Memento

El Estatuto del Artista o la eterna espera de sentirnos protegidos

Imagen de archivo.- Pixabay

El Estatuto del Artista ha vuelto a ser noticia. Cuántas veces hemos oído hablar de él, en cuántas bocas de cuántos ministros y qué poco en el BOE. Con lo rápido que se legisla para otras cosas y lo que cuesta otorgar una protección laboral a un sector con características especiales. Un compromiso de 2018 que hoy día sigue sin materializarse al completo, aunque hace pocos días el ministro Miquel Iceta y la vicepresidenta Yolanda Díaz anunciaron el primer paquete de medidas que abordan un nuevo contrato, dada la intermitencia de este trabajo, y que, por fin, incluyen al personal técnico y no solo a los que nos subimos al escenario. Todo llega tardísimo, pero imagino que debemos agradecer que se vaya regulando.

Porque es una reclamación histórica y, cuando parecía que se iba a conseguir, llegó la pandemia y todo se frenó. Como es lógico, entendemos que existían otras urgencias, pero mientras estrellas mundiales entretenían a las personas confinadas, la realidad del sector era otra. Muchas personas no pudieron acceder a las ayudas a autónomos precisamente por la intermitencia de este sector, ya que este tipo de protección requería de unos mínimos que muchos trabajadores culturales no cumplían porque no siempre se trabaja durante los 12 meses del año. Al menos de cara a la Seguridad Social, porque cuando se crea música, se ensaya o se descansa tras una gira (quien puede) no se te considera trabajador, aunque todo forme parte de tus necesidades laborales.

Este hecho provocó que mucha gente del sector se quedara por el camino. Conozco músicos o técnicos que, tras muchos años dedicados a la cultura, tuvieron que buscar otros trabajos. Y no precisamente por no vender entradas o ser incompetentes en su labor, sino porque no tenían protección alguna y no todo el mundo puede mantenerse cerca de dos años sin trabajar. Se iban renovando los ERTE, se ampliaban las ayudas a la hostelería y al sector turístico, pero el mundo de la cultura languidecía mientras se le exigía contenido para distraer de la dura realidad pandémica.

Además, a raíz del triste fallecimiento de Taylor Hawkins, baterista de Foo Figthers, se me antojan otras preguntas: ¿qué se hace en estos casos? ¿cómo se protege a una banda que no puede seguir por la muerte inesperada de un componente? Imagino que en este caso habrá gente que piense que están forrados y no lo necesitan, pero también mueren músicos con menos seguidores y, además, hay muchos trabajadores en las giras, no solo los que se suben al escenario. Estaría bien plantearse estas posibilidades porque hay muchas bandas que sin una de sus patas no pueden mantenerse estables y continuar, al menos de inmediato.

Hay mucho que abordar y esperemos que el primer paso que se ha dado sea el inicio de afrontar muchas de las exigencias históricas de este sector.  Esperemos que el resto del camino no se haga tan lentamente, porque otra nueva variante u otra época de excepcionalidad y mucha más gente se quedará por el camino y no es justo.

Sabemos que tenemos un trabajo excepcional, que muchas bandas triunfan y después caen en el olvido. Asumimos que podemos dejar de vender entradas, de despertar interés y que puede que no siempre vivamos de la cultura. Pero mientras se protege y se reconoce la especificidad de otros sectores con un trato justo, los músicos seguimos afiliados en la Seguridad Social junto a los toreros. Sabemos que mucha gente observa a la gente de la cultura como vividores ególatras, pero existen muchas realidades en el sector y hay que protegerlas les guste o no. Los que nos subimos al escenario somos solo una pequeñita parte. Pero sin técnicos, sin luceras, sin roads, etc. el show no podría continuar.