Otras miradas

Un acto de habla muy “infeliz”

María Márquez Guerrero
Universidad de Sevilla

En Cómo hacer cosas con palabras (1962), el filósofo J. L. Austin denunciaba la "falacia descriptiva del lenguaje", según la cual la función de la lengua sería la constatación de la existencia de hechos, situaciones y procesos del mundo (función representativa). Austin, y después su discípulo Searle, nos mostraron que, además de describir la realidad, con nuestros enunciados nos comprometemos, ordenamos, expresamos nuestros sentimientos o declaramos una República, por ejemplo; es decir, con la fuerza de las palabras mismas, proferidas en las circunstancias adecuadas, modificamos el estado de cosas del mundo. Desde que formularon la "Teoría de los actos de habla", dejó de tener sentido la vieja dicotomía que enfrentaba taxativamente las palabras a las obras ("Amores son obras y no buenas razones"), y se abrieron nuevas y fecundas dimensiones para el estudio de una realidad tan compleja como la comunicación.

Hoy sabemos que los enunciados lingüísticos, además de tener forma fónica y significado (acto locutivo), son portadores de fuerza (acto ilocutivo) y producen efectos (acto perlocutivo), todo ello siempre que se desarrollen en el contexto adecuado, con los interlocutores precisos y cumpliendo las reglas propias de ciertas situaciones convencionales. Para que un acto de habla sea "feliz" o "afortunado" ha de contar con un verbo performativo explícito o implícito – juro, ordeno, declaro, proclamo, etc., es decir, aquellos que al pronunciarse llevan a efecto la acción descrita en su contenido proposicional-, en primera persona (o, a veces, tercera persona) del presente de indicativo, proferido en el lugar y con los protagonistas adecuados. Cuando falla alguna de las condiciones, el acto de habla es desafortunado (nulo o hueco, siempre infeliz)

La controvertida "declaración de independencia" del President Puigdemont el día 10 de octubre en el contexto solemne del Parlament es un caso perfecto para comprender  la "teoría de los infortunios". Por el tipo de verbo performativo utilizado -"asumo el mandato del pueblo para que Cataluña se convierta en un Estado en forma de República"- sabemos  que el enunciado no es en sí un acto declarativo, sino compromisorio: no altera por sí mismo el estado o las características de la situación, sino que constituye la enunciación de un compromiso por parte del emisor para realizar dicho mandato en un futuro. Si asumir el mandato de hacer algo no equivale a realizarlo, entonces ¿por qué al día siguiente los medios de comunicación hablaban de la declaración de independencia, y algunas  fuerzas políticas, como C’s, reclamaban la aplicación urgente del artículo 155?

Los malentendidos sobre si se declaró o no la independencia tienen su origen en las palabras siguientes del President cuando añadía: "Con la misma solemnidad el Govern y yo proponemos que el Parlament suspenda los efectos de la declaración de independencia para que en las próximas semanas se emprenda el diálogo". En principio, estaríamos ante un acto de habla directivo: el presidente de la Generalitat pide a los parlamentarios catalanes que lleven a efecto la suspensión; sin embargo, realizar este hecho era algo imposible, pues aplicando una lógica rigurosa, no se puede  suspender aquello que no se ha declarado, como bien señaló el diputado del PSC, M. Iceta. Por esta misma razón, nadie esperó a que en el Parlament los diputados votaran. En este segundo acto de habla, no fallaron las palabras; ni faltó la solemnidad, tampoco los protagonistas o el contexto del acto eran inadecuados. Simplemente fallaba la condición de sinceridad por parte del President, por ello podríamos definirlo como un acto hueco. La intención real de Puigdemont no era pedir algo imposible, sino la de informar implícitamente de la existencia de esa declaración. Por tanto, bajo la apariencia de un acto de habla directivo, se ejecutaba un acto representativo, por más indirecto que fuera y por más implícitamente que transmitiera el contenido, presupuesto en el propio significado del verbo suspender. Pero, en cualquier caso, se trataba de informar; luego tampoco el acto tenía ahora la  fuerza ilocucionaria de una declaración. Ahora bien, como es cierto que en los actos representativos sí es pertinente la cuestión de la verdad, es necesario decir que este fue un acto representativo falso, pues Puigdemont mintió ante todo el país: ni asumir el mandato de hacer algo en el futuro, ni dar por sentada la existencia de una independencia no proclamada equivalen a su declaración, aunque de lejos y a oscuras todos estos enunciados, como los gatos en la noche, puedan parecerse. Los diputados de la CUP y los catalanes que se agolpaban en la plaza para celebrar la nonata república lo supieron desde el primer instante.

