Otras miradas

“¡Qué bonito es un entierro!”

María Márquez Guerrero
Universidad de Sevilla

De niña, me quedaba perpleja al escuchar la letra de un poema atribuido a Mariano Povedano, periodista y poeta de la postguerra, quien, además de un ingenio fértil, poseía singulares atributos físicos: bizqueaba, padecía una ligera cojera, y estaba bastante sordo. Mi madre cantaba el poema con tono y gesto irreverente, una ligera y enigmática alegría que desafiaba a la gravedad de la muerte:
"Se diga lo que se diga, / qué bonito es un entierro, / con sus caballitos blancos / y sus caballitos negros, / con su cajita de pino, / y su muertecito dentro…".
Los versos siguientes, que deshacían el paradójico misterio, eran entonces, para mí, densamente opacos, empezando por el verbo trincar:
"Trincando el de la manguilla, / trincando el Ayuntamiento, trincando el sepulturero, / y esperando pa trincar / Hacienda a los herederos."

La inocencia de la edad protege del dolor de la conciencia, y la capacidad de producir e interpretar el sarcasmo es una operación cognitiva compleja que se desarrolla más tarde. Hizo falta algún tiempo para que pudiera comprender y asimilar esa otra dimensión de la muerte: el rentable negocio que supone para algunos. Hoy recuerdo estos versos cuando pienso en los "beneficios colaterales" (habitual eufemismo que permite evadir la responsabilidad) de los conflictos sociales, la enorme rentabilidad política y económica de la violencia y de la muerte.

Con temeraria alegría, y en distintos lugares del país, la gente corriente ha salido a la calle a despedir a la Guardia Civil que partía para Cataluña con exaltados cánticos,  A por ellos, oé…, a por ellos, oé…, y amenazas, Hostias como panes. De fondo, el himno nacional y banderas preconstitucionales dibujando en el aire el deseo de enfrentamiento, la necesidad de la victoria. Asombra esta enorme cantidad de espontáneos "novios de la muerte", alertas ante un conflicto político y social que, independientemente de su resultado, ya ha provocado una dolorosa fractura en el tejido social de todos los españoles, seamos independentistas o no. Una obstinada sordera, inducida por algunos medios de comunicación, impide escuchar la alternativa de diálogo y negociación política para un conflicto que, interesadamente, ha terminado judicializado y militarizado.

La estrategia de la polarización ha exaltado las pasiones invisibilizando los argumentos. Nuestro universo ideológico y sentimental, hasta las propias opciones identitarias, se han escindido: nos han convencido de que solo podemos ser/estar contra  unos o contra otros. Y digo "contra" porque la definición de los bandos es negativa: faltan por completo, en uno y en otro, los proyectos políticos definidos y, por tanto, la esperanza; triunfan, en cambio, el rechazo visceral del "enemigo" imaginario, el resentimiento y la rabia.

En estos días, flota en el aire el eco del paradójico grito de Millán Astray, militar y amigo personal de Franco, al frente del Benemérito Cuerpo de Mutilados de Guerra por la Patria, cuando el 12 de octubre de 1936 se enfrentó a Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Tras el discurso del profesor Francisco Maldonado -en el que atacó violentamente a Cataluña y las Vascongadas calificando a estas regiones como "cánceres en el cuerpo de la nación", que "el fascismo, que es el sanador de España, sabrá cómo exterminar, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos"- se oyó en la sala el famoso lema de "¡Viva la muerte!" (Hugh Thomas, La guerra civil española). Enardecido, Millán-Astray gritó tres veces "¡España…" y los asistentes respondieron  "…una!", "…grande!", "…libre!". Don Miguel de Unamuno, que presidía la mesa, intervino. Dejando de lado la ofensa personal que suponía la explosión de Maldonado contra vascos y catalanes,  defendió la inteligencia y la razón frente a la destructiva exaltación de la muerte. Fue entonces cuando Millán-Astray exclamó "¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!".

También a Hitler le parecía que los judíos estaban contaminando la sangre y el alma de los arios (E. Fromm Anatomía de la destructividad humana), y, como el profesor Maldonado, también asociaba su existencia con un veneno o una enfermedad, como la sífilis, a la que era urgente exterminar. Aunque a la pulsión destructiva se puede llegar por variados caminos, en el caso de Hitler, por ejemplo, la necesidad de sustituir el sentimiento del orgullo herido por una imagen heroica podría explicar, en parte, su resentimiento, el deseo de venganza y su voraz destructividad, que aumentaban en el mismo grado en que se acumulaban sus fracasos. El joven Hitler había sido un mal estudiante de  secundaria y  y había sido rechazado por la academia de arte. Podía considerarse como un "desecho de la clase media alemana". "Cada fracaso había infligido a su narcisismo una humillación más profunda que la anterior", pero la historia le ofreció la oportunidad de "transformar su derrota personal y su humillación en una derrota y humillación nacionales y sociales, que le permitieron olvidar sus fracasos personales". Con todo, lo más llamativo fue que ni millones de alemanes, ni los políticos y estadistas de todo el mundo advirtieron el potencial destructivo de Hitler. Al contrario, se le consideraba un gran patriota, el salvador que liberaría a Alemania del tratado de Versalles y del desastre económico, el gran constructor que edificaría una Alemania nueva y próspera (E. Fromm). No hace falta recordar que Hitler contaba con un eficacísimo aparato de propaganda, "era un mentiroso y un actor consumado": cualquier destrucción que ordenaba la justificaba con racionalizaciones, presentándola como el único modo de alcanzar la supervivencia, el engrandecimiento, el esplendor de la nación alemana. Siempre era en defensa contra los enemigos que querían destruir a Alemania (judíos, rusos, y al final Inglaterra y los Estados Unidos), obraba en nombre de la ley biológica de la supervivencia. Un buen aparato propagandístico y la capacidad de persuadir de una figura carismática fueron suficientes para naturalizar la barbarie.

