Opinion · Revista Números Rojos

Hombres privilegiados, hombres expropiados

Desde hace unos años cada vez un mayor número de hombres asiste a la consulta médica aquejándose de los mismos malestares que las mujeres llevan presentando décadas: depresión, ansiedad, pensamientos suicidas… Un equipo médico no creyó que fuera casualidad y decidió formar un grupo con el que tratar estos síntomas. La crisis, con el paro desbordante, estaba cuestionando el papel que el patriarcado le ha otorgado históricamente al hombre: el de trabajador y proveedor de recursos. Se abre un nuevo ángulo para defender la igualdad.

Texto: María R. Bajo. Ilustraciones: Violeta Cintas.

01¿Recuerdan haber visto la película de Las horas? En una impecable cocina norteamericana de los años 50, llena de electrodomésticos último modelo, acompañábamos al personaje de Laura Brown (interpretado por Julianne Moore) a la contención de un llanto angustioso. Pero ¿quién podría llorar en una cocina tan maravillosa?

¿Qué puede acongojar a alguien con una vida tan perfecta? Para algunos, podría parecer tan confuso como ver llorar a Paquirrín en un Porsche rojo.

Esa depresión a la que nadie encontraba sentido, esa generación de mujeres aisladas, insatisfechas con las flamantes cocinas donde, se supone, debían alcanzar sus más altas expectativas, tuvo su voz con Betty Friedan, teórica y líder feminista que en 1963 publicó Mística de la feminidad donde hablaba, por fin, del ‘problema que no tiene nombre’. Un alegato que venía a revelar que, por muy felices que pudieran aparecer en las revistas femeninas, las mujeres -que presentaban depresión, ansiedad, pensamientos suicidas, un cuadro ‘típicamente femenino’- querían algo más que vivir por y para cuidar de su familia.

Poner nombre a ese problema hasta entonces fantasmagórico, el estar perseguidas con un “deber ser” que las limitaba y las sometía, permitió a muchas mujeres empezar a visibilizar y transformar su rol de ‘feliz ama de casa’ y buscar su propio lugar en el mundo. Una evolución por la que aún hoy las mujeres siguen trabajando…
Pero volvamos al presente. Este presente de paro masivo.

En los últimos años los profesionales médicos han visto cómo las consultas se han llenado de hombres, los cuales nunca antes habían asomado el bigote por allí. Hablan de depresión, ansiedad, insomnio, pensamientos suicidas y toda una ristra de síntomas ‘típicamente femeninos’. Les cuesta trabajo llegar hasta allí, se encuentran mal y no saben qué les pasa. Pero las pastillas no resuelven el problema.

Ante esta situación, en 2012 un equipo del centro Marie Langer de Madrid decidió iniciar en Fuenlabrada, de manera voluntaria, un grupo con alguno de estos hombres que habían asistido a la consulta y trabajar con ellos los malestares que, parecía, no tenían nombre. Su metodología de trabajo, conocida como ProCC (Procesos Correctores Comunitarios), actúa sobre los malestares cotidianos y, específicamente en este campo, trata de visibilizar la problemática silenciada del hombre.

Ayelén Losada y Alfredo Waisblat, equipo directivo del centro madrileño, son minuciosos a la hora de transmitir la perspectiva de su enfoque. “La mujer se ha movido mucho para cambiar su rol social asignado, explica Waisblat. Soporta un peso que se ha visibilizado y a partir de ahí empieza a trabajar con romper con la dependencia, pero hacía falta que fuera visible”. En cambio, lo que se muestra del rol del hombre son exclusivamente sus privilegios.

Según expone Ayelén Losada, esos privilegios tienen una doble cara, pues suponen unos costos para el hombre -y la mujer- que producen malestares en la sociedad. “No es una cuestión reivindicativa de los derechos del hombre, sino ver al ser humano, hombres y mujeres, con sus malestares”, afila Losada. La dificultad radica en que, al estar sumergidos y cubiertos con el manto del privilegio, estos derechos exclusivos masculinos se convierten en incuestionables. Los roles de género están tan naturalizados que no somos capaces de asociarlos a los males que nos originan.

02Sentirse inútil en casa o no saber cómo comportarse con los hijos son sensaciones compartidas por la mayoría de hombres que se queda en casa por estar en paro, malestares cuyo origen, sin embargo, no se cuestiona. Como dice Losada, “se atiende el síntoma o malestar disociado de la causa”. A esos malestares, dice, hay que quitarles la categoría de ‘lo natural’.

Lo que perdimos en el fuego

Una de las grandes falacias del patriarcado ha sido hacernos creer que los roles sociales designados a hombres y mujeres representan el ‘orden natural’. Siguiendo ese orden, para el hombre (proveedor, productor, omnipotente… máquina) su trabajo es su identidad. “Que ese hombre no tenga trabajo tiene una alta incidencia en su autoestima”, apunta Waisblat. Su equivalente en el rol femenino sería que una mujer fuera una ‘mala madre’ o no cuidara de su familia.

Toca pues jugar a la reconstrucción social, destapar el rol de género, comprender qué exige a los hombres (y mujeres), cuál es el precio que nos supone y diferenciarlo de nuestro propio ser.

En Mística de la feminidad Betty Friedan defendía que el rol social asignado a la mujer la apartaba, tal y como lo explica la filósofa y teórica feminista Celia Amorós, “de todo aquello que se puede considerar como genéricamente humano: la relación con el mundo y sus problemas, la realización de un proyecto social, las experiencias de un trabajo que genera alguna sensación de autonomía”.

