Extraños Delincuentes

La esponja de la esclavitud

La esclavitud, esa lacra que todos creíamos erradicada en el primer mundo, ya no lleva pesadas cadenas ni viste taparrabos. Ahora, luce tacones de aguja, exhibe tanga y escote, y se introduce en el cuerpo de sus víctimas en forma de esponja. Sí, no han leído mal, en forma de una aparentemente inofensiva esponja. Es el curioso objeto que los cabecillas de las redes que explotan sexualmente a millares de mujeres en Europa obligan a sus esclavas a introducir en sus vaginas cuando se encuentran mestruando para que puedan seguir vendiendo su cuerpo al mejor postor y los beneficios de los proxenetas no decaigan ni siquiera 'en esos días'.

Me lo contaba hace poco un inspector de policía acostumbrado a pelear un día sí y otro también con estas tramas que obtienen enormes beneficios económicos con reducidos riesgos penales, y que siempre 'cazan' a sus esclavas de un modo muy similar: viajan a las zonas más paurpérrimas de países como Rumanía o Brasil, engatusan a jóvenes con promesas de un trabajo legal en un mundo mejor, y cuando ellas llegan a ese Eldorado que es España no encuentran otra cosa que días y noches de camastros, preservativos baratos y clientes en busca de sexo a 60 euros los veinte minutos.

Es el inicio de una esclavitud de la que cuesta salir tanto o más que la de aquellos hombres y mujeres  que siglos atrás dejaban África en la bodegas de barcos negreros con argollas en el cuello. Es cierto que ahora llegan a España sin grilletes, pero las organizaciones que las traen se encargan rápidamente de ponerles unos invisibles que a veces aprietan mucho más que los de hierro: les retiran la documentación y les obligan a pagar la elevada deuda que, algunas veces sin saberlo, han contraído simplemente por dejar que la organización se encargue de todos los detalles del viaje.

Un dinero que deben pagar con el porcentaje que los proxenetas les dejan, entre un 50 y un 40%, de lo que consiguen prostituyéndose hora tras hora allí donde les dicen, ya sean clubs de alterne o cunetas de carreteras. Eso sí, ya pueden echarse clientes y clientes al camastro que al final la deuda no sólo no mengua, sino que, incluso, sube. Las cobran el alojamiento y la manutención, las venden la ropa sexy con la que pueden atraer a más hombres e, incluso, las multan si un día se encuentran malas y no van a 'trabajar'. Y todo ello se carga en la cuenta.

En esa explotación sexual y económica el colmo es, precisamente, la dichosa esponja. Si no la usan, no podrán trabajar durante la mestruación y, por tanto, serán multadas. Si optan por utilizarla, deberán adquirirla a la propia organización, que les cobrará 10 euros por cada una. Un negocio redondo para estos esclavistas del siglo XXI que no dejan nada en el aire. De hecho, cambian a las chicas de local cada 21 días para que siempre haya 'género' nuevo para los clientes. Y cuando las chicas  ya han recorrido todos los locales de la organización y empiezan a estar 'muy vistas', tampoco hay problemas. Simplemente venden a la mujer a otro proxeneta, que 'hereda' la deuda y puede seguir sometiendo a la mujer.

Uno se puede preguntar entonces por qué ellas no denuncian a sus proxenetas, por qué no acuden a la Policía y se sacuden el yugo. La respuesta es sencilla: miedo. Las palizas a las que se niegan a aceptar las 'reglas del juego' son corrientes. También las amenazas a la familia que se ha quedado en el país de origen. Bozales, ambos, muy fuertes. Tanto, que cuando una operación policial, como la desarrollada hace unos días en tres clubs de alterne de Andalucía gestionado por una familia española, los Cortés, la Policía no ha encontrado mujeres que delaten a sus explotadores a pesar de que encontraron en los prostíbulos a 37 víctimas de esta moderna esclavitud. La esponja aprieta más que las cadenas.