No se puede saber hasta qué punto consciente o inconscientemente, aunque, eso sí, con la ayuda muy eficaz de los medios de comunicación, en la mentalidad colectiva se ha reactivado esta polarización que hoy divide a nuestro país en defensores de la unidad / partidarios de la ruptura. La propia formulación de los bandos es de por sí falaz, engañosa, porque, por un lado, existe la posibilidad real de una unidad en la pluralidad, con  respeto a la diversidad; y porque, por otra parte, quienes anhelan la independencia buscan su autoafirmación, autonomía y soberanía, y no la ruptura de España. Tal vez más que preguntarnos por las causas, sería interesante ver la funcionalidad de este planteamiento: ¿a quién(es) beneficia, a favor de quién(es) funcionan estos falsos planteamientos dicotómicos?

Durante muchos años, el silencio cómplice ha impedido la negociación, el diálogo. La deriva de los acontecimientos permitía anticipar "el choque de trenes", pero no era interesante ocuparse, por el momento, del tema de Cataluña, ni denunciar la corrupción de los gobernantes catalanes, conocida por todos. No ha existido ningún destino inevitable que condujera al enfrentamiento, pero interesaba el conflicto, la polarización. Para empezar, el Gobierno de Rajoy y el de Puigdemont los han alimentado sin descanso. Unos y otros tienen muchos intereses en juego. Este espectáculo les permite ocultar mucha miseria. Nada como una intervención armada contra un enemigo común inventado para justificar un liderazgo que se rompe y hace mil aguas. O unas urnas para ocultar una corrupción que los deslegitima como representantes. El recurso a la fuerza en momentos de extrema debilidad explica, en parte, la invasión de Irak por Bush, cuando estaba en el índice más bajo de la escala de popularidad. Tampoco Hollande, con los días contados, meditó mucho para bombardear Siria como respuesta al terrorismo global que nos golpea. El sentimiento íntimo de insuficiencia provoca indefensión y humillación, y en casos de falta de vigor moral, puede conducir a una temeraria actuación de omnipotencia y destructividad.

Si para muchos catalanes, el Estado no era un enemigo, la actuación conjunta  del Gobierno central y la avidez del Govern de Catalunya lo han transformado en un monstruo con límites bien definidos, capaz de conjurar los sentimientos más oscuros. La reacción contra la imposición autoritaria de un gobierno asfixiado por casos de corrupción, al que el propio Congreso de los Diputados ha censurado por la utilización de una brigada de policía política, ha transformado la lucha soberanista -planteada  al margen de la ley, con un referéndum unilateral que no cumple con las mínimas garantías- en una defensa de legítimos derechos democráticos, de la libertad de expresión y del derecho a decidir. Definido por contraste, como el negativo de una foto, el Govern se presenta ahora como un símbolo de la democracia, de la república, el sueño  de un país igualitario, feminista, plural y abierto. Los beneficios colaterales son abundantes.

Por otra parte, en el peor momento de su mandato, cuando desde Europa se le recriminan las prácticas  antidemocráticas de su gobierno, el temor a un enemigo secesionista que quiere "romper España" ha transformado la desvaída imagen de Rajoy en la de un líder poderoso capaz de ofrecer seguridad y representar la unidad de nuestro país. Frente al monstruoso enemigo imaginario, él se presenta ahora como el garante de la supervivencia de España…, y de ciertas  esencias del pasado jamás enterradas. A sus seguidores se les olvida que la sólida Constitución que defienden, fue modificada, sin consultar con el pueblo, en agosto de 2011 en su artículo 135 dejando a nuestro país a merced de los mercados y de poderes no nacionales, como la Troika, hecho que niega cualquier idea de soberanía nacional.

Pero como la polarización nos obliga a tomar partido, solo podemos estar contra unos o contra otros: si estás contra Rajoy y su Gobierno corrupto, antidemócrata y mafioso, se supone que estás a favor del Referéndum del 1 de octubre, de Mas y Puigdemont, aunque se celebre sin las mínimas garantías y en contra de la normativa del propio Estatut. La exaltación del momento, con un fondo de constante algarabía mediática, impide considerar con serenidad la alternativa de un referéndum pactado, que, sin descanso, propone Unidos Podemos.

Por su parte, Pedro Sánchez, oculto a la sombra del PP, en una situación tan grave de crisis de Estado, no propone otra medida que reflexionar en su Comisión sobre el Estado federal, una medida lógicamente insuficiente. Mientras otros se enfrentan airados, él aprovecha para construir su perfil de constitucionalista de izquierda, única fuerza progresista en defensa de la legalidad, haciendo caer sobre Podemos la sospecha de incitadores de la revuelta, y, por tanto, responsables de cualquier desgracia que suceda. Unos y otros piensan en el rédito electoral del conflicto. Ninguno de ellos piensa en Cataluña ni en España.

Sin embargo, nunca más que en estos momentos es necesario apelar a la razón y al diálogo, porque la fuerza nunca consigue deshacer los nudos, ni siquiera el gordiano, pues dándolo como irresoluble no ofrece más respuesta que la ruptura. Lo recordaba Unamuno, reprochando la tendencia al uso de la violencia para la solución de conflictos políticos: "Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España»