Los gases de Tahrir y la realpolitik

En la calle Mohamed Mahmoud de El Cairo se pueden encontrar aún cascotes de los gases lacrimógenos estadounidenses lanzados por la policía egipcia hace poco más de una semana.

“Combined Systems”, se lee en su carcasa. Es el nombre de la empresa fabricante, situada en Pennsylvania.

Varias personas sufren aún los efectos de la inhalación de esta sustancia: ronquera, tos, dolores de cabeza y problemas estomacales. Los médicos han diagnosticado incluso varios episodios de ataques pasajeros de epilepsia.

El gas de Estados Unidos llegó a provocar desvanecimientos y asfixia a los manifestantes que no llevaban máscaras adecuadas.

Durante más de 48 horas la atmósfera de Tahrir y alrededores estuvo envuelta por una nube tóxica que causaba picor en los ojos y en la piel incluso en zonas muy alejadas de la “zona cero”, lo que hizo sospechar que se tratara de una sustancia más nociva que el habitual gas CS.

El olor invadió buena parte del centro de esta capital egipcia. Las denuncias de organizaciones en defensa de los derechos humanos, de manifestantes y activistas, se multiplicaron.

Pero a pesar de los testimonios, las imágenes y los partes médicos, un portavoz del Departamento de Estado estadounidense afirmó lo siguiente:  “No hemos visto ninguna prueba concreta de que las autoridades egipcias estuvieran haciendo un uso incorrecto del gas lacrimógeno”.

Tan solo unos días después del ataque contra Tahrir, cinco trabajadores del puerto de Suez -una zona industrial con un importante movimiento obrero combativo- denunciaron la llegada en barco de otras 7 toneladas de gas lacrimógeno procedentes de la empresa estadounidense Combined Systems.

Los empleados, arriesgando su puesto de trabajo y exponiéndose a castigos mayores, se negaron a firmar los documentos necesarios para admitir la entrada a territorio egipcio de dicho cargamento, por temor a que fuera empleado de nuevo contra población civil.

Horas después las autoridades egipcias se encargaron de rescatar las 7 toneladas de gas.

Los trabajadores de Suez aseguraron que estaba prevista la llegada de un segundo cargamento de 14 toneladas de gas, lo que elevaba la cifra total a 21 toneladas.

Varios movimientos sociales y activistas lamentaron que “las bombas de gas son definitivamente más importante que importar trigo para hacer pan”.

Amnistía Internacional pide a EE.UU. que no venda gas a Egipto

Este miércoles Amnistía Internacional se ha sumado a las críticas a Estados Unidos en un contundente informe en el que acusa a Washington de haber transferido munición de forma repetida a Egipto “a pesar de la violenta campaña de represión de las fuerzas de seguridad contra manifestantes” en los últimos meses en este país.

La ONG ha confirmado la llegada de un cargamento el pasado 26 de noviembre, dirigido al Ministerio del Interior -institución de la que depende la policía- con al menos 7 toneladas de “munición fumígena” que incluye sustancias químicas irritantes y gas lacrimógeno.

También ha comprobado que el pasado 8 de abril, Combined Systems envió 21 toneladas de munición desde el puerto estadounidense de Wilmington hasta el puerto egipcio de Suez, mientras que el 8 de agosto realizó otro envío de 17,9 toneladas de munición desde Nueva York con destino a Port Said.

Según la base de datos sobre comercio de mercancías PIERS, ambos cargamentos llevaban el código de producto usado para balas, cartuchos y proyectiles, aunque el último también se describía como «munición fumígena».

De aquellos polvos vienen estos lodos

La colaboración militar entre Estados Unidos y Egipto se remonta a tiempo atrás. Los actores internacionales con intereses en Oriente Medio siempre han sido conscientes del papel fundamental que el país árabe representa en la región.

Ya en 1914 el ministro de exteriores británico, Lord Curzon, admitía que “el bienestar y la integridad de Egipto son necesarias para la paz y la seguridad del Imperio británico, que siempre mantendrá un interés británico esencial en sus relaciones especiales con Egipto”. (1)

Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el liderazgo mundial pasó de Londres y París a Washington, el secretario de Estado estadounidense John Foster Dulles buscó el modo de mantener a Egipto fuera de la órbita de influencia de la URSS en el marco de la Guerra Fría.

Washington quería un Egipto cómplice y sumiso, dispuesto a aceptar la presencia británica en el canal de Suez, alejado de Moscú e incapaz de hacer frente a un Israel que representaba una amenaza a la soberanía de los territorios árabes, tras la ocupación de Palestina.

Pero se negó a aportar ayuda militar al Ejército egipcio, por temor a que ésta la empleara contra Israel.

Aprovechando el marco de la Guerra Fría, el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser encontró apoyo económico y militar en la URSS y China, y se erigió como uno de los tres grandes países no alienados, junto con la Yugoslavia de Tito y la India de Nehru.

Tiempo después el secretario de Estado estadounidense de John F Kennedy, Robert Komer, admitiría lo siguiente:

“Nosotros mismos habíamos contribuido a eta situación por nuestra política a mediados de los años cincuenta con respecto a Nasser. Giró hacia Moscú como reacción a la política británica y estadounidense y no queríamos cometer la misma equivocación otra vez”. (2)

Con la llegada al poder del presidente egipcio Anuar El Sadat, Washington encontró el interlocutor que estaba esperando y supo ofrecer al mandatario un trato privilegiado que allanó el camino hacia una alianza mayor, no solo con Estados Unidos, sino con Israel.

“Tenemos interés en ver el éxito de la política de Sadat. A largo plazo, esperamos desarrollar una relación con Egipto que se mantenga más allá de Sadat”, afirmó en octubre de 1975 el secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger. (3)

Sus palabras representan el inicio de una relación de amistad entre El Cairo y Washington que se consolidaría con el tiempo.

Los acuerdos de paz de 1979 entre El Cairo y Tel Aviv completaron el resto y abrieron una nueva era de colaboración que dura hasta hoy.

El gobierno egipcio se ganó la expulsión provisional de la Liga Árabe y el rechazo de importantes sectores de la población. Sadat fue asesinado en 1981.

Su sucesor, Hosni Mubarak, lejos de rechazar sus pasos, consolidó la nueva dinámica de alianzas con Estados Unidos e Israel.

De ese modo Washington envió una ayuda anual al Ejército egipcio de 1.300 millones de dólares, que se mantiene hasta hoy, y levantó el embargo de armas.

De aquellos polvos vienen estos lodos. O mejor sería decir, estos gases, estas armas.

El genuino carácter de las revueltas en Egipto es indudable; pero también es evidente que los actores con influencia en la región intentan reconducir los levantamientos a favor de sus propios intereses.

La llegada de más toneladas de munición y gases lacrimógenos estadounidenses habla por sí sola.

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(1).- Keneth Love: “Suez, The twice-fought war”, 1969

(2).- Robert Komer, “Memorandum for the Record”, noviembre, 1963

(3).-Lloyd C. Gardner, “The road to Tahrir Square”, 2011