¡Bravo, Cañete!

Arropado, protegido, mimado y suficientemente preparado, el candidato Cañete salió al campo y metió un gol en su propia puerta en la prórroga del día siguiente cuando, soberbia obliga, justificó su bajo rendimiento en el partido versus Elena Valenciano por un acto de galantería: España y yo somos así, señora, dijo este veterano de los tercios de Flandes y los ecos de su bravata resonaron como un poderoso eructo en Bruselas. Desde los tiempos de aquél terrible Duque de Alba con el que todavía asustan a los niños belgas que no quieren irse a la cama, no habían visto, ni querían ver en Bruselas tal despliegue de autosuficiencia españolísima. La Historia de España está plagada de frases célebres para justificar célebres catástrofes: “No he mandado a mi escuadra a luchar contra los elementos” o “Más vale honra sin barcos que barcos sin honra”, cuestiones ambas que resultan bastante discutibles, la primera misión de los barcos es precisamente luchar contra los elementos, tormentas, temporales, vientos y mareas. De la presunta honra de una de una flota hundida habría mucho que hablar, sin barcos no hay flota y sin flota no hay honra que valga un ardite. Pase lo que pase Cañete conservará…su escuadra de gasolineras, su flota de buques cisterna con servicio a domicilio.

¿Pero qué hacemos hablando de política en vísperas de esa batalla fratricida y decisiva en la que se decidirá la auténtica supremacía europea entre dos equipos “de Madrí” , del mismo “Madrí”, capital futbolística del mundo y eterna candidata olímpica. La trascendental cita ha desplazado en la opinión pública como tema preferente a los comicios europeos y si no llega a ser por Cañete y sus peteneras el desinterés hubiera sido abrumador. Cañete ha animado la mortecina campaña que no animan ni los carteles de la Valenciano, tipo portada de “Vogue”, ni los de Cañete como un ectoplasma, un fantasma, un holograma vestido de azul. A su candidato le han impuesto como penitencia en el partido, cerrar la boca en público y hacer labores sociales para congraciarse con el electorado femenino. Las últimas imágenes de su campaña le presentan escoltado siempre por sus damas de hierro, guardaespaldas y amazonas que mantienen alejados a los periodistas y a los posibles infiltrados, mientras el líder trata de huir por los pasillos mordiéndose la lengua. Cuando se siente arrinconado por un preguntador incómodo, el candidato muda su plácida expresión de fraile motilón y glotón, de gnomo de jardín sobredimensionado, de Papá Noel recriado en una barrica de Jerez, Miguel Arias Cañete, furioso, se defiende a manotazos de los acosadores y se deja querer por las eurofans a las que halaga en melosos discursos, plagados de halagos de género y trufados de referencias al buen hacer de la compañera Menganita que hay que ver como ha dejado de bien el campo orensano, la agricultura extremeña…

Hay algo que cruje en este Cañete feminista que ha hecho de la necesidad virtud para que le perdonen su pifia y no le saquen los colores, que bastante tiene con los que tiene ya de natural. En los cielos, se supone que plomizos, de Bruselas, se diluyen las aspiraciones de Arias Cañete a una comisaría europea, los socialistas han extendido, como una mancha de aceite (extra-virgen) las declaraciones machistas del candidato popular, de la flor de la caballería del PP, el ministro mejor valorado del gobierno menos valorado. En los pasillos de Bruselas ya no le reirán los chistes y las eurodiputadas no querrán subir con él en el ascensor.