Un viaje en barco de vela

El amanecer del primer día en el mar. Carlos y Miguel miran hacia el horizonte donde se intuye la Isla de Ibiza. JOSE PUJOL

Mis vacaciones de Esbirro de la edición gráfica se acercan a su fin y en horas regresaré a mi puesto en la moqueta verde de la redacción de Público para continuar con mi trabajo de editor gráfico. Estas vacaciones, además de aprovechar para dormir a pierna suelta todos los días, me fui de viaje en barco por Ibiza y Formentera con cuatro amigos. En este post, además de contaros la experiencia, os muestro algunas de las fotografías que hice durante el viaje con la Canon G10 que compré el verano pasado en los USA y otras fotos hechas con el iPhone y tratadas con programas gratuitos de retoque para este dispositivo móvil.

Antes de mi partida, a todo el que le decía que me iba de viaje en un velero me decían cosas como: “Que nivel” o “Que pijo”. La verdad es que yo pensaba de esa manera y asociaba el barco y el velero a una actividad de gente de mucho dinero. Sin duda el precio de las embarcaciones y su mantenimiento es muy alto. Pero una vez realizado el viaje, el irse de vacaciones en un velero me resulta muy parecido a pasar el verano en una caravana. Sin duda el barco es un transporte con mucho más encanto pero las similitudes entre ambos son muchas cómo descubriréis en mi relato.

Alvaro Gordillo en la cabina del Aldabra III sentado en la mesa de cartas o mapas encendiendo todos los aparatos electrónicos de navegación antes de la salida de la Marina de Alicante. JOSE PUJOL

Mi amigo Álvaro Gordillo dispone de un velero de su familia y nos propuso a los amigos ir una semana a Ibiza y Formentera por un precio medianamente razonable. El sería el patrón de la embarcación. Finalmente nos apuntamos al plan de Gordi cuatro amigos: Alfonso, Carlos, mi primo Miguel y yo. Saldríamos de puerto de Alicante el sábado, navegaríamos sin un plan previamente fijado y llegaríamos de nuevo a Alicante el siguiente domingo por la mañana.

Tras un viaje de más de cuatro horas llegamos a la Marina de Alicante. Hicimos una gran compra basada en la lista elaborada por Gordi y preparamos el buque para la travesía de más de 16 horas de Alicante a Ibiza. El Aldabra III era el nombre del barco y nuestra casa para los próximos siete días. El Aldabra III es un velero Sun Odissey de 14 metros, tres camarotes, dos baños y un salón con cocina. Todo el barco contaba con huecos, cajones y armarios que se cerraban pulsando el tirador, y las mesas y baldas contaban con un reborde. De este modo se impedía que nada se moviera y cayese con el movimiento del barco. Todo el espacio estaba muy aprovechado, como en una caravana.

El barco cuenta con múltiples sistemas electrónicos que facilitan la navegación. Radio, radar, gps, plotter, piloto automático… todos alimentados por una batería recargable cuya vida dependía del motor diesel del buque. Durante la travesía nocturna hacia Ibiza estos aparatos ayudaron a realizar una navegación segura. La radio nos prestaba un medio de comunicación y a través de ella recibíamos avisos de emergencia de los diferentes centros marítimos; el radar nos mostraba la posición de otros buques, su velocidad y rumbo, el GPS nuestra posición exacta, el plotter nos prestaba una carta digital no oficial que, ligada a los dos instrumentos anteriores, permite trazar rumbos; y por último, el piloto automático mantiene un rumbo marcado en grados º sin necesidad de que alguien gobierne la embarcación en todo momento.

Pero ninguno de estos aparatos sirve sin el factor humano y las normas de navegación.

Miguel mira a la gente que anda por el paseo marítimo desde la proa del Aldabra III a la salida del puerto de Alicante durante la puesta de sol. JOSE PUJOL

Las normas de navegación
La navegación, por lo poco que aprendido durante esta semana, se basa en un sistema de preferencias que dependen de la maniobrabilidad de las embarcaciones. De este modo, un pesquero de arrastre o un dragador tienen preferencia sobre todas las embarcaciones, los barcos a vela tienen preferencia sobre los que van a motor y estos tienen prioridad sobre las embarcaciones de recreo. Del mismo modo, el barco que alcanza a otro, que llega por detrás a mayor velocidad, debe maniobrar al que sigue. Dentro de las embarcaciones a vela, esta prioridad se desglosa según lo ceñido que vayas al viento, cuanto más de cara tengas el viento. En caso de ir enfrentados, la norma es maniobrar a estribor dejando al otro barco a babor.

