como me gusta a mí llamarlo, el lado del bien, vamos, la cordura, es la de ellas; y la locura es que la jornada completa 100 años después de la huelga de La Canadiense siga siendo de 40 horas.

El relato oficial dirá que las echaron del mundo del trabajo ‘ideal’ (vamos, de la jornada completa) por ser mujeres. Pero ¿qué pasa? Que las cuerdas son las que corren el riesgo económico. El otro día una chica en la presentación de Donostia tuvo una perspectiva que me gustó bastante: la de que deberíamos llamar conciliación a cualquier cosa que hacemos fuera del trabajo, no a lo que ellos (los empresarios) acceden a llamar conciliación porque las instituciones les obliguen un poco y porque parece demasiado descarnado que una mujer se quede sin cuidar.

Pese a ocupar gran parte de nuestras vidas, como afirmas al principio del libro, “los ambientes laborales son terriblemente hostiles a ser narrados”. Es extraño que en libros, películas o series salgan los lugares de trabajo. Es más, en las series de más éxito los y las protagonistas suelen tener trabajos importantes, rara vez trabajan en una fábrica o en la hostelería. Y si sucede, como por ejemplo en Big Bang Theory con el personaje de Penny, se la señala como una fracasada con otras aspiraciones y todo acaba en un final feliz cuando asciende a un mejor puesto con mayor sueldo.

No he seguido mucho esta serie (no le veía la gracia, la verdad), pero no lo atribuyo a mucho más que al modelo americano de ascenso social, que aquí se ha terminado copiando. Si no me equivoco la actriz que mencionas acaba trabajando como comercial farmacéutica o algo así. No sé, creo que hacía menos daño en la hostelería. Hay mucha gente con muy buenos trabajos y muy infeliz, pero como con el tema de la maternidad, no hay espacio para hablar sobre ello porque rompes los esquemas de ascenso y reproducción social. Si acaso se da espacio para alguna extravagancia de un milmillonario que se va a vivir a una cueva en Lanzarote, pero claro, sigue siendo milmillonario.

De hecho, cuando aparece en el cine es catalogado de cine social o político. Nunca puede ser cine convencional cuando se trata el trabajo y la relación de los empleados con la empresa. ¿Existen intereses para tratar de este modo los asuntos laborales desde la cultura o es simplemente porque es un producto más difícil de vender?

No creo que haya sido un esfuerzo consciente, pero ya sabemos que el cine sociopolítico puede no tener un público muy numeroso, pero sí muy fiel. El reto es tratar el tema de manera que nuevos públicos lleguen hasta ahí, sobre todo gente más joven, aunque no sé si hay alguien realmente interesado en hacerlo de ese modo.

Continuamente nos quejamos del trabajo y celebramos la llegada de las vacaciones y hemos repetido mil veces la expresión “abajo el trabajo”. En cambio, hay estudios que dicen que el desempleo reduce la esperanza de vida. Muchas personas mayores se niegan a jubilarse porque “no saben hacer otra cosa” e, incluso, hay personas que se ofrecen a trabajar gratis para sentirse útiles. Como dices, parece que el trabajo ya no es lo más importante, es lo único. ¿Es una condición humana o un pensamiento impuesto por la sociedad?

Todas las personas necesitan tener alguna función en la vida para sentirse bien, y también desconectar de esas funciones de vez en cuando. Lo que han impuesto las instituciones para “asegurar inversiones” es el marco en el que encajan dichas tareas y el dinero, vamos, la libertad posible o la cobertura de necesidades que esas tareas proporcionan. Lo han hecho, y lo veremos ahora con la crisis climática y con las crisis de los cuidados, de una manera bastante cuestionable, y lo van a seguir haciendo así siempre que alguien logre un beneficio económico. Al final lo que reivindicamos no es otra cosa que desconectar la dignidad y la realización de las personas de lo que necesite el mercado de trabajo en un momento dado, y poner encima de la mesa que hay gente forrándose sin hacer nada y gente trabajando mucho que no ve un duro. Si quieres sentirte realizado, entrena al club de fútbol de tu barrio, pero no trabajes gratis para la Final Four de Vitoria, por ejemplo. Aunque cada vez hay más entidades bancarias metiendo sus garras en iniciativas de barrio

 He de reconocer que me reí cuando leí tu afirmación de que “probablemente ahora haya más parados capaces de entender los términos marxistas que nunca”. Cada vez parecemos más preparados, entendemos mejor las relaciones de poder, conocemos más a fondo cómo funcionan las empresas y el concepto de plusvalía. En cambio, cada vez hay menos fuerza en los sindicatos y menos huelgas y protestas (al menos de manera masiva o salvo situaciones irreversibles). ¿Crees que es por miedo o porque vivimos en una época donde reina el individualismo frente a la fuerza colectiva?

