Menos lobos, Villalobos

Vamos a peor, antes las diputadas y los diputados mataban el tiempo durante las intervenciones parlamentarias de sus rivales en el Congreso jugando a Apalabrados en sus dispositivos móviles. Apalabrados es un juego de adultos, un juego didáctico en el que se aprende vocabulario y se estimula el ingenio. El Candy Crash al que jugaba Celia Villalobos mientras su jefe se esforzaba en vendernos su estado de buena esperanza en el Parlamento no requiere tanto esfuerzo intelectual y está al alcance de todos, incluso de la mencionada Celia Villalobos. En su descargo hay quien apunta que quizás comenzó su partida cuando hablaba Pedro Sánchez y luego se enganchó y no pudo dejarlo. Es comprensible, solo los ludópatas como ella saben lo mal que sienta tener que dejar a medias una partida y quedarse sin caramelos. El Candy Crash no perdona a los desertores y presidir el debate del estado de la nación no es una excusa válida, el debate funciona solo y el Candy necesita cierta concentración. Claro que, como explicaba una compañera de filas de la jugadora, hay personas de gran capacidad intelectual que pueden hacer varias cosas al mismo tiempo y hacerlas todas mal.

La cortesía, el respeto mutuo y los buenos modales no figuran entre las virtudes parlamentarias, no hay más que ver a los portavoces de las formaciones minoritarias clamar en el hemiciclo desierto. Los que se quedan suelen aprovechar para descabezar un sueñecito, leer los periódicos o hablar de sus cosas. Estoy seguro de que si, un día de estos, un portavoz de la minoría anunciara desde la tribuna que lleva un cinturón de explosivos y está dispuesto a detonarlo, solo se pondrían a buen recaudo los ujieres y los periodistas (algunos). Echo de menos a Labordeta con su contundente: “Váyanse todos a la mierda”. Es difícil tomarse en serio a unos representantes del pueblo que no se toman en serio ni a sí mismos. Solo un pueblo inculto y torpe puede votar a esa patulea de comparsas que solo ocupan los escaños los días en los que sus responsables de filas pasan lista y recuentan sufragios, individuas e individuos pagados con el dinero común que aplauden o abuchean al ritmo que marcan sus jefes de cla.

La disciplina de voto, que es la argamasa que compacta nuestro sistema parlamentario, es -decía mi maestro Chicho Sánchez Ferlosio- anticonstitucional. Los votantes eligen a sus representantes para que les representen y defiendan sus intereses, no para que se comporten como previsibles marionetas sin vida propia, a las órdenes de la jerarquía. Si, como medida de la calidad democrática de un país, se analiza su rutina parlamentaria, rutina pura y dura en este caso, nuestro índice debe de estar a la altura de alguna república africana. Para votarse o insultarse no hace falta desplazarse, como ha querido demostrarnos Celia Villalobos, basta con una tableta en multipantalla para poder compaginar el trabajo con el placer. Por su parte Mariano Rajoy ya nos ha explicado que con un plasma es suficiente para contactar con las masas. Vayamos pues, sin miedo y sin vergüenza, hacia un parlamento virtual, el más eficaz y el más económico para ese país virtual y modélico en el que viven el presidente y su camarilla.

De momento y como solución transitoria yo propondría prohibir el uso de móviles en los Parlamentos, como hacen en los colegios y en los espectáculos públicos. Y al que desobedezca, multa y castigo de cara a la pared o expulsión temporal para los reincidentes.