Opinion · Notas sobre lo que pasa

¿Qué hay detrás del «federalismo» y de la «plurinacionalidad»?

Sería muy sencillo. Solo haría falta que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias dijeran que son partidarios de hablar pronto con el gobierno de la Generalitat y la vida política tomaría otro cariz.

Pere Aragonès volvió a pedir al gobierno español, ante los empresarios de Foment del Treball, que retome el camino iniciado con la declaración de Pedralbes. No es mucho, pero sería una señal. Un aviso sobre la apertura de una oportunidad para hablar, aunque sea con enormes desacuerdos sobre la agenda de las reuniones, pero aun así el ambiente se relajaría, porque, aparte de quienes viven de la explotación del conflicto, casi todo el mundo desea que se resuelva de alguna manera y es evidente que sin diálogo no hay salida.

La derecha nacionalista española pondría el grito al cielo, pero ahora no importa, ¿verdad? Lo tienen siempre en la boca. Gritarán en cualquier caso. Ahora, además, no hay elecciones generales a la vista y la agitación catalanòfoba ha perdido rentabilidad en el corto plazo.

Lo que seria ya una cosa extraordinaria es que el presidente del gobierno español, todavía en funciones, y quién será vicepresidente si nada se rompe, expusieran una propuesta, o alguna idea sobre lo que podrían ofrecer, no tanto para entusiasmar de verdad a un sector importante de la sociedad catalana como para intentar convencer a alguien de que cuando unos hablan de federalismo y otros de plurinacionalidad se refieren a algo más que a la simple defensa del actual estado de las autonomías tal cual lo conocemos.

Ellos, que defienden la unidad de España, algo podrían decir para preservarla ante el crecimiento tozudo del independentismo. Podrían hablar, por ejemplo, sobre la conveniencia de respetar la capacidad del Parlament de Catalunya para legislar en materias como vivienda, trabajo, protección social, energía, impuestos… Hacer alguna propuesta para mejorar la fiscalidad; anunciar otra vez que, ahora sí, cumplirán con los compromisos de inversión en infraestructuras; dejar tranquila la acción exterior de la Generalitat; ensayar en Catalunya alguna forma de regeneración de la Justicia; manifestar el firme propósito de no intervenir en las políticas educativa, cultural, lingüística… Pero no dicen ni mu. Viven pendientes de lo que diría la derecha, el poder económico y su aparato mediático, ya bastante enfurecidos con la perspectiva de un posible “gobierno progresista”.

Ciertamente, si dieran alguna muestra de voluntad de resolver el conflicto político con Catalunya por la vía de la negociación, PP, Cs y VOX organizarían una gran tangana, pero su ruido quedaría ahogado en la serenidad de ánimo de la gente normal. Y si además hicieran algún gesto de disconformidad con el hecho de tener un montón de demócratas entre rejas, entonces ya se abriría más de una botella de cava, teniendo en cuenta la inclinación tradicional del catalanismo político para celebrar de este modo cualquier posibilidad de pacto.

Nada de todo eso, sin embargo, parece visible en el horizonte inmediato y mientras tanto el aparato de Estado sigue con la receta policial y judicial, que complica las cosas cada día más.

Sabemos lo que reclama actualmente la Administración catalana y los partidos que la apoyan. Es muy sencillo: que se ponga fin a la represión, la liberación de los presos, respeto institucional y reconocimiento de la  soberanía de la nación catalana para poder decidir sobre su futuro, pero por la parte del actual gobierno del PSOE no se ha visto voluntad de ceder en ninguno de estos puntos, ni de hacer propuestas a medio camino.

Pedro Sánchez no tiene inconveniente para cambiar de posición política y de aliados preferentes, es obvio. Puede decir una cosa y justamente la contraria al día siguiente sin vergüenza aparente. Lo que dijo sobre el control de la Fiscalía es solo un ejemplo entre los más clamorosos. Últimamente, para escabullirse de la responsabilidad de presentar propuestas de solución, ha insistido en que lo que hay en la sociedad catalana es un problema de convivencia y que el diálogo entre gobiernos español y catalán no tiene sentido mientras los independentistas no se pongan de acuerdo con los que no lo son. Hace cuatro días, sin embargo, reconoció la existencia de una “crisis política”, pero quien sabe lo que defenderá mañana.

Él y su gobierno han reclamado a los soberanistas que reconozcan que han “fracasado” ante la “fortaleza del Estado” español. No hay noticias sobre la capitulación del soberanismo catalán, pero ciertamente el Estado ha utilizado casi todas sus herramientas, es decir, la Corona, el Ejecutivo central, la Fiscalía, los tribunales, la policía y la Guardia Civil. Esperamos que nunca utilice ninguna otra. Desearían que hubiera realmente un “problema de convivencia”, si fuera posible con un poco de violencia, que les permitiera insistir en el tema del “terrorismo”, del mismo modo que inventan historias sobre «el adoctrinamiento» de la infancia y la «manipulación» del conjunto de la ciudadanía a través de las escuelas y los medios públicos de comunicación.