Ahora mismo hay muchísimas huelgas, pero antes los medios tenían la decencia de contarlas en vez de dar primacía a los “afectados”. No creo que haya menos huelgas, te escribo desde Gipuzkoa y desde luego que no hay pocas huelgas ahora mismo, ha habido conflictos larguísimos en limpieza de juzgados y comisarías, mantenimiento de carreteras; siguen vigentes en residencias de ancianos o mediadores culturales… lo que pasa es que hay algunos movimientos, como el de la huelga general que, como señala el Comité Invisible, con una experiencia fragmentaria del trabajo como tenemos hoy; quedan en cierto modo inservibles; el problema es más bien nuestro porque tan globalistas y abiertos como nos creemos, con el C1 y demás historias, luego no tenemos ni idea de lo que se cuece allende nuestras fronteras.

Yo no creo que la fuerza colectiva haya mermado, sino que se traduce en otro tipo de movimientos que necesitarán un tiempo para definirse y ser eficaces. Y esos movimientos, para funcionar, tienen que hacer que los que tienes enfrente no duerman tan tranquilos como lo hacen ahora, o sea, que saldríamos de un marco de negociación. ¿Y cómo va a salir de los marcos de negociación la generación que más papelitos tiene para justificar sus conocimientos y pedir dócilmente que se la contrate, pero que no tiene una experiencia tan directa de conflictividad? Pues ahí está el reto.

Además, antes de entrar en un trabajo exigimos igualdad de oportunidades y nos preparamos para ser “los mejores”. Una vez logramos un empleo, entramos con la aspiración del ascenso laboral y social. Buscamos “salir del barrio”, tener las oportunidades que no tuvieron nuestros padres y madres. Todo son aspiraciones a ser más, a no ser tú mismo, a no parecerte tus vecinos y antepasados. Si añadimos que cuando conocemos a alguien entre las primeras preguntas está la de a qué te dedicas ¿Se ha convertido el trabajo en nuestra manera de presentarnos en la sociedad actual?

Es un mantra de alguna gente, pero no creo que lo sea de toda la gente. Creo que se ha dado mucho bombo en un momento dado a la pérdida de expectativas “clasemedianistas” (y digo de expectativas y no material porque el peso real de la clase media apenas ha descendido en España en los últimos años) cuando se ha pasado por encima, por no decir que se ha celebrado, la pérdida de la escasa industria para generalizar el turismo. Ahí tienes a las madres plañideras que lo mismo te dicen que el turismo “genera riqueza” (aunque Lloret de Mar y Torrevieja sean los lugares con menor renta per cápita de España) y que si fuera así ya tendrían el baño alicatado en oro, que cuando llega la hora de que sus hijos se pongan a trabajar te dicen que cómo va a ser eso de que su hijo sea camarero si ha estudiado ADE; pero ay, si monta su propio negocio ya es ‘empresario emprendedor’.

En el tema de las identidades laborales siempre me da la sensación de que hay una mezcla entre la expectativa y el autoengaño, y que si hace falta dejar de lado el aquí y el ahora para seguir engañándose, hay personas que lo hacen sin reparo, así que siendo estas las premisas es muy difícil hacer un programa político teniendo en cuenta “lo material”, porque hay muchos que o bien niegan su situación o se avergüenzan de ella o piensan que “es temporal”.

 Ante la situación de precariedad actual, más que cambiar el sistema socioeconómico que es quien genera estas desigualdades, nuestras aspiraciones son volver al año 2005, a tener el agosto libre, 14 pagas, hacer frente a una hipoteca y poder planear un futuro piso en la playa. Volver a las “zonas seguras”.

Como te decía antes, serán las de muchos, las mías no. Mi objetivo es combatir el relato de la zona segura, porque hace 15 años la tasa de pobreza en España no era tampoco nada a celebrar, también moría mucha gente en el trabajo (de hecho, tuvo que llegar la crisis para que muriera menos gente) y la mafia empresarial era la misma que ahora. Cuando estábamos en la Champions League de la economía yo estaba cobrando 800 euros moderando foros de Internet y currando por ETT, así que no tengo esa sensación de irse todo a la mierda que quizá tuvo otra gente que llevaba un montón de años en sus trabajos, en el ámbito personal no tengo nada que rescatar.

La susodicha crisis, aparte de un mecanismo para disciplinar, fue una consecuencia lógica del modelo productivo español, no un cataclismo, no algo inesperado, lo raro es que no hubiera pasado antes. Lo que ocurre es que el modelo productivo es incuestionable, vende, por cierto, muchos pisos en la playa; y al que lo cuestiona lo ponen a caer de un burro, cuando tenemos un empresariado que no sabe ni coser un botón. Además, yo creo que precariedad ya es una palabra cuyo significado se ha ido vaciando y que forma parte de un teatrillo verbal entre patronal, sindicatos, alguna intervencioncilla que ha construido su personaje mediático en torno a lo de formar parte de una supuesta generación perdida y unos periodistas que no quieren salir tampoco del teatrillo porque si no pierden la publicidad institucional.

Por ejemplo, hay una precariedad que no emana del trabajo, sino de la ausencia de propiedad de la vivienda, y eso en un país de propietarios no lo aborda casi nadie. Mi objetivo no es la seguridad laboral, sino la reversión del poder. Y yo en agosto siempre trabajo.

