Multiplícate por cero

La triple A

La triple A tiene connotaciones contradictorias. Quienes atesoramos una cierta e indefinida edad, aquellos que éramos adolescentes durante la transición española, recordamos (evidentemente, de forma negativa) esas siglas como las de un grupo paramilitar, la Alianza Anticomunista Argentina, que asesinaba por aquel entonces, en el país suramericano, a intelectuales, políticos de izquierdas y montoneros. Sin embargo, hoy, el grado AAA se utiliza en el mundo económico para definir la pata negra, el caviar, lo máximo, si eres un Estado que emite deuda pública, una gran corporación que lanza bonos, una institución que ofrece obligaciones…
O sea, la calificación AAA es lo-que-hay-que-tener, lo que a la gente pudiente –a todos esos inversores que, a través de fondos de inversión o mediante sociedades personales patrimoniales, compran toda esa deuda y suscriben todos esos bonos y obligaciones– de verdad le importa. Así que la definición ha prosperado mucho: ya no
se refiere a un criminal, sino que tienes lo-que-hay-que-tener para que te den la pasta.
Los catadores de la pata negra, los que dicen "tú eres AAA, tú no, tú eres BB" son las llamadas agencias de rating, las sociedades que califican si una inversión es buena o no, según una escala de una decena de escalones. Por ejemplo: AAA significa "capacidad extremadamente fuerte de cumplimiento de los compromisos financieros", o CC denota que una inversión es "altamente vulnerable en el momento actual".
Oligopolio norteamericano
Tres de esas agencias, norteamericanas todas, oligopolizan el 95% del mercado mundial: Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch. En la opinión de estas agencias, las inversiones de Madoff, el mayor chorizo de los últimos tiempos, tenían la calificación de AAA. Igual que todas aquellas emisiones de activos hipotecarios en Wall
Street anteriores a 2008: todas tenían lo-que-hay-que-tener, y resulta que hoy son "activos tóxicos".
Las tres agencias doblaron sus ingresos entre 2002 y 2007, hasta alcanzar conjuntamente la cifra de 6.000 millones de dólares. Moody’s se mantuvo cinco años como la
compañía de mayor margen de beneficio entre las 500 mayores de Estados Unidos.
Hace unos días, Standard & Poor’s empezó a corregir sus calificaciones. Una de las cosas que ha hecho ha sido degradar a nuestro Estado, el Reino de España; lo ha bajado de AAA a AA+, que significa "capacidad muy fuerte", no "extremadamente fuerte", de cumplimiento de los compromisos financieros. Ha hecho lo mismo con otros países sureños, como Grecia, Irlanda y Portugal. Los que permanecen siendo Jabugo son los de siempre; por ejemplo, Alemania. Lo mismo le ocurre por lo visto al paraíso fiscal de la Isla de Man.
Igual ahora las agencias lo están haciendo bien. Es posible que con nuestros datos actuales, como Estado emisor de activos de inversión y dotado de unos indicadores macroeconómicos en deterioro progresivo, España no se merezca una triple A. Pero entonces tampoco muchos otros a los que el rating no se les ha bajado.
¿Es usted, personalmente, triple A? ¿Merecería la pena invertir en usted, darle un crédito, concederle una hipoteca? A la vista de las restricciones de crédito, a todos nos han bajado el rating. Pero le puede preguntar a Raymond McDaniel, consejero delegado de Moody’s, que en un memorando interno escrito en octubre de 2007, y revelado un año más tarde ante el Congreso de los Estados Unidos, decía: "El mercado actualmente penaliza la calidad, porque los clientes contratan a las agencias basándose en cuál está dispuesta a darles la máxima calificación, no en cuál es la más honesta. Esta oculta competición, con estas bases, puede poner en riesgo el sistema entero –lo ha puesto ya–. La calidad de los rating tiene, sorprendentemente, pocos amigos: los emisores quieren altas calificaciones; los inversores no quieren degradaciones, los banqueros miopes juegan con las agencias para ganar unos puntos extra en sus objetivos".
¿Qué se merecen las agencias de rating? La perspectiva que nos da los últimos meses hace que les revisemos a ellas su calificación.