Multiplícate por cero

Burbujas de muerte

Hace cuatrocientos millones de años, los futuros seres humanos tomamos la decisión de arrastrarnos fuera de los mares, vivir en la tierra y respirar oxígeno. La consecuencia fue que hoy nos están vedadas tres cuartas partes de la superficie del planeta. No podemos respirar agua ni tampoco soportar la presión.

El agua es 1.300 veces más pesada que el aire, de modo que según desciendes cuando buceas, la presión aumenta lo equivalente a una atmósfera (todo el peso del aire que tienes encima de ti cuando caminas por la calle) cada 10 metros de profundidad. La Torre Caja Madrid, uno de los cuatro rascacielos construidos donde los antiguos terrenos del Real Madrid, tiene 250 metros de altura.

Ahí arriba, el cambio de presión es inapreciable. A la misma profundidad bajo el mar, los pulmones se comprimen al tamaño de un melocotón. Pero, como estamos hechos principalmente de H2O, el cuerpo se mantiene a la presión del agua que lo rodea y no resulta aplastado en las profundidades, de modo que el problema de bucear no es el cuerpo, sino las burbujas: los gases del interior de los órganos sí se comprimen y descomprimen muchísimo con los cambios de profundidad.

El 80% del aire que respiramos es nitrógeno. Al someter a presión al cuerpo, el nitrógeno se transforma en pequeñas burbujas que pasan a la sangre y a los tejidos. Si la presión cambia demasiado rápidamente, como ocurre en una ascensión rápida hacia la superficie, las burbujas atrapadas en el organismo empiezan a bullir igual que hacen las de una botella de cava al abrirla, atascando vasos sanguíneos, privando a las células de oxígeno y causando dolor de cabeza, vértigo, trastornos neurológicos… puede que incluso la muerte.

La única solución es la paciencia: hay que subir lentamente, permitiendo que las burbujas de nitrógeno se vayan diluyendo solas. Si lo haces bien, evitas esa enfermedad del buzo: respiras y te descomprimes correctamente. Y has llegado al mismo sitio que si hubieras intentando el ascenso a toda velocidad: arriba.

Rescate de los grandes

En economía, al parecer nos está ocurriendo lo mismo ahora: mientras muchos buzos subimos centímetro a centímetro, hay otros que empiezan a acumular burbujas demasiado rápidamente porque quieren llegar arriba ya mismo. Si se les deja, en mitad del ascenso es probable que tengamos que volver a parar para rescatar a los que necesiten urgentemente otra descompresión. De forma que no es sólo su problema, sino el nuestro.

Lo dicen el premio Nobel Joseph Stiglitz o Joaquín Almunia, nuestro comisario de Asuntos Económicos de la Unión Europea. Ambos acaban de alertar de que los bancos, después de los gigantescos planes de salvamento con dinero público que se han instrumentado para ellos en todo Occidente, vuelven a ser tan grandes que se puede generar el mismo problema de nuevo: que son demasiado enormes como para dejarlos quebrar. También gentes como el especulador arrepentido George Soros o Nouriel Roubini, otro de nuestros economistas brillantes, alertan de la renovada y desmotivada euforia bursátil, la subida de las materias primas, la deuda pública… Es decir, vuelven las burbujas financieras, los buceadores de riesgo se han cansado del fondo y quieren volver a toda pastilla a la superficie.

En la historia de la economía se habla de muchas burbujas que han causado gravísimos problemas. La primera fue la de los tulipanes holandeses en la primera mitad del siglo XVII. Luego está la de las "compañías de acciones", en el XVIII, cuando cientos de europeos empezaron a invertir en las compañías que estaban colonizando América y el mercado se colapsó; la crisis de los especuladores del ferrocarril en el XIX; el crash de 1929, la crisis del petróleo de los años 70 del siglo XX, el boom inmobiliario de los 80 y los 90, el derrumbe de los "dragones asiáticos" (que provocó, entre otros, el propio Soros), el pinchazo de la burbuja punto com a partir de abril de 2000 y la crisis financiera internacional y las hipotecas subprime desde 2008.

Ahora quizá se esté generando de nuevo una gran burbuja de nitrógeno, mucho más rápidamente que en la crisis anterior (apenas dos años). Todo lo cual quiere decir que los humanos no aprendemos de nuestros errores: nunca debimos salir del agua.