Memento

¿Qué hay de lo mío?

Los Chikos del Maíz en concierto.- LOS CHIKOS DEL MAÍZ

Durante este año y medio de pandemia llegó un momento en el que dejé de leer prensa, de oír la radio y de ver los telediarios. Noté que me afectaba mentalmente y que me agotaba, me entristecía. No era porque quisiera negar los muertos ni la evolución negativa de las distintas olas, pero flagelarme no iba a ayudar a que las cosas mejoraran. Con el avance de la vacunación decidí volver a informarme por los distintos medios confiando en leer noticias más positivas y enterarme de si el fin de esta pesadilla estaba cerca.

Durante las últimas semanas he leído titulares esperanzadores como los siguientes: "El turismo nacional se desboca y supera en julio los récords previos a la pandemia"; "la recuperación se consolida con 82.500 parados menos y 76.500 nuevos cotizantes"; "Inditex olvida la pandemia y sella el segundo mejor trimestre de su historia"; "la vacunación contra el coronavirus en España, modelo de éxito en Europa". Además, cada vez son menos las noticias relacionadas con la pandemia, se van llenando los estadios de futbol, los bares recuperan su color habitual y las calles han vuelto a ser los ríos de gente ruidosa de antaño. Pero dentro de este arcoíris que parece emerger llega el momento egoísta de preguntar: ¿Qué hay de lo mío?

Porque lo único que parece no recuperarse es la música en directo, aunque desde fuera se venda que sí, que este verano han vuelto los conciertos. Y no sólo es falso, sino que parece que no interesa hablar de ello. La realidad es que 18 meses después hay muchas salas de conciertos que siguen cerradas, los aplazamientos y cancelaciones de festivales se siguen acumulando y somos pocos los "privilegiados" que hemos podido tener cierta actividad que ni se asemeja a la llamada normalidad.

Por desgracia, entre los titulares que hablan de recuperación, la música no aparece. Lo malo es que no aparece ni entre titulares negativos. Ni podemos encontrarla entre las declaraciones o tuits del ministro de Cultura. Mucha gente se quedará por el camino, pero imagino que poco importa. Total, en el ideario colectivo la música siempre ha sido más vista como una afición que como un trabajo.

Durante estos 18 meses se han ido poniendo parches para tirar hacia adelante, pero la sensación es que el formato se ha estancado. Porque es una apuesta que, por cuestiones logísticas, encarece las entradas sin que repercuta (a veces) directamente en el músico. Porque está muy guay vender lo de "cultura segura", pero cuando fuera del recinto de un concierto existen más libertades individuales que dentro es difícil de comprender por el público. Porque no tenemos alma de policía y nos cansa insistir a la gente que se siente y, además, ver a algunos seguratas con malas formas pedirle a la gente que no beba, que no baile y casi que no respire, cuando a 100 metros tienes un bar o una plaza donde puedes hacer todo eso, no siempre es tolerable.

Porque estas semanas estamos viendo festivales en Reino Unido o Francia sin distancias ni mascarillas porque piden estar vacunado o presentar PCR para entrar. También en locales cerrados. Porque vemos que en el fútbol se agolpa la gente en la grada e incluso futbolistas se abrazan a los aficionados para celebrar un gol sin la menor reprimenda. Ahí no tienen un tipo de Prosegur que les recuerde cada minuto que no deben mover ni las pestañas. Porque también están volviendo las fiestas populares y, por mucho que se pida prudencia y respeto, ni se sancionan ni se persiguen las aglomeraciones. Lo importante es si repercute en bares y hoteles.

Fuimos los primeros que decidimos, por razones sanitarias y éticas, parar la música y no volver hasta que no hubiera garantías. Se han hecho malabares para poder trabajar. Sesiones dobles, limpiar sillas, desinfectar concienzudamente, marcar en el suelo la distancia, contratar más personal, actuar a horarios de la siesta, del vermut… de todo y sin grandes quejas, porque entendemos que lo primero es la salud. Por suerte, en la cultura la mayoría no somos ni Miguel Bosé ni ZPU y hemos priorizado la seguridad a nuestras ganas y necesidades de trabajar, pero no entendemos que no se avance.

Y lo peor es que nadie explica nada. Como la hostelería y el turismo están recuperando casi niveles prepandémicos parece que ya nadie necesita contarnos la evolución del virus. Antes teníamos a Fernando Simón diciéndonos hasta cómo ponernos una mascarilla, pero ahora nadie dice si se va a instaurar el pasaporte Covid o cuándo alcanzaremos esa inmunidad de rebaño de la que tanto hablaban hace unos meses. Entiendo que con más de 100 muertos diarios y una alta ocupación de las UCIS no se puede abandonar la prudencia, ¿pero por qué ya nadie nos dice nada? ¿Por qué la cultura sigue siendo la más castigada por las medidas?

El daño económico a la música está siendo enorme, salvo algunas excepciones, pero el tejido cultural local puede quedar dañado para siempre. La música no nace en grandes festivales ni los grupos llenan recintos gigantes a los dos días. Todo tiene un proceso y empieza desde abajo. En las salas de tu ciudad, en los eventos de grupos locales, tocando en lugares pequeños para mejorar y darte a conocer. Todo ese proceso está herido de muerte o, lo que es lo mismo, el futuro de la música está en peligro y no es justo que tanta gente se quede por el camino por puro conformismo y desatención. Hemos cumplido con las medidas, seguimos haciéndolo, seguimos priorizando la salud, pero ha llegado el momento de ser un poco egoísta y preguntar: ¿qué hay de lo mío?