La evasión de la responsabilidad enunciativa, y en este caso también de la responsabilidad política, es la gran ventaja de los actos de habla indirectos y de la comunicación implícita en general. Puigdemont evadió la responsabilidad de asumir su derrota y, con ella, la traición a las expectativas de independencia que había generado en el pueblo catalán. Y mintió, faltó a una de las máximas que gobiernan nuestros intercambios comunicativos, la "máxima de cualidad" (H. P: Grice): "No afirme lo que crea falso o algo de lo que no tenga pruebas suficientes". La República Catalana no había sido proclamada, y él lo sabía.

Hoy, casi una semana después, Puigdemont no ha respondido al requerimiento de Rajoy para que transmitiera con claridad cuál fue su intencionalidad comunicativa. Más allá de que no reconozca, por  múltiples razones, la legitimidad de Rajoy para hacerle un requerimiento, Puigdemont no podía contestar claramente hoy tampoco. Haberlo hecho, aceptar que su intención no fue proclamar la República, equivaldría a admitir su cobardía, la mentira y la traición al pueblo catalán. Por otra parte, al no responder hoy, viola un principio general que gobierna nuestra comunicación, el "Principio de cooperación", lo cual no parece una contribución muy eficaz para iniciar sinceramente ningún tipo de diálogo, por mucho que explícitamente ofrezca un plazo de nada menos que dos meses para llevarlo a cabo.

Puigdemont se mueve en el ámbito oscuro de la contradicción, de lo implícito, de la indirección. Parafraseando la canción de Jarabe de Palo, quizás no quiera volverse esclavo de sus palabras; sin duda, prefiere seguir siendo el dueño de sus silencios; de ellos extrae una gran rentabilidad política. Pasado el plazo de dos días, el Gobierno podría aplicar el artículo 155, que posiblemente nos llevaría a elecciones. Con ese objetivo, y a través de intrincadas estrategias discursivas, Puigdemont habría construido su imagen de líder independentista, dialogante, ecuánime, defensor de los valores democráticos y de la libertad, frente a un Estado autoritario, represor y corrupto, contrario a la libertad de decisión. He aquí una razón política poderosa para mantener la ambigüedad, que, a menudo, como señaló Aristóteles, constituye una estrategia al servicio de la manipulación.

Por otra parte, la amenaza de la declaración unilateral de independencia y la actuación represora del Gobierno central han polarizado a la población: exaltando nuestras pasiones, nos han llevado al borde mismo del abismo. Y es aquí, en la amenaza y en el peligro inminente de la ruptura de España donde Rajoy se crece y reaparece como  un líder fuerte, seguro, capaz de garantizar la unidad y la pervivencia de los valores tradicionales de la patria. Estos beneficios explican que en su caso tampoco haya sinceridad en la reclamación de claridad ni en la oferta de diálogo. Si se acepta que no hubo tal declaración de independencia, dejan de tener sentido la aplicación del artículo 155, y, por supuesto, la prisión por sedición a los presidentes de ANC y Òmnium, hechos que solo contribuirán a fortalecer en sus razones y a enardecer aún más a los partidarios de la Declaración Unilateral de Independencia. La única salida razonable a esta sucesión de actos infelices es la propuesta sincera de un diálogo para poner en marcha un referéndum negociado.

Sin embargo, parece que ni Puigdemont ni Rajoy, muy interesados en reafirmarse en sus respectivas posiciones, estén dispuestos a escuchar la razonable propuesta de rectificar y de buscar el encuentro. Mientras tanto, la población, dividida y debilitada, olvida la corrupción de unos y de otros y rebaja todas sus expectativas. Los líderes, en cambio, están más fuertes que nunca. Es el arte de la oscuridad y del silencio, de la amenaza y del miedo. Tal vez no sea del todo cierto que "Nadie quiere la noche".