Al igual que en la época de Friedan desde las revistas femeninas hasta la publicidad en televisión, los psiquiatras y los fabricantes de electrodomésticos emitían el mismo mensaje de que todo lo que una mujer podía desear era ser amante madre y esposa, hoy en día nuestras vallas publicitarias o nuestras estaciones de metro se forran con publicidad de hombres ‘perfectos’, a veces retratados como máquinas, como escaparate del producto de turno. Se somete pues al cuerpo del hombre a la misma “cosificación, mercantilización y deshumanización del cuerpo de la mujer -denuncia Losada- y no pensamos en su autoestima”. ¿Están los privilegios del rol masculino cegándonos ante las exigencias que también sufren?

Desde la masculinidad hegemónica la paternidad, por ejemplo, se transmite como una carga y no como un disfrute. Cuidar es sinónimo de proveer. Eso supone que, para muchos hombres, cuidar de su familia significa llevar dinero a casa y no pasar tiempo con sus hijos. Tras el privilegio de no tener que preocuparse de qué comerán los niños o comprarles ropa, se esconde el coste de no presenciar su crecimiento.

Cada privilegio, pues, esconde un peaje. Delegar en la mujer el cuidado de la propia salud, por ejemplo, implica librarse de una responsabilidad pero también una dependencia, una incapacidad de hacerse cargo de uno mismo. A estas dobles caras, los especialistas de ProCC las llaman ‘expropiaciones’, embargos de algunas de las mejores riquezas del ser humano -la sensibilidad y expresión de las emociones, el cuidado, la capacidad de decir “no sé” y el aprendizaje-, en equivalencia a las que nombrara Friedan para la mujer.

Sin embargo, el análisis de la construcción de roles de género induce a una crítica más amplia. ¿A quién conviene que cada uno, hombres y mujeres, tenga un papel asignado y concreto en la sociedad? El patriarcado es tan antiguo como el pan pero el capitalismo, a su llegada, descubrió en él el arma perfecta para nutrir las necesidades del sistema social: hombres que trabajan a destajo, mujeres que cuidan del hogar. En palabras de Mirtha Cucco, creadora de la metodología ProCC, “cada sociedad busca el sujeto ideológico capaz de sostener y rep03roducir el orden dado”. El binomio del rol hombre-mujer habría estado sustentando históricamente esta estructura social.

Capitalismo ‘devoratodo’

Ahora bien, el machismo puro y duro es casi una rareza pero la desigualdad permanece en las relaciones. Como dice Ayelén Losada: “El capitalismo es capaz de subsumir cualquier cosa que surge como alternativa”. El merchandising del Che, la fragancia Anarchy de AXE o, en su momento, que el gigante tabaquero Philip Morris asociara fumar con la liberación de la mujer, son solo muestras de cómo cualquier movimiento -incluso alternativo, revolucionario- puede ser devorado por el capitalismo.

“Es tal el nivel de salvajismo que empieza a ser poco importante la idea de género”, anuncia Losada. “Somos máquinas de re-producción. Asistimos a la liberación de la mujer occidental blanca de clase media alta. Ahora trabajamos, pero necesitamos a alguien que cuide de nuestros hijos, normalmente mujeres inmigrantes, creando otra relación de dominación y explotación”.

La propuesta lanzada pues, al total de la sociedad, es la de reescribir el guion, abandonar la lógica capitalista, para lo cual es necesaria la acción colectiva.
La metodología resulta polémica. Su perspectiva de hacer emerger la problemática del hombre no pretende negar la violencia dirigida contra la mujer por ser mujer. Se trata más de sumar, de montarse en el mismo carro para transformar el sistema social y los roles establecidos.

“Normalmente al hombre se le dice: la mujer está puteada, tú eres un cabrón, abandona tus privilegios, tienes que ocuparte de los hijos, de la casa, ser más afectuoso… -ilustra Alfredo Waisblat-. Pero esto queda en el plano del ‘deber ser’, yo lo hago para que el otro no esté mal, pero no se trabaja lo que se le ha quitado al hombre, que es deseable, es humano, poder conectarse con los afectos, sentir que uno vive en su casa”.

Ese nuevo escenario desde el cual realizar el cambio, no desde la culpa sino desde la comprensión de uno mismo, es el punto también más controvertido. “Entendemos que hay sectores del feminismo que sienten que hay mucho dolor y lucha por hacer y cuando se menciona al hombre se piensa en privilegios”, continúa Waisblat. Pero las críticas no vienen solo de parte de algunos sectores feministas, sino también de los propios hombres. “Luis Bonino -quien lleva más de 40 años trabajando con temas de igualdad y acuñó el término ‘micromachismo’- sería uno de nuestros críticos”, indica Losada.

Para explicar la desigualdad de género, Bonino recurre a una metáfora según la cual todos los hombres nacen con una tarjeta VIP, es decir, con una serie de “privilegios con los que nacemos y nos resistimos a abandonar”, apunta Bonino. Continuando con dicha metáfora, para equipo ProCC esa tarjeta sería, en realidad, de crédito Titanium.

“Para nosotros no es una tarjeta VIP, ya que esta no tiene costos, solo implica privilegios, pero las de crédito, aunque desde el guion social no tengan costos o estos sean invisibles, sabemos que existen y se pagan. Y cada vez que el hombre usa la tarjeta, no solo la mujer paga sus costos, sino también el propio hombre”. El objetivo final es que al final, todos y todas, rompamos el contrato con el banco. 

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