Modos y Modas

Placer post mortem

¿VENTANA O PASILLO?// ISABEL REPISO

Equis elevado a lo póstumo tiende a infinito y a falta de calculadora puedes pensar en el Quinto Libro de Rabelais, Petróleo de Pasolini o el reciente Fráncfort de Navokov y Bolaños. Husmeamos en lo póstumo porque pretendemos una suerte de mensaje cifrado, unos renglones que anticipamos clarividentes y constituyen la producción más al límite de todo artista: ya sea porque no los juzgó dignos de su firma o porque fueron escritos en un extremo vital. La expectación es mayor cuando lo que nos separa del difunto es una muerte violenta, ya sea asesinato, suicidio, o ambos a la vez; una proeza sólo al alcance de Marilyn. Consumir póstumo se hace en contadas ocasiones y el lector se pone a ello con premeditación y alevosía, como quien se sienta a la mesa decidido a dejarse lo mejor para el final.

La mañana de antes de ayer se le antojó a Chiara la de un domingo cualquiera hasta que abrió Il Corriere Della Sera y se dio de bruces con un relato póstumo de David Foster Wallace. Se quedó mirando su foto a doble página temerosa, consciente de que leer eso de ese modo sería único e irrepetible. Se sumergió en el agua salada de su prosa, la cabalgó y de vez en cuando emergió a la superficie, exhausta de emoción. Encontró en ella una hipersensibilidad dolorosa, franca hasta la aberración. ¿Es posible que al ser humano le duela tanto respirar? Alzó la vista. No, ese domingo no fue uno más. Su palabra le había sido revelada.