Otras miradas

Tiempos de esclavitud moderna en Marruecos

Dina Bousselham

Politóloga, especialista en América Latina.

Dina Bousselham
Politóloga, especialista en América Latina.

Mi optimismo está basado en la certeza
de que esta civilización está por derrumbarse.
Mi pesimismo, en todo lo que hace por arrastrarnos en su caída.

De la servidumbre moderna. Jean Francois Brient

Hace un par de días salió una noticia —a mi parecer no tan sorprendente como parece— que refleja el número de personas que ejercen la "esclavitud moderna" según el informe "Global Slavery Index" realizado por la Fundación Walk Free. En este sentido, Marruecos ocupa el puesto 93 de 162 países, con 50.000 personas consideradas esclavas modernas. En un primer momento, el optimista trágico diría que, teniendo en cuenta el resto de países de nuestro entorno, —Mauritania encabeza la lista con 150.000, Argelia nuestro vecino más cercano cuenta con 70.000 esclavos modernos— no estamos mal posicionados. Pero una pesimista esperanzadora como yo, diría que en Marruecos la esclavitud encubierta supera los datos expuestos por la Fundación Walk Free, siendo la humillación uno de los principales actores de relación social entre unos y otros, principalmente enfrentando a los de arriba contra los de abajo. Antes, el esclavo en Marruecos provenía del áfrica negra, los libros de historia de Marruecos albergan entre sus páginas miles de relatos al respecto. Dicen que el sultán Moulay Ismail (1672-1727) contaba con un ejército de 150.000 esclavos negros (Abid Al Bawajir) con los que  combatió victoriosamente contra los turcos en varias campañas hasta 1696. No contento con esto, luchó con su ejército negro y recuperó Mamura de los españoles en 1681 y Tánger de los ingleses (que a su vez la habían recibido de los portugueses) en 1684. La cuestión de la esclavitud se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX, puesto que la guardia real fue durante mucho tiempo guardia negra, creada por el sultán almorávide Yusef Ibn Tasufin. Hoy los esclavos marroquíes ya no se diferencian por el color de la piel; niños trabajando, mujeres obligadas a casarse en contra de su voluntad, señoras de limpieza que viven explotadas (sin sueldo a cambio de un techo y comida) y un largo etcétera.

¿Hay que combatir todo esto? Por supuesto, y primero y antes que nada se debería concienciar a los ciudadanos sobre estas prácticas, que en muchos casos pasan por ser hechos cotidianos que se han ido normalizando a lo largo de los años (siglos, mas bien). No obstante combatir la esclavitud sin tener en cuenta otros factores sería inútil. Uno de los más importantes es el de la educación. Mi país —a menudo calificado de país de contrastes, por su diversidad cultural y turística— cuenta actualmente con una tasa media del 45% de analfabetismo, pese a que en términos económicos es considerado un país emergente (he aquí los verdaderos contrastes). En los medios rurales la tasa de analfabetismo ronda el 60% y en el caso de las mujeres un poco más.

¿Y qué tiene que ver la educación? Ya lo decían los libertadores latinoamericanos… un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción. El que no lee, no sabe. El que no sabe no conoce sus derechos. El que no conoce sus derechos no los puede reclamar. Y el que no los puede reclamar vive en la ceguera absoluta normalizando cualquier tipo de desigualdad, humillación, sometimiento, opresión… Y esa es la situación por la que pasan miles de marroquíes. Viven desconociendo su capacidad de rebelarse contra un sistema que no les tiene en cuenta, que no vela por el interés general de todos y todas. Y aquellos que conociendo su agravio no se levantan por miedo a perderlo todo, son desde mi punto de vista, los peor parados. Los más infelices.

¿Qué podemos hacer? Denunciar cualquier tipo de servidumbre, trabajo forzoso de niños, explotación, trata de personas, matrimonios forzosos, etc. Pero no seamos ingenuos tampoco. Denunciar no basta, lo que hay que hacer es crear las condiciones para que todos y todas tengan acceso a una educación que les enseñe a pensar (y no a obedecer), y que puedan organizarse y defender de forma colectiva un futuro mejor. Agarrar su destino con sus propias manos.

La pobreza y la corrupción es otro de los males/factores que inciden directamente en la proliferación de este tipo de esclavitud. Según Transparency International Marruecos ocupa el puesto 88, por detrás de países como Burkina Faso, Kuwait o Jordania. Tanto la pobreza como la corrupción son dos problemas estructurales, que ningún gobierno a lo largo de estos 50 años de independencia ha podido tratar eficazmente. Un sistema que se retroalimenta a base de esas prácticas es difícil lograr desprenderse de ellas.

¿Interesa acabar con la pobreza y la corrupción? Una vez hablando con un policía (con el que tenía cierta confianza) me contó que la cuestión de la corrupción alimenta a todo el sistema, y no en sentido figurado, sino que realmente un policía (de tráfico por ejemplo) si tuviese que sobrevivir sólo con su sueldo de funcionario público no podría sustentar a su familia. Me pareció un argumento muy mezquino por su parte pero dándole una vuelta me di cuenta de que el propio sistema te crea unas condiciones favorables para el desarrollo de estas prácticas deleznables. ¿No sería mejor pagarle bien a un funcionario público y castigarle en caso de ser corrupto?

Y volviendo al tema de la esclavitud moderna, he de decir que nunca antes en la historia de la humanidad hemos tenido tantos avances tecnológicos, en términos científicos, culturales, cognoscitivos, antropológicos. Y sin embargo, nunca antes el hombre ha estado tan subordinado al capital (como factor económico) como lo está el hombre del siglo XXI. La sociedad se ha ido mercantilizando poco a poco. Los esclavos modernos son conformistas, sólo piensan en el corto plazo (auge del individualismo) desconocen la rebelión, que debería ser la única reacción legitima de los explotados. Aceptan sin discutir la vida lamentable que se planeó para ellos. La renuncia, la resignación y la frustración son la fuente de su desgracia, son el pan que sacia su hambre.

¿Qué nos queda? Mostrar la realidad tal y como es e intentar cada uno desde su espacio (casa, familia, barrio, colegios y universidades, ciudad..) cambiar esta situación. Darse cuenta de ello, hacer un diagnostico crítico y certero es el primer paso. Actuar sería el segundo.