Dándole a Risto

18 Jul 2009
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El miércoles 15 se estrelló un avión, se llegó a un acuerdo sobre la financiación autonómica, y Rajoy dijo que su tesorero no le chantajea. Pues bien, lo más visto en las ediciones digitales de los periódicos de ese día fue el reporte de una bacanal en la campiña inglesa y la expulsión de Risto Mejide de OT. Lo de la orgía hasta se entiende, oiga, pero lo del publicista deslenguado es para replantearse esto del periodismo. Y en esas estamos, unido al coro de grillos que canta acerca de este sujeto poliédrico que hasta da conferencias. En realidad, sólo una, según su página web: en el Congreso Profesional de Peluquería de 2008. No digan que no se lo imaginaban.

Del jeta en cuestión y sobre si su expulsión es o no un montaje se ha escrito profusamente. Algunos hasta en serio: “¡Ya estaba bien de que un señor (que es todo menos un profesional del medio) se creyera con el derecho a insultar y estuviera convencido de que, antes y después de él, sólo existe el diluvio!”, proclamaba Mariví Fernández Palacios, experta en vísceras, en su blog de elmundo.es.

Y otros, como Pérez de Albeniz en soitu.es, de la única forma sensata que se me ocurre: “¿De verdad piensan que los telespectadores se tragan que han expulsado al polémico juez de OT por ser un chuleta, un maleducado y lanzar un par de comentarios homófobos? (…) En Telecinco a los chuletas, los maleducados y los homófobos les nombran ideólogos de la cadena. No serán ustedes tan pardillos como para creerse todo este montaje, ¿verdad?”.

Como les supongo informados, apenas mencionaré que al tal Risto le preparan un programa sadomaso para él solito, aunque Marhuenda, el Hearst de La Razón, no se lo crea: “En los despachos de Fuencarral [o sea Telecinco] nadie sabe de ningún programa nuevo”. Nos matarán con tanta intriga.

Mi libro
Entre tanto, a lo Umbral, el susodicho va de programa en programa hablando de su último libro, al que, por cierto, Sergi Pàmies en La Vanguardia le ha hecho una crítica disparatada: “Apuesta por un discurso premeditadamente fragmentado (…) con distorsiones difícilmente digeribles si se leen con actitud distante pero más coherentes si, arrastrados por la verborrea torrencial y la pirotecnia de esbozos egotistas, dejamos que el libro nos lleve a un territorio habitado por una mezcla de inseguridad y narcisismo y nos produzca una adictiva aunque incómoda sensación de perplejidad”. Está todo dicho.