La pequeña historia de mi abuelo.

Texto: Víctor Pascual

Supongo que era de noche. Supongo que el día era gris, y que llovía. Por suponer, supongo que no había pájaros volando, y que los árboles no estaban en flor. Supongo todo esto porque era invierno, y los inviernos son así. Pero hubiera sido así aunque fuera primavera. Al menos en el alma de mi abuelo. Estaban en casa, quizás preparando la cena… hablando con sus hijos… quizás…

Le sacaron a empujones de su casa, con esa prepotencia que da el uniforme y las armas. Con esa autoridad que da saberse conquistador de un territorio hostil y rebelde. Con esa superioridad que se adjudican los fascistas, autorizados por su dios a imponer fe y colores. Revolvieron las patatas que mi abuelo sacaba con sus manos de la tierra roja del faro de San Juan; las mismas manos con las que nunca hizo daño. Las revolvieron con sus manos, con las mismas de matar. Pretendían encontrar, quizás, algo que demostrara que no era fiel a los traidores, esos que se hicieron llamar salvadores… No encontraron nada, pero se lo llevaron a él. Se llevaron a mi abuelo y en su casa dejaron miedo; ese arma invisible que tanto gusta a los fascistas y con la que dejaron minada la España que querían para ellos.

De la Quinta Pedregal le dejaron salir dos o tres veces, supongo que por falta de espacio. Quiero imaginarme la oscuridad, la humedad, el hacinamiento, el olor, los gritos, las ostias, la impotencia, la incertidumbre… pero se me hace insoportable.

A mí, mi abuelo, siempre me dio pinta de rojo. Ahora lo sabemos, aunque siempre lo intuimos. Estaba en la brigada de choque del sindicato El Despertar y en la Federación Socialista de Avilés. Por eso le mataron. El rojo no es el color del infierno. No. Es el color de los amaneceres más bellos; es el color del amor y de las rosas. Le mataron por rojo, pero no sabían que, al hacerlo, le enviaban al cielo eterno de los luchadores por la libertad. Les convirtieron, sin saberlo, en los muertos de nuestra felicidad.

Por dos o tres veces le volvieron a encerrar en la Quinta Pedregal. Una casa grande, con varias plantas, donde los sótanos servían de calabozos… grises, húmedos, tristes calabozos donde martirizaban a la gente en busca de nombres de más rojos que llevarse de paseo. Puesto a imaginar, prefiero pensar que mi abuelo no les dijo nada; que apretó los dientes y que aguantó el dolor; que pidió clemencia por tener mujer e hijos que alimentar… que suplicó por su vida… que lo pidió por favor: “No me matéis; tengo una vida a medio hacer, unos hijos que me quieren, una mujer que me adora. Yo no he hecho nada que merezca este castigo”.

Supongo, también por suponer, que amanecía un día gris cuando se lo llevaron a matar. Que olía a muerte y podredumbre, que es a lo que huele la represión. Llovería, supongo, intensamente cuando les agruparon como rebaño para matarles a tiros. Se sentirían torpes, confusos, humillados, miserables… antes de oír los disparos. Y luego, nada. Sólo tierra encima y 70 años de silencio; 70 años de silencio cómplice que ha impedido que se cierren las heridas.
Quiero cerrar una herida abierta, y no al revés. Quiero llevarle flores a mi abuelo. Quiero llorar sabiendo qué ocurrió.

Ahora yace en alguna fosa perdida. Sus huesos se han fundido ya con los huesos de sus camaradas. Se han mezclado células y adeenes formando un solo hombre. Yo no quiero, si le encuentran, que le saquen de allí; ahora es más suyo que nuestro.

Estamos viviendo un futuro parecido al que soñaron. Sólo haría falta cambiar alguna bandera, algún himno y algún rey que aún nos recuerdan un trozo de la historia que nunca debió existir. Viva la República!… vive la República en nuestros corazones, igual que ellos.

El olvido es, al fin y al cabo, una prisión. No es tiempo de llorar, aún; es tiempo de sacarlos de allí y traerlos al campo abierto y limpio de la Memoria.. Aquí descansarán en paz, al fin. Aquí no hay venganzas ni rencores, sólo Paz y Justicia. Así, las lágrimas de después, no serán amargas; serán lágrimas dulces y reparadoras… curarán nuestras heridas para siempre.

Mi abuelo se llama José Ramón Guardado Gutiérrez, y está en algún sitio.

Suplicó por su vida
Y le mataron

Suplicó por sus hijos
Y le mataron

Rogó, pidió, rezó
Y le mataron

Quería vivir
Sencilla, humilde, tranquilamente
Y le mataron

Me canta al oído
Que no está muerto
Que no le olvide
Que no es sólo memoria
Que ahora vive en mi mirada
Que aún tiene en sus manos
los trozos de la vida que quedaba

Está en algún sitio
Lo sé

Le escucho cantar
Buscándome
Preguntándome
Pidiéndome

Está detrás de mi voz
Cuando pido
Pregunto
Busco

Está vivo
Porque canta conmigo
Porque me llama
Porque le escucho

Mi abuelo vive
Porque le busco