En la noche, las luces de los barcos prestan toda la información necesaria. Una luz blanca de horizonte, una luz roja a babor (izquierda de la marcha), una luz verde a estribor (derecha de la marcha) y una luz de alcance en popa (parte trasera de la marcha), muestran el rumbo que siguen los barcos en la noche. La valía de este lenguaje la descubrimos en el viaje de vuelta a Alicante cuando no teníamos radar y el GPS empezó a hacer cosas extrañas.

El amanecer del primer día desde la cubierta superior del Aldabra III. Al fondo Ibiza. JOSE PUJOL

Autoretrato al amanecer del primer día rumbo a la Isla de Ibiza. JOSE PUJOL

Carlos y Miguel en la cubierta del Aldabra III rumbo a Ibiza. JOSE PUJOL

Vimos amanecer con Ibiza en el horizonte. Nuestro destino era la Cala de Beinirrás, donde se celebra al atardecer todos los domingos una fiesta hippie con timbales y donde días después comenzó el incendio. Llegamos a la hora de comer y fondeamos. Una lancha con un pequeño motor nos permitía movernos a tierra. Esta embarcación nos dio más de un susto durante nuestras idas y venidas.

Tras la experiencia hippie, dormimos hasta la mañana del lunes en la que despertamos con el barco en movimiento, resaca y mal tiempo. La biodramina resultó la vacuna perfecta contra el mareo y el balanceo de barco. Salimos al mar impulsados por el motor y pronto subimos las velas en dirección a Cala Llonga al oeste de la isla.

La bandera pirata «home-made» que Gordi izó en la Cala de Benirrás. JOSE PUJOL

Navegar a vela
Sin duda una de las mejores experiencias del viaje a sido navegar a vela y aprovechar lo que nos da la naturaleza, el viento, para poder desplazarnos. Dependiendo de donde viene el viento según el sentido de la marcha y su fuerza, se despliegan las velas. Nosotros navegamos utilizando el foque y la mayor. Cuando la fuerza del viento es muy alta se cogen rizos como hicimos en una ocasión. Coger un rizo es una maniobra en la que se recoge una parte de la vela disminuyendo su superficie. De este modo se puede seguir navegando con vientos fuertes.

La mayor parte del tiempo navegamos ciñendo. Cuando te diriges en contra del viento debes ceñirte al viento y abrir algo de ángulo. De este modo aprovechas algo del viento de proa. En estos momento es cuando el barco se escora y los tripulantes deben sentarse en la mura de la que proviene el viento para ayudar al barco a ceñir. Con un rumbo en dirección al viento debes realizar una serie de zig-zags llamados bordadas para poder llegar a tu destino.

Carlos en la bañera del Aldabra III cazando foque con la ayuda del winche en una bordada. JOSE PUJOL

Alfonso soltando foque con la mano puesta en el winche. JOSE PUJOL

Miguel frente a la mayor y el foque con viento de aleta. JOSE PUJOL

Miguel soltando el foque, que se aprecia al fondo, durante una bordada. JOSE PUJOL

Una bordada o un bordo es una maniobra en la que mientras se cambia el rumbo unos 90º se cambian la posición de las velas para recibir el viento desde el lado contrario. En esta operación, mientras Gordi controlaba el timón, nosotros debíamos soltar el foque por un lado y recogerlo o cazar en el otro cuando ya habíamos cambiado de posición. Todo esto teniendo cuidado de que la mayor no te golpease la cabeza cuando cambiase de lado.

He de decir que terminamos siendo unos expertos realizando esta maniobra… aunque al principio tuvimos nuestros fallos.

Alfonso y Miguel en proa soltando el ancla durante la maniobra de fondeo en Portinax. JOSE PUJOL

Miguel observa como Gordi en lo alto del mástil de la mayor quita el radar dañado. JOSE PUJOL

El mar está lleno de imprevistos y cuando íbamos a virar hacia el sur hacia Cala Llonga, descubrimos que el radar se había soltado y daba golpes en el mástil de la mayor sujetado por el cable. Rápidamente plegamos las velas y nos dirigimos a motor hacia Portinatx, el puerto más cercano. Allí Gordí consiguió bajar el radar que se encontraba inservible. Comimos algo y decidimos ir hacia al sur por el lado este de la isla buscando por popa el viento que nos había arrebatado el radar en nuestra ceñida. Conseguimos llegar a Cala Salada, donde fondeamos con las últimas luces del día.

