Cabeza de ratón

Asaltar la tierra

A caballo de la valla infame de Melilla, setenta inmigrantes subsaharianos se asoman a la tierra prometida. La vista desde lo alto de la malla responde a sus mejores expectativas y cumple sus promesas. A sus pies se extiende una verde pradera bordeada de esbeltas palmeras. En el centro del edén una pareja, versión actualizada de Adán y Eva, dos rostros pálidos, aunque bronceados por ese sol de injusticia que acaricia a los privilegiados y castiga a los parias y a los desposeídos. Dos blancos perfectos que golpean una pelotita con un palo, actividad improductiva y extraña que parece fascinarles y que necesita para su práctica grandes superficies de inmaculado césped para goces de unos pocos. Trece horas encaramados a pocos metros de un paraíso imposible. Dicen las crónicas que, después de escuchar las sensatas advertencias de los guardias beneméritos, los 70 escaladores decidieron bajar a la tierra y perder de vista el perverso espejismo que les había deslumbrado por unos instantes y quizás les anime a probar otra vez en el futuro, a emprender una nueva y desesperada aventura.

Mientras, en el Parlamento español debatían sus señorías sobre la legalidad de las devoluciones en caliente de inmigrantes recién salidos del horno que reingresarán en el infierno con menos miramientos que hasta ahora. Los asaltos a la valla son cada vez más violentos, denuncian las autoridades con aire presuntamente contrito. Emparedados entre gendarmes de dos países, con un pie en cada mundo, donnadies en tierra de nadie, más amenazados que amenazadores, los salteadores han creado nuevas herramientas para escalar las vallas "antitrepa", pero aún no han desarrollado ninguna que les permita acceder a las verdes praderas y a los campos de golf aunque sea como caddies para llevar los palos y las pelotitas de los jugadores de élite, no de la élite deportiva sino de la élite económica.

Par devolver calientes y en caliente a los intrusos, sin vulnerar flagrantemente la legalidad que ellos mismos han creado, los parlamentarios populares y furibundamente antipopulistas han recurrido a una burda triquiñuela abusando de su impunidad, una enmienda a su propia ley, zafia artimaña que denuncian las ONG como Amnistía Internacional y certifican prestigiosos y abochornados juristas. No se trata de asaltar los cielos sino de asaltar la tierra y entregársela a sus legítimos propietarios, que somos todos, o casi todos si descontamos a los usurpadores que mantienen la posición contraria en defensa de sus espurios intereses; la tierra es suya porque la registraron a su nombre y en nombre de compañías, empresas, bancos, sectas y cofradías. El obispado de Córdoba, por ejemplo, después de la exitosa privatización de la Mezquita, trata de registrar a nombre de la Iglesia algunas plazas de la ciudad que atienden a piadosas denominaciones. Malos tiempos para los pobres, herederos a perpetuidad de esa Tierra que algún día, cada día más lejano, recibirán su legado, según las hueras profecías evangélicas. Bienaventurados los pobres de espíritu porque ellos heredarán la Tierra. ¿Cuándo? Eso está por ver, quizás cuando toda la Tierra sea tierra quemada, asolada, improductiva y saqueada. Cuando no quede nada por explotar, la valla de Melilla se habrá vendido como chatarra o tal vez instalada en los Pirineos. Pero esto no será un triunfo de los invasores sino la confirmación del abandono, de la retirada estratégica. Buen momento para los fabricantes de vallas y de mallas, habrá demanda para proteger las reservas turísticas, las playas exclusivas, los parques nacionales y los monumentos históricos que volverán a estar en recintos amurallados. Tal vez no sea necesario derribar la valla que protege el campo de golf de Melilla. Sean inmigrantes ilegales, o residentes legales, nativos o importados, siempre habrá intrusos si es que queda alguien al otro lado.