Cabeza de ratón

Gorilas en la niebla

El 25 de diciembre es uno de esos dos días del año en el que muchos periódicos de papel desaparecen como si quisieran declarar una tregua por su cuenta y parar las máquinas del tiempo. Hay quien dice que lo hacen solo para darse importancia, para que los echemos en falta y deploremos su ausencia. La Navidad es período de treguas para que los combatientes descansen y regresen con renovadas fuerzas, para que los políticos afilen las garras mientras sonríen con navideña e hipócrita mueca. La Navidad es de los niños y de los hipócritas, de los vendedores de ilusiones y sobre todo de los consumidores compulsivos, anegados en una marea publicitaria, en una ciclogénesis explosiva que les arrastra a gastar lo que no tienen para comprar lo que no necesitan,

Las luces navideñas de bajo consumo palidecen bajo una capa de niebla, se enturbian los escaparates y los viandantes se tropiezan por las calles. Recuerdo un cuento, no precisamente navideño, de Boris Vian: Una intensísima niebla cae sobre la ciudad, la visibilidad es nula y un ciudadano decide salir desnudo a la calle en la que descubrirá que una considerable multitud comparte su ocurrencia. Durante ese período todo el mundo copula en todas las esquinas, sin freno y sin tabúes y la población, anónima y desprovista de prejuicios, se siente liberada y feliz. Cuando desaparece la niebla, los ciudadanos deciden sacarse los ojos.

Bajo un fanal de niebla que amarillea de azufre, la ciudad celebra la nochebuena entre algodones, que a veces sirven para restañar heridas. Paz para los hombres de buena voluntad, estamos de acuerdo, pero qué hacemos con los otros. En cualquier reunión de personas de buena voluntad se cuelan siempre gentes de mala voluntad dispuestas a arruinarnos la fiesta y a hipotecarnos los juguetes. El gobierno de la nación reparte regalos envenenados en las navidades de la recuperación y anima a la población al consumo, creando la percepción de que la bonanza de la que hablan empresarios, políticos y financieros llegará a todos, por lo menos a todos los españoles de buena voluntad, tan buenos como para volver a obsequiar a Rajoy y a los suyos con sus votos…

Por hoy prefiero la niebla, se que hay gorilas en la niebla, manadas de  chacales de colmillo retorcido y pájaros de mal agüero, pero no creo que me saque los ojos cuando emerjan de la niebla pasajera nuestros peores fantasmas con las mejores de sus sonrisas y sus ofertas que no podemos rechazar. Sí podemos y esa posibilidad les tiene de los nervios, a los de la casta y a los de la Susana. De Guindos y Montoro  ríen cuando mienten y últimamente ríen mucho. Mariano tiene un tic y cuando dice una mentira guiña un ojo y el portavoz, Rafael Hernando, "El potro de Guadalajara" parece de los que practican eso de "para qué vamos a dialogar civilizadamente si podemos arreglarlo a hostias en la calle". Y con la llegada del nuevo año, el retorno de la insustituible Esperanza Aguirre, que renace de sus cenizas con las alas chamuscadas y cacareando en el corralito de Génova.

Entre la niebla empiezo a vislumbrar como toman forma de nuevo los ectoplasmas de nuestras pesadillas. La niebla les vomita, la rabiosa actualidad se cuela por las rendijas. Los peces en el río beben y beben como buenos cristianos. Braman (o lo que sea que hagan) los gorilas y rugen los leones que cuando la niebla se disipe atacarán nuestro desguarnecido campamento. Me quedo con la niebla.