El ‘ciberacosador’ que se creía Peter Pan

A sus 56 años, Manuel Joaquín tenía la vida resuelta. En dos cuentas bancarias acumulaba 900.000 euros y, además, tenía otros 350.000 euros en bonos de una empresa americana tras haber dado con una patente de éxito mientras trabajó en EEUU. Además, su domicilio, un chalé en la zona de playa de L’Hospitalet de l’Infant (Tarragona), ya lo tenía pagado. Sólo con lo que los bancos le daban de intereses todos los meses, aproximadamente 1.800 euros, vivía sin estrecheces y, sobre todo, sin trabajar. Por eso, gran parte del día lo dedicaba a sus dos aficiones principales. La primera, aparentar ser más joven de lo que realmente era. Llevaba el pelo largo recogido con una coleta. Se había aficionado a cubrir grandes zonas de su cuerpo con tatuajes llamativos. Utilizaba tintes para cubrir sus canas. Y en su cuarto de baño no faltaban los productos de coméstica para disimular las arrugas. Incluso, se acaba de hacer un ‘piercing’ en la nariz. Con todo ello, solía frecuentar a los grupos de chavales del pueblo, ante los que intentaba pasar como un ‘colega’ más.

El evidente síndrome de Peter Pan que sufría (ya saben, ese negarse a asumir que uno ya no es un chaval) no evitaba que dedicase también mucho tiempo a su otra afición: acosar a niñas en internet. Así, presuntamente merodeaba por los chat donde los menores juegan a contarse su vida creyendose amparados en el anonimato de un ‘nick’. En uno dedicado a chavales de 12 a 15 años entró en contacto con Carmen (nombre supuesto), una niña de 12 años que vivía en Madrid y que quería jugar a ser mayor demasiado deprisa. Durante meses, mantuvo ‘ciberconversaciones’ con ella bajo el nombre de ‘Chico Malo’ y la mentira de que tenía sólo 17 años. Cuando ella cumplió los 13 años, él se decidió a hacerle una propuesta: quedar en un hotel para mantener relaciones íntimas. ‘Chico Malo’ o, mejor dicho, el cincuentón Manuel Joaquín sabía perfectamente lo que hacía. Había leído en el Código Penal (se encontró una copia del artículo en cuestión en uno de sus ordenadores) que tener sexo con un menor de 12 años es delito aunque éste consienta. Con Carmen ya en el escalón de edad siguiente, se creyó a salvo de una denuncia por violación.

Ese primer encuentro tuvo lugar un hotel de Madrid de tres estrellas el 31 de mayo de 2007. ‘Chico Malo’ esperaba en la habitación completamente a oscuras para que su amiga no se diera cuenta de que los 17 años que decía tener estaban ya muy lejos. Durante todo el rato que estuvieron juntos, y en la que él insistió una y otra vez en mantener relaciones sexuales, la luz estuvo apagada, por lo que ella nunca sospechó que quien estaba con ella no era el adolescente al borde de la mayoría de edad que decía ser, sino un cincuentón ocioso y rentista. Finalmente, Carmen se fue con la promesa de volver al día siguiente al mismo hotel y a la misma habitación. Ese día, finalmente, cedió a las presiones de su ‘ciberamig0’ y mantuvieron relaciones íntimas.

Con una periodicidad que en ocasiones eran quincenal, los encuentros se repitieron con sólo dos cambios. Uno, que ‘Chico Malo’ pidió cambiar de hotel porque el primero que había elegido le salía «caro». El segundo, que la iluminación fue subiendo poco a poco en la habitación como un juego más de sus encuentros hasta que ella descubrió que su amante era en realidad un adulto. Eso sí, fiel a su complejo de Peter Pan, Manuel Joaquín sólo reconoció tener 35 años. Ya sin la máscara de adolescente, el hombre comenzó a tomar fotos y vídeos sexuales explícitos de la menor.