Pronto veremos hasta qué punto Unidas Podemos tolera que desde el Ejecutivo se aborde de este modo el conflicto  entre Catalunya y el Estado , pero si hay que hacer caso de la declaración conjunta firmada el martes 12 de noviembre, se diría que Pablo Iglesias optó por olvidar, al menos durante un tiempo, el compromiso formal de respetar el derecho a decidir de la sociedad catalana. Así se afirmaba en la editorial del día siguiente del diario más moderado de la derecha española. Unidas Podemos habría «renunciado al reconocimiento del derecho de autodeterminación y a la exigencia de un referéndum como fórmula para resolver el contencioso catalán».

PSOE y UP no cuentan hoy con el apoyo del mínimo de la mitad más uno de los diputados necesarios para conseguir la investidura de un presidente en primera votación, pero en la segunda, como se sabe,  ERC y JxCat si se ponen de acuerdo, o solo ERC, podrían permitir la continuidad en la Moncloa de Pedro Sánchez y la posterior formación del anunciado gobierno de coalición, siempre y cuando consiga dormir como es debido. La alternativa seria mirar hacia la derecha e intentar conseguir la abstención de los 10 representantes de Cs, porque la vida política a menudo es mucho más ‘cutre’ de lo que cualquier persona puede imaginar. Hay que esperar que este no sea el motivo por el cual la mencionada declaración conjunta parecía pensada en alguno de sus puntos para no desagradar al partido que lideraba Albert Rivera y calmar al mismo tiempo los ánimos de viejos dirigentes del PSOE, desde siempre en sintonía con las inquietudes del poder económico.

Nunca se sabe, porque antes de la votación en el Congreso todavía habrá muchas conversaciones, reuniones, mensajes, llamadas…  y los cuchillos pueden volar en todas direcciones, pero de momento no parece que Sánchez pueda contar con la complicidad de Arrimadas para seguir en la Moncloa y ahora no se pueden dar dos pasos por la capital del Estado sin que alguien pregunte por las intenciones de ERC.

De momento lo que hay es un buen número de incógnitas por resolver. ¿Accederá el líder del PSOE a retomar el proceso iniciado el año pasado en Pedralbes? Y si hiciera este gesto, ¿qué garantías conseguirían JxCat y ERC para que no sea algo tan efímero como en aquella ocasión? ¿Habrá calendario? ¿Relator? ¿Se podrá hablar de amnistía? ¿Y de un posible referéndum? ¿Es posible imaginar que después de tantos rifirrafes ERC y JxCat trasladarán el mismo mensaje? ¿Acordarán la manera de actuar en la votación de investidura? Si ERC se abstuviera y JxCat votara en contra, ¿quién obtendría mejor provecho en la perspectiva de las próximas elecciones catalanas? Muchas incógnitas por despejar, aunque hoy ambas formaciones aseguran que no cederán de ninguna manera con el sentido de su voto a cambio de nada.

La clave para saber hasta dónde pueden llegar se encuentra una vez más en la calle y en la vida asociativa independiente de los partidos. Tsunami Democrátic, CDR y otras plataformas mantienen la revuelta desobediente mientras las policías castigan y tratan torpemente de saber algo sobre su naturaleza y organización. La Assemblea Nacional Catalana, Òmnium Cultural y las entidades municipalistas, que agrupan decenas de miles de socios y representantes de entidades, han demostrado durante toda esta década su capacidad de organización y un enorme poder de convocatoria, pero se encuentran constantemente ante el reto de mantener el nivel de movilización social.

El Estado ha confiado hasta ahora en poder aplastar todo esto a base de policías, tribunales y prisiones, porque sabe que la generación de miedo tiene un efecto desmovilizador, pero alguien tendrá que pensar en algún momento en los otros efectos. El resentimiento y el dolor causados por la represión y la permanencia de los anhelos frustrados hacen y harían imposible la estabilidad política.

Pero independientemente de las opciones del “constitucionalismo” y de lo que pueda y sepa hacer el soberanismo realmente existente, hay que tener en cuenta otro espacio, que tiempo atrás reivindicaba bastante a menudo el soberanismo, y todavía habla a veces de los valores republicanos. Dos conceptos que mantiene en stand by y que en algún momento pueden ganar predicamento en diferentes territorios del Estado español.

La izquierda, tradicionalmente defensora del cambio social, estrechamente asociada a los actores que se reclamaban de la “nueva política”,  se ha mantenido alejada y a veces muy crítica con la excepcional y persistente movilización catalana en favor de la República y de las incipientes muestras de solidaridad en el resto del Estado. Hoy convendría que los dirigentes de esta izquierda, que hace pocos años afirmaban que nos encontrábamos a las puertas de una revolución democrática, hiciera suyo lo del “sit and talk” que reclaman desde la calle sectores significativos de la sociedad catalana. Sentarse y hablar. No es mucho pedir.