Carlos al timón en dirección a Cala Salada. JOSE PUJOL

De izquierda a derecha mis compañeros de viaje y la tripulación del Aldabra III durante esta semana de agosto, Miguel, Gordi, Alfonso y Carlos con Es Vedrá al fondo. JOSE PUJOL

El martes pusimos rumbo hacia la Playa de las Salinas. Realizamos el paso junto a Conejera a motor y vigilando el indicador electrónico que indica la profundidad del fondo. Subimos las velas y pasamos Es Vedrá, esa Isla que parece la cabeza de un dragón que se sumerge en el Mediterráneo. Realizamos varias bordadas y llegamos a la hora de comer a las Salinas. Bajamos a la preciosa playa y nos bebimos unos cuantos mojitos y coco locos en el chiringuito donde pinchaba el DJ. Llegamos tan perjudicados al barco que la siesta se prolongó hasta la caída del sol y disfrutamos de una noche tranquila en el barco bajo la luz de las estrellas.

Vista de los barcos fondeados en Cala Sahona. JOSE PUJOL

El miércoles muy temprano salimos hacia Formentera rumbo a Cala Sahona. Para mi gusto la cala más bonita en la que estuvimos. El agua limpia y el fondo arenoso daban un aspecto turquesa al mar que se encontraba ese día en calma. Allí nadamos, comimos, tomamos mojitos en el chiringuito durante la puesta de sol y montamos una fiesta en el barco. Un buen día.

El jueves levantamos resacosos y el mal tiempo era acorde con el estado físico de la tripulación. Pusimos rumbo hacia la Playa de Illetas, cercana al puerto donde podríamos comprar algunas cosas que empezaban a escasear en el barco.

A la izquierda el Aldabra III en la Marina de Alicante antes de nuestra salida. A la derecha los pareos colgados frente a la Playa de Illetas. JOSE PUJOL

Supervivencia en un velero-caravana
La vida en el barco tiene una serie de ventajas pero gran parte de inconvenientes. Estos tienen que ver en gran parte con las comodidades a las que estamos acostumbrados a tener en nuestros hogares y nuestra vida diaria.

Si bien bebíamos agua embotellada, el agua dulce para nuestra higiene era escasa. Solo había un depósito que se puede llenar en puerto… y nuestra intención era no tocar puerto hasta nuestra vuelta. Por esto nuestras duchas eran inexistentes y los platos se enjabonaban con agua salada y se aclaraban con dulce. Nuestro pelo se mantenía acartonado y la sal cubría la piel.

El cuarto de baño consistía en una taza del tamaño mínimo necesario que debía vaciarse y limpiarse bombeando con una palanca que enviaba las aguas fecales a un depósito. Este proceso debía hacerse mientras hacías tus aguas mayores para que el retrete no se atascase. Aliviarse en el barco resultaba una odisea por el calor que hacía en la cabina, el bombeo, lo pequeño del lugar y el movimiento del barco. En una ocasión los graciosos de mis compañeros realizaron una bordada mientras estaba en el baño solo por diversión…

El barco dispone de unas baterías recargables por el motor o con un alargo en puerto, que nutre de electricidad a todos los aparatos del barco. El ahorro de energía era una máxima a bordo. Solo se podía cargar los móviles con el motor en marcha y a través de un enchufe de encendedor de coche. Toda la energía era destinada a mantener la nevera operativa. El cocinero oficial de barco era mi primo Miguel. La cocina de gas tiene un sistema para sujetar las hoyas y sartenes que ligado a un sistema de vaivén permite mantener las cazuelas en horizontal a pesar del movimiento del barco. El espacio pequeño, el calor y la falta de materias primas eran los principales inconvenientes del cocinero. Aun así comimos bien.

En un momento del viaje el agua empezó a escasear, nos faltaba pan, hielo y algo de comida y tuvimos que realizar una parada técnica. En barco llegas con facilidad a sitios de difícil acceso por tierra pero se dificulta la llegada al supermercado y el estanco.

La vida a bordo era como la de unos amigos de acampada. Todo el día en bañador o pareo que eran colgados en los cables del barco para secar, dando a nuestra embarcación un aire muy desaliñado. Una caravana en medio del mar.

