Opinion · Notas sobre lo que pasa

¿Por qué el Gobierno español da la cara por Trump?

Marià de Delàs
Periodista

Un papel muy bonito juega la diplomacia española en Venezuela.

El Gobierno de Pedro Sánchez da todo tipo de facilidades a los 200 diplomáticos que el ministerio de Asuntos Extranjeros ha decidido movilizar para mejorar la imagen del Estado español en el exterior. Además de la valiosa aportación al prestigio del sistema judicial de su más alta magistratura, el apoyo proporcionado por el Ejecutivo del PSOE a la intervención norteamericana en la vida política venezolana no podía ser más oportuno.

Es una lástima que Josep Borrell dijera que una personalidad como Leopoldo López no podía utilizar la residencia del embajador en Caracas como base para su activismo político. Hay que suponer que fue solo un gesto, una declaración formal sin especial trascendencia ni implicaciones prácticas, porque el dirigente opositor tiene un currículum que lo acredita como un auténtico hombre de Estado y necesita trabajar desde un inmueble que esté a la altura de sus nobles aspiraciones. Seguro que el embajador Jesús Silva, que ya tiene una dilatada experiencia en América Latina, sabrá valorar lo que puede aportar Leopoldo López en favor del progreso de Venezuela.

El apoyo del Gobierno de Pedro Sánchez a la operación diseñada por el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, y su emisario especial para “el tratamiento” de la cuestión venezolana, Elliot Abrams, ha sido una muestra generosidad, que hará crecer la popularidad que España tiene desde siempre entre los pueblos de América Latina, que también han disfrutado históricamente de la protección de los Estados Unidos.

Quien no recuerda todo lo que hizo Abrams para financiar el ejército de mercenarios y guardias somocistas que combatió contra el sandinismo en favor del bienestar del pueblo nicaragüense?

Y el apoyo que dio al régimen de Efraín Ríos Mont en Guatemala, para que no le faltaran armas para poder matar a miles y miles de indígenas que en realidad eran guerrilleros comunistas?

Borrell no interlocuta suficientemente con este impulsor de la democracia que es Leopoldo López.

Haría bien el ministro español en intentar que la televisión pública de Alemania lo entrevistara de nuevo, para poder explicar, con la misma moderación que demostró con el periodista Tim Sebastian, los motivos por los cuales piensa que todo el mundo tendría que reconocer en Juan Guaidó y en Leopoldo López los líderes democráticos que Venezuela necesita para avanzar hacia la estabilidad y la justicia social.

Leopoldo López tiene unos antecedentes extraordinarios. Se implicó en el intento de golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002, estableció lazos con el colombiano Álvaro Uribe -el presidente de los paramilitares-, favoreció las llamadas “guarimbas”, para mejorar la convivencia entre venezolanos, está claro, y cuenta además con la credencial antichavista de haber sido investigado por corrupción.

El currículum de Juan Guaidó no es tan brillante, a pesar de que forma parte del mismo partido que Leopoldo López, y que su principal mentor es el mejor de los posibles, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

Uno y otro, por lo tanto, son merecedores de apoyo del Gobierno español, el actual y el Ejecutivo de progreso que espera formar Pedro Sánchez, con el visto bueno de quien puede decidir lo que es democrático y lo que no lo es, de acuerdo con el criterio de los principales accionistas de las principales compañías españolas y el permiso de las entidades financieras.

De todo el mundo es conocido que la oposición venezolana, la que gobernaba antes de la irrupción del chavismo, siempre estuvo interesada en la defensa de la democracia, en el reparto de la riqueza, el combate contra la corrupción y la soberanía nacional. Y lo que es más importante, la seguridad ciudadana. Quien no recuerda la utilización del ejército en 1989 para reprimir a la población en el llamado Caracazo?

La diplomacia española tendría que poner en valor no solo las motivaciones filantrópicas de la derecha venezolana, en sintonía con las del actual presidente norteamericano y de su equipo, sino la larga tradición de los Estados Unidos en la protección de los dirigentes demócratas de América Latina y del Caribe y en la defensa de la población más desfavorecida.

Y ya puestos en faena, el Gobierno español tendría que poner en pie una campaña de recogida de fondos para contribuir a la construcción del muro que Trump quiere ampliar en la frontera de Estados Unidos con México, para ayudar a las poblaciones del sur a conformarse con lo que tienen y a fortalecerse espiritualmente con santa resignación. Para ayudar materialmente a Donald Trump en tan noble tarea, el Estado español podría enviar algunos barcos cargados de concertinas como las instaladas en las vallas de Ceuta y Melilla.

Y obligar al mismo tiempo en los centros de enseñanza de todas las comunidades autónomas españolas no solo a combatir la leyenda negra sobre la evangelización de los indígenas de las tierras descubiertas por Cristobal Colón, sino a explicar también todo lo que han hecho y hacen los EE. UU. en favor de los pueblos americanos del sur, desde América Central hasta Chile y Argentina. Recordar los efectos benéficos de los golpes de estado, invasiones o intervenciones militares que se han dado a lo largo de los dos últimos siglos para enderezar la vida política y económica de países como Honduras, Granada, Panamá, República Dominicana, Haití, El Salvador, Nicaragua, Bolivia, Colombia, Uruguay, Paraguay, Brasil, Argentina, Chile… con el apoyo directo o indirecto de la Administración norteamericana a gobernantes que tomaron el poder o lo ostentan en nombre de la libertad.

Con estos precedentes, como se puede dudar de las intenciones democratizadoras de los enemigos del chavismo, que no se cansan de intentar que la jerarquía militar venezolana les facilite el acceso al poder?