La situación se mantuvo hasta que en 2009 la joven decidió romper la relación. Había conocido a un chico de su edad y no quería prolongar más tiempo aquella extraña relación con Manuel Joaquín. Éste comenzó entonces supuestamente a acosarla por internet. Para ello, presuntamente creó seis identidades falsas con sus correspondiente correos electrónicos a través de los cuales la insultaba, le sustraía las claves de sus perfiles en las redes sociales para saber quiénes eran sus amigos o, simplemente, le daba consejos aparentemente inocentes. Uno de esas identidades falsas era la de una chica que decía ser experta en informática y que le amenaza por haber dejado a Joaquín: «Te tiene que dar cuatro hostias», le llegó a escribir en un correo. Otro era de un supuesto ciudadano inglés que siempre le escribe en el idioma de Shakespeare y que le promete encriptar sus contraseñas para que no se las quitase nadie… y que, en realidad, lo que hace era sustraerselas.

Una tercera identidad era la de una supuesta ex novia del joven con el que Carmen salía en ese momento y que no paraba de amenazarle: «Ójala te revienten». La cuarta era la de alguien que decía ser amigo también de su actual pareja sentimental y que le rogaba que dejase a ésta porque el chico era infeliz con ella. La quinta era la de una supuesta vidente que le hace cartas astrales en las que, cómo no podía ser de otra manera, le recomienda insistentemente que «lo mejor» para ella era retomar la relación que mantenía con el madurito Peter Pan. Y la última era anónima, aunque parecía ser la de un supuesto amigo suyo residente en Galicia y que Manuel Joaquín utilizó, supuestamente, para enviar los vídeos sexuales que había grabado de ella a los amigos de la víctima. Lo hizo el 27 de marzo de 2010. Dos semanas después se los hizollegar a los padres de la menor. En ambos casos, eliminó el sonido y las escenas en las que se le veía el rostro para evitar ser identificado. Todo ello acompañado de todo tipo de insultos hacia ella.

Finalmente, la menor acudió acompañada de su madre a denunciar los hechos el 21 de octubre pasado. La joven, que había tenido que cambiar de colegio tras el envío de las imágenes a su círculo de amistades, presentaba un acusado deteriodo físico por la presión sufrida durante tanto tiempo: perdió 20 kilos de peso. Ante los agentes, pocos datos pudo aportar. El nombre de pila de su ciberacosador, al que conocía simplemente como Joaquín, los vídeos que había reenviado y los correos de esas seis personas que le amenazan constantemente. Con estos datos se iniciaba la ‘Operación Tamo’ que semanas después, el 15 de noviembre, permitió a los agentes de la Brigada de Investigación Tecnológica (BIT) de la Policía deterner en la localidad tarraconense donde vivía al presunto ciberacosador. Le delató la dirección IP (algo así como la ‘matrícula’ de las conexiones a internet) desde las que enviaba los correos de las seis cuentas que utilizó para amedrentar a la menor y que resultó ser la de su casa, y los dos grandes tatuajes de animales que exhibia en ambos brazos. En los vídeo que enviaba no aparecía su rostro, pero sí los llamativos dibujos en la piel. A la Policía le bastó con seguirlo un par de días y tomarle fotos mientras ‘lucía’ sus camisetas sin mangas para comprobar que aquel que supuestamente había abusado durante años de la menor eran la misma persona.

Además, en su casa la Policía halló una foto enmarcada de la joven desnuda. La tenía sobre su mesilla. También aparecían imágenes de la menor como salvapantallas en dos de los tres móviles que usaba. Y, lo que más preocupó a los agentes, indicios de que estaba acosando a otra menor, a la que aún intentan identificar. De esta última guardaba las colillas que supuestamente fumaba con ella y sobre las que había escrito el nombre de pila de la chica y la fecha de sus encuentros. Un detalle que, según la Policía, le describe más como un peligroso Capitán Garfio que como el juvenil Peter Pan que pretendía ser a golpe de tintes y cremas antiarrugas.