Uno de los corazones de cinta de cámara desprendido de la bandera pirata de Benirrás, pegada a la cubierta. JOSE PUJOL

La maniobra de fondeo en Illetas fue muy dificultosa por el estado de la mar. El motor que baja el ancla nos dio algunos problemas y empezó a soltar toda la cadena. En ese momento, Gordi salió corriendo desde el timón hacía la proa del barco perdiendo en el camino su pareo. Muchas fueron las risas al ver a Gordi corriendo mal tapando sus partes y enseñando al resto de barcos su blanco culo que a diferencia del resto de su cuerpo no había sido dorado por el sol. El patrón, tal y como le trajeron al mundo, logró solucionar el problema y fondeamos.

Tras la compra y un incidente en la zodiac en la que un pesquero gigantesco casi nos embiste mientras Gordi intentaba volver a encender el motor y que causó muchas risas entre los marineros de la dársena del puerto, vimos la puesta de sol en la Playa de Illetas con una copa en la mano. De allí pusimos rumbo via taxi a Els Pujols… pueblo que debe guardar relación con alguno de mis antepasados.

Els Pujols, al igual que el resto de Formentera, es Italia durante los meses de verano. Todo está lleno de italianos, los precios en las tiendas están en italiano y los camareros te hablan en italiano si es que no son italianos. Allí nos emborrachamos vestidos con los polos personalizados y con el bordado del perfil del Aldabra III. Con ellos parecíamos una tripulación de regatas en toda regla. En el accidentado viaje de vuelta en la embarcación auxiliar, el movil de Alfonso terminó en el fondo del mar y fue recuperado por Gordi logrando salvar la tarjeta. Por ello no bajaba a tierra mi Canon G10 a falta de una carcasa sumergible.

Gordi, el patrón del Aldabra III, durante nuestro último día de navegación a vela. JOSE PUJOL

Una motora pasa frente a uno de los faros que señalizan el paso entre Ibiza y Formentera. JOSE PUJOL

El viernes decidimos salir a navegar. Todos disfrutábamos mucho de la práctica de la vela. Así que pusimos rumbo hacia el estrecho que separa las islas de Ibiza y Formentera. Haciendo varias bordadas pasamos el estrecho y nos dirigimos hacia el norte, pasando por Ibiza capital y fondeando en Cala Talamanca. Pero allí el mar nos movía de un lado para otro y no duramos fondeados ni cinco minutos. Salimos rumbo de vuelta a Illetas con viento de aleta y llagamos para ver la puesta de sol en la playa. Fue nuestra última noche en las islas Pitiusas.

Gordi observa la Playa de Illetas sentado junto a Alfonso en la botavara. JOSE PUJOL

Gordi, copa en mano, da una patada a Alfonso para tirarle al agua mientras grita»¡Esto es Aldabra!» en clara alusión a la película 300. JOSE PUJOL

Gordi y Alfonso se dan un último baño en la Playa de Illetas. JOSE PUJOL

En la mañana del sábado descansamos y nos preparamos para partir hacia Alicante. A las cuatro de la tarde partimos a motor, no había viento y el mar estaba como un plato. En el mar vimos la puesta de sol y allí vimos pasar a un grupo de delfines. Por la noche tuvimos que realizar guardias muy serias por la falta del radar y vigilar en todo momento el tráfico marítimo. Pero íbamos a motor, el mar estaba tremendamente tranquilo y la luna daba una tremenda visibilidad.

Miguel junto a la botavara con la puesta de sol al fondo camino de Alicante. JOSE PUJOL

Carlos prepara cafe en la cabina durante la travesía nocturna hacia Alicante. JOSE PUJOL

Alicante y su puerto a nuestra llegada a primera hora del domingo. JOSE PUJOL

Tras dos horas de sueño llegamos con las primeras horas de luz al Puerto de Alicante. Allí el atraque fue la última maniobra que realizamos. Solo cuatro horas de coche nos separaban de la ducha y la cama de nuestras casas en Madrid.

Esta ha sido una experiencia que recomiendo a todos. El mar y la libertad del barco te hacen sentir de una manera especial y ponen tu cerebro a una velocidad diferente. Aprendes a valorar la naturaleza y respetarla. Sin duda volveré a repetir y, sentado en mi silla sobre la moqueta verde, ya pienso mi próximo viaje en barco de vela.

La costa de la península durante la puesta de sol de camino a Alicante. JOSE PUJOL