Si a ello le sumamos, como hablas en el capítulo sobre democracia, que la izquierda parlamentaria muestra una equidistancia insultante al hablar de democratizar las empresas y afirmar que la búsqueda de beneficios es “absolutamente legítima”, ¿hay esperanza de revertir la situación laboral actual o nos hemos resignado a sobrevivir?

Al final la izquierda parlamentaria lo que está pagando ahora son los platos rotos de haber apostado por la inserción efectiva en la sociedad del trabajo en vez de por salir de la sociedad del trabajo, y la, llamémosle así, izquierda alternativa, tiene que ir tirandillo con medidas de reducción de jornada, rentas básicas y demás que están bien pero que no terminan de abordar algo tan viejo como la propiedad de los medios de producción. Al final se resigna un poco a redistribuir, pero no creo que eso tengo que ver con la supervivencia de nadie que no sea de las empresas.

Me parece interesante el capítulo sobre televisión. Con programas como Pesadilla en la Cocina o El jefe infiltrado que nos presentan las relaciones laborales como mero espectáculo, donde nunca se habla de las condiciones de trabajo ni del sueldo y dan una imagen del jefe amable e, incluso, necesaria. En la gran pantalla, en los últimos años, podemos ver películas sobre Steve Jobs o Mark Zuckerberg.

También vemos memes como el que comentas sobre Jeff Bezos u otros con el mantra de “empezar desde cero en un garaje” y acabar teniendo una fortuna. Las redes sociales arden cada vez que se ataca a Amancio Ortega y saltan a defenderle como si les fuera la vida en ello. A menos escala, son muchos trabajadores que dicen “mi jefe es majo”. La “nueva cultura de empresa” de la que nos hablas, que se trata de remar todos juntos como si el beneficio y el trabajo fuera el mismo para todos. ¿Cómo hemos llegado a esta situación de defender y admirar al jefe sin cuestionarse nada más?

No usaría esa segunda persona del plural porque hay mucha gente que también lo critica, pero esto ocurre por la propia dinámica del ascensor social. En el libro hay un capítulo entero dedicado a la igualdad de oportunidades, y lo que me pregunto es para qué se quiere esa igualdad “de oportunidades”, no igualdad a secas. Algunas personas han puesto sobre la mesa la idea de la ‘cuota obrera’ y cosas por el estilo para asegurarse de que esas personas que, se supone, conocen mejor la realidad de los trabajadores, estén en cargos institucionales, pero la experiencia nos demuestra que no necesariamente han legislado, ni se han unido a partidos, con intereses que a priori parecerían ser los “eminentemente obreros”, sino que a lo que han jugado es a escapar de allí trepando hacia arriba y en algunos casos directamente avergonzándose de dónde venían.

Yo todavía me acuerdo de Alfonso Guerra diciendo lo de que “no le perdonan a Juanito que venga del pueblo”, y bueno, ya sabemos la historia de su partido hasta el día de hoy y las reformas laborales que se ha comido. No creo que lo que pase siempre sea que se ‘admire’ al jefe como que parezca que no hay otra salida, si no quieres que te puteen mucho, que la de putear tú convirtiéndote en jefe de un modo u otro. No tenemos demasiados espacios para la fraternidad, y mucho menos en el trabajo.

Para terminar y no pintar un mensaje tan apocalíptico en torno al trabajo. ¿Qué nos aconsejas? ¿Opositar y hacernos funcionarios?

Pues… no tengo la impresión de que el mensaje que dé sea apocalíptico, simplemente quería perimetrar algunos contornos intentando salirme de la narración oficial de tipo generacional, sectorial o del relato del desempleo en los medios de comunicación. Como ya le comenté a otro compañero tuyo, al final terminé escribiendo el libro porque veía pocas oportunidades de intervenir del modo en el que yo quería en el mundo del trabajo, y aunque escribir un libro cueste, no es comparable a la organización colectiva que están llevando a cabo en muchos casos sectores muy ninguneados, aunque también hay que admitir que en muchos sitios poco se puede hacer porque el foco está en el “mantenimiento de los puestos de trabajo” y cuesta mucho salir de ahí.

Opositar es legítimo y además altamente racional, pero también hay que tener en cuenta que los que tienen dinerito y tiempo para ponerse a ello son esos niños de los ricos que luego en Twitter te dicen que son amantes del libre mercado, pero, ah, acaban de abogados del Estado. Creo que no hay excusas para no observar el mundo del empleo desde una óptica menos eurocéntrica, ya que se están llevando a cabo luchas muy interesantes en lugares alejados de nosotros: ojalá se tuviera la querencia por conocer lo qué ocurre en India como se tiene por las luchas en Kurdistán o Palestina.

La salida no va a ser personal -opositar- sino colectiva, como ha pasado siempre, pero aquí va a haber que decidir a qué colectividad pertenece cada uno: a la replegada en el estado nación (que cada vez va a excluir a más gente, y no solo a la venida de fuera), a la pequeña propietaria o a la asalariada. Cada uno verá, pero si no eliges bien y eres sincero sobre dónde estás, el coste es bastante alto.