El proxeneta que ‘amaba’ los outlet

Los proxenetas tiene siempre dos cosas al alcance de la mano. Dinero y mujeres. Por ello, el primero lo malgastan y a las segunda las maltratan más allá de la explotación sexual a la que las someten. Dorel Inocentiu Hanea es un rumano de 39 años que lleva más de doce acumulando antecedentes policiales en España. Que si ajustes de cuentas, que si robos, que si extorsiones, que si clonación de tarjetas, que si prostitución… hasta que el pasado 24 de febrero sumó su detención número 14. Agentes de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV) de la Policía lo arrestaron acusado de ser el presunto jefe de una red que cobraba una comisión de entre 200 y 150 euros semanal a casi medio centenar de prostitutas por dejarlas ‘trabajar’ en su territorio.

No fue fácil llegar hasta él. Como presunto cabecilla de la mafia rumana en la capital mencionar su nombre de pila en determinados ambientes servía para hacer temblar a quien lo oía. Nada extraño si tenemos en cuenta que a veces su grupo ajustaba cuentas lanzando literamente a los rivales por las ventanas. Por ello, a la policía le pareció casi normal que las cuatro prostitutas rumanas que allá por agosto del año pasado se atrevieron a denunciar la extorsión a la que les sometía Dorel y su gente, terminaran ‘olvidándose’ de lo malo que era su ‘chulo’ tras ser ‘trasladadas’ por la organización mafiosa a otra localidad madrileña para ejercer la prostitución. Tras este ataque de amnesia repentino, la policía sometió al presunto capo rumano y a su gente a un control continuo para conseguir pruebas contra él, algo nada fácil en alguien que, con trece detenciones anteriores, debe conocer a la mitad de los policías de Madrid y todos sus métodos de investigación. De hecho, el móvil lo usaba sólo para llevar contrapeso en el bolsillo… y nunca iba con un arma encima.

Sin embargo, la labor policial dio resultados. Los agentes pudieron grabar en vídeo como sus secuaces, entre ellos tres mujeres, pasaban regularmente por las zonas donde ejercían la prostitución las chicas extorsionadas y cobraban el ‘impuesto’. También le pillaron a él acudiendo personalmente a recoger el diezmo y, en algún caso, a ‘aliviar’ sus necesidades sexuales… eso sí, sin pagar. Precisamente, el jueves que lo detuvieron, Dorel iba en su BMW por la colonia Marconi de Madrid, una de las zonas de prostitución callejera de la capital, cobrando a las mujeres que explotaba. Cuando lo arrestaron, llevaba recaudado ya 1.500 euros… y acababa de empezar. De hecho, la Policía cree que la organización de Dorel podía obtener sólo con la prostitución cerca de 35.000 euros mensuales.

Un verdadero dineral que, sin embargo, no le daban casi ni para cubrir sus dos principales vicios. Uno es su supuesta adicción a la cocaína. El segundo, las compras. De hecho, era habitual que inmediatamente después de cobrar a las chicas se fuera de tiendas. Eso sí, nada de ir por la ‘milla de oro’, como otros delincuentes, que allí las cosas están muy caras. Él prefería ir de outlet, esos centros comerciales donde uno se viste pasado de moda… pero a mitad de precio.

Con esa ropa, Dorel se pavoneaba por la noche madrileña que frecuenta la colonia rumana y, por supuesto, hacía valer su poder. Que entraba en una discoteca y la mesa que le gustaba estaba ocupada, nada como decírselo al camarero para que levantase ‘ipso facto’ a los que estaban sentados en ella sin rechistar. Que alguno de quejaba, él telefoneaba a sus ‘amigos’ y una veintena de armarios ropero de gimnasio diario aparecía por el lugar en minutos y ponía a cada uno en su sitio. Que le gustaba el coche que llevaba algún conocido, para qué iba a ir al concesionario más cercano. Él sólo tenía que pedírlo y el ‘afortunado’ propietario se lo entregaba sin decir ni mú y con el depósito de gasolina lleno…

Tal era su poder en los bajos fondos de Madrid, que las bandas de delincuentes rumanos que querían operar en la capital y alrededores debían pedirle ‘autorización’ para delinquir. Él, a cambio, recibía una parte del botín o, como hacvía con las prostitutas, les exigía una ‘comisión’. Eso sí, cada jueves Dorel iba corriendo a los outlet a gastarse el dinero…