Otras miradas

Juncker decreta el fin de la crisis política de la UE

Enrique Maestu Fonseca

Politólogo y redactor de Juegodemanosmag.comFrancisco Orozco DopicoAsesor político del GUE/NGL en el Parlamento Europeo

Enrique Maestu Fonseca
Politólogo y redactor de Juegodemanosmag.com
Francisco Orozco Dopico
Asesor político del GUE/NGL en el Parlamento Europeo

«Hemos recuperado el viento a favor, una ventana de oportunidad que no durará por siempre. Hay que mantener el rumbo.» El pasado miércoles, Jean-Claude Juncker se subía al estrado del Parlamento Europeo en Estrasburgo para pronunciar el discurso de la victoria, el que lleva mascándose años ha en las cabezas de la élite política Europea. Atrás quedan los malos recuerdos del curso pasado en el que la negociación sobre el referéndum de permanencia del Reino Unido en la UE y el posterior Brexit, el acuerdo UE-Turquía, el escueto crecimiento económico o el aumento de la desigualdad junto al crecimiento (alarmante, para él) de fuerzas políticas "populistas" amenazaron seriamente la continuidad del proyecto europeo tal y como lo conocía. Juncker se dirigía al hemiciclo para anunciar la salida de la crisis económica y el fin de la emergencia humanitaria; dicho de otro modo: para cerrar filas sobre las especulaciones acerca del futuro de la Unión.

El Presidente tenía motivos para cantar victoria. Grecia saldrá de la situación de excepcionalidad del Mecanismo Europeo de Estabilidad y Macron viajará a la Acrópolis para proponer su "nuevo proyecto europeo". Los problemas del Deutsche Bank y el rescate al Monte Paschi di Siena parecen pecata minuta en comparación con el empuje  que puede representar la emergencia de un segundo líder continental desde el territorio galo. La crisis de legitimidad de la Comisión Europea ha quedado solucionada -para Juncker y la tecnocracia bruselense- por la vía de los indicadores macroeconómicos, la política comercial expansiva en tiempos de proteccionismo del hegemón atlántico, y por un refuerzo de la cooperación estatal en un Consejo en donde el equilibrio norte-sur está siendo sustituido paulatinamente por el eje este-oeste.

Juncker tenía su broche final: no más medidas de emergencia; y su legado: la arquitectura tecnocrática de supervisión. Su mandato se completará con la creación de una fiscalía Europea, una incipiente estrategia de defensa común como tímido contrapeso regional a una OTAN pretendidamente en horas bajas, la creación de un FBI europeo para combatir el terrorismo, y la creación de un supercomisariado de Hacienda que a su vez sea presidente del Eurogrupo. Promete más sorpresas en los próximos meses, como la creación de un FMI europeo o un nuevo código de conducta de los Comisarios europeos, cuyo alcance está por determinar.

Atrás queda el tiempo de las grandes incertidumbres políticas plasmadas hace seis meses en los cinco escenarios de futuro de la Unión, que tanto debate suscitaron entre liberales y conservadores. No habrá reforma de los tratados a corto plazo, sino ‘optimización de la arquitectura europea’. Mientras los liberales hablaban de un nuevo federalismo reformador, los conservadores llamaban a una unión de valores, los socialistas recuperaban a destiempo su discurso más social y los nacionalistas se embarcaban en procesos electorales nacionales, Juncker conseguía dar la impresión de haber virado el barco sin haber movido un ápice su rumbo. Hasta hace seis meses todo lo que hoy vende como sólido era patrimonio de un discurso titubeante y asediado por múltiples frentes, y aún con todo, ha conseguido ganar tiempo al poner a sus adversarios políticos a debatir mientras esperaba la llegada de las elecciones en Francia y Reino Unido. Nunca el futuro de la Unión fue un asunto de debate público y ciudadano sino de los líderes de los Estados Miembros, y esta vez no iba a ser menos. El error de liberales y socialistas ha sido pensar que la crisis de legitimidad política había abierto una brecha que eventualmente posibilitaría un cambio institucional.

Y sin embargo esta melodía es la misma de siempre. En estos años ha sabido responder al ruido con más ruido, y las consecuencias antisociales su gestión de las crisis económicas y migratorias las ha solventado con indolencia y sobreactuación. A dieciséis meses de las próximas elecciones europeas y regocijándose frente a la próximas elecciones alemanas, Juncker se dirige a la única institución comunitaria de elección directa ciudadana, como alguien que ha cumplido su papel, garante del continuismo de una unión que se tambaleaba y liderando una perfecta sintonía ideológica entre los cinco presidentes de la Unión, todos de adscripción conservadora.

No son pocos los comisarios europeos que añoran la vuelta de las policies sobre las politics para poder centrarse en la cohesión legislativa de un proyecto dado en lugar de mantener vivo el debate sobre los principios fundacionales de la Unión y la reforma de los tratados. Si se aceptan estas premisas, la ventana de oportunidad está cerrada para la conquista de posiciones por parte de las nuevas fuerzas políticas. Nada de esto es nuevo y, tras el discurso del Presidente, el hemiciclo volvió a vaciarse. A partir de ahora la dicotomía sólo es esta: ¿estamos ante una década perdida del proyecto europeo?; ¿o esta década ha servido para reforzar las perspectivas de supervisión fiscal, fortaleza del euro y crecimiento económico de los sectores ordoliberales? Bajo ningún concepto quiere que su mandato se asocie al desapego social que subyace bajo el Brexit, o a las imágenes del Mediterráneo convertido en una  fosa común, y por ello reforzará en los meses venideros unas negociaciones de puño de hierro en guante de seda con el Reino Unido y continuarán los acuerdos de externalización de fronteras a pesar de las reiteradas denuncias de violaciones de Derechos Humanos.

Precisamente el discurso sobre el estado de la Unión callaba tantas cosas como prometía. Es bastante probable que la solución jurídica del Brexit depare un par de crisis políticas más antes de llegar a marzo de 2019, también es probable que los mismos indicadores macroeconómicos utilizados para hablar de recuperación se estanquen ante el crecimiento de desigualdades dentro del mercado interior. Es también bastante razonable pensar que la política exterior europea no va a ser capaz de salir de su empeño en convertir la Unión en una fortaleza. Conviene no olvidar  que el déficit democrático de la UE tiene  que ver tanto con quien esté a los mandos como con la incapacidad desde Lisboa de dejar de ganar simpatías entre los ciudadanos europeos. La desafección ciudadana sigue siendo el elefante en la habitación del que nadie habla en la burbuja de Bruselas. Si las cosas fueren como Juncker las presenta prácticamente deberíamos pedir perdón y apagar la luz al salir; así que no olvidemos su principal atributo: no es bueno prediciendo acontecimientos políticos. Aprovechemos que cree que ha ganado para construir un proyecto de Europa capaz de ponerle los pies en el suelo.