Cabeza de ratón

Ex simios

Anda revuelto el otoño con el verano, las primaveras ya no son lo que eran y no hablaremos de los inviernos por no convocar al mal fario. No hay peor  dictadura que la climatológica, puesto que la única forma de combatirla es el exilio, aunque el terrorismo industrial esté acabando con las selvas y los bosques, y las reservas naturales se transformen con los días en resorts y urbanizaciones de lujo, mientras que las palmeras mutan en anuncios de neón. Hasta las playas vírgenes más secretas se conviertan en plazas de aparcamiento. Pero el calentamiento global tiene también sus cosas buenas, porque gastas menos en calefacción, que contamina mucho, y en ropas de abrigo. Incluso podemos decir que la desaparición de los hielos polares tiene sus ventajas, pues están apareciendo más yacimientos de gases, petróleo, oro, diamantes y piedras preciosas. Y, por supuesto, también emergen muchos más terrenos edificables y recalificables.

Las puestas de Sol y los paisajes más bellos no son nada si no hay nadie para contemplarlos ni para explotarlos con el fin protegerlos. Los ecologistas son unos criminales insensatos que predican un mundo de pobres, honrados y limpios en el que nadie se manche las manos. Por qué querríamos ser más pobres, más honrados y más limpios, si podemos ser más ricos, más sinvergüenzas y dejar la suciedad para que la reciclen los pobres. Eso sí, a través de grandes empresas expertas en todo tipo de lavados y blanqueados en todos los confines de este mundo de perros.

Un día les mandamos a la mierda y los ricos obedecieron, se fueron a la mierda y a la mierda le sacaron partido. Ahora les damos una pasta para que se la lleven, y se la damos ya envasada y reciclada para que no se ensucien y sigan mal pagando a legiones de esclavos subempleados. Los ricos de las ciudades más sucias del planeta se cuentan entre los más ricos del mundo. La suciedad es una fuente limpia de riqueza. Una empresa española tiene, o tenía, la contrata de las basuras de El Cairo, probablemente una de las urbes más sucias, y por lo tanto de las más ricas del orbe. Por supuesto, los barrios más ricos de El Cairo son también los más limpios. La basura huele y hay que guardarla lejos de casa, pero a buen recaudo para que no se la roben a quienes han pagado por ella.

En el mercado global de la miseria todo tiene su precio. Todo se compra y casi todos se venden. Ya nos han vendido el aire, el tiempo, el espacio radioeléctrico, el suelo y el subsuelo. El afán de lucro del género humano no conoce límites y atraviesa fronteras y estratos geológicos. Desde la más remota prehistoria, el homo sapiens ha practicado el fracking, golpeando piedra contra piedra, sacando chispas del pedernal, fabricando armas y herramientas, abriendo cavernas o cabezas, perforando y percutiendo con denuedo y, cuando consiguió pulverizar a su gusto la materia y hurgar en las entrañas de los átomos, liberó una potente energía que aún no puede controlar, pero que hace mucho ruido y mete mucho miedo, que es de lo que se trata.

Vivimos  entre el Bing y el Bang, en un largo paréntesis que tal vez se  inauguró con esa danza de antropoides furiosos que abría el 2001 de Kubrick. Para el final de fiesta espero que contraten a los guionistas del Planeta de los Simios, aunque tal vez estén pensando en otro film de Kubrick, "Doctor Strangelove" que aquí tituló un listo  "Teléfono Rojo ¿Volamos hacia Moscú? El fracking puede ser la trepanación definitiva que acabe con los problemas terrícolas, acabando con la  misma Tierra. Es una mierda de planeta pero le teníamos cariño.