Otras miradas

Crisis e imaginación política

Noelia Adánez

Doctora en Ciencias Políticas y Sociología, miembro de ‘Teatro del Barrio’ y ‘Contratiempo, Historia y Memoria’

Noelia Adánez
Doctora en Ciencias Políticas y Sociología, miembro de 'Teatro del Barrio' y 'Contratiempo, Historia y Memoria'

Ante la perspectiva del 21D, es muy difícil ser propositiva y eludir la confrontación. A pesar de que el conflicto catalán es solo una manifestación, entre otras, de la crisis que vivimos, tiene un poder extraordinario para acaparar la atención y las energías de los actores implicados -a estas alturas, quién no lo está- y, en consecuencia, para generar enfrentamiento.

La polarización a la que da lugar es preocupante por diversos motivos. En una situación de fractura social como la que existe, con la maquinaria judicial trabajando a pleno rendimiento, líderes independentistas en prisión, medios atizando el fuego de las diferencias, representantes políticos jactándose de la estabilidad de la Constitución y de la necesidad de oponerse a la independencia con todo el peso de la ley", y otros reiterando la naturaleza represora del Estado español, la solución se antoja cada día más lejana. La solución…

No parece que en el momento actual estemos en condiciones de proponer "la" solución. Entre otras cosas porque no hay un único problema. Hay varios, y afectan a órdenes distintos: encaje territorial del Estado, forma del Estado, oligarquización del poder, corrupción, vertebración de la sociedad civil, déficit de representación de las instituciones, apertura y contracción de la soberanía, políticas públicas … Todo esto tiene que ver con la política, con hacer política.

Y sin embargo, percibo en los últimos tiempos un desprestigio de la política. Veníamos de un cuestionamiento de la clase política, por la corrupción, por las decisiones tomadas frente a la crisis y la evidente cesión de soberanía en favor de la UE contra los intereses de una ciudadanía que quedó desprotegida y se sintió traicionada. Veníamos también de una impugnación a una "forma" de hacer política apalancada en un consenso que manifestaba grietas desde al menos 2008. Veníamos igualmente de una crisis de las instituciones y de las instancias tradicionales de representación. Veníamos de todo esto y parece que hemos ido a peor y, sin embargo, cada vez que ahora algunas proponemos más política como reacción frente a lo que sucede, se nos acusa de equidistancia, tibieza o, simplemente, palabrería. ¿Qué es eso de la política? ¿Y cómo se piensa y actúa políticamente en Cataluña?

En primer lugar, una visión política del tema catalán nos obliga a redimensionarlo, a ponerlo en su contexto, a tomar un poco de distancia y observar lo que acontece con un mínimo de perspectiva. Todo esto es justamente lo que los partidarios de "la" solución están impidiendo que hagamos. Los partidarios de "la" solución parecen sentir un nerviosismo y una urgencia cuyos ritmos vienen determinados por los tiempos que marcan los medios de comunicación. En este momento en particular, es la campaña electoral y el 21 D el horizonte finito y casi apocalíptico que impone la necesidad de poner en funcionamiento "la" solución. En la fase inmediatamente anterior, era la convocatoria de elecciones. En la previa, la puesta en marcha del 155. No sigo enumerando.

La activación del 155, tal vez, va a servir para que la Constitución, tan necesitada de reformas, permanezca inalterable por un tiempo más, lo que dificulta -si no paraliza- el impulso transformador que se abrió con el 15-M. El 155 se ha convertido en el "abracadabra" de la Constitución española. Por lo visto es tan perfecta, que incluso en una situación insólita y extrema como ésta funciona bien con tan solo pulsar un botón del que desconocíamos hasta el mecanismo que activaría. La Constitución guardaba dentro de sí el talismán precioso de su autoconservación, frente al mayor desafío imaginable: la ruptura del Estado. De modo que si en los últimos 39 años ha faltado el empeño necesario para reformarla, después de lo sucedido en Cataluña hay quienes piensan que faltan también las razones. La Constitución está muy bien así; no la toquemos, menos aún si pudiera interpretarse que lo hacemos bajo presión de los independentistas. En esa dirección caminan las derechas.

Por su parte, las izquierdas deberían recordar que las constituciones son un instrumento político; son actos de imaginación política. En ellas se plasman los preceptos y las reglas que deben informar y hacer posible un régimen de convivencia. No es solo el ordenamiento jurídico supremo; es una fuente de inspiración que debe orientar la acción del legislador. La del 78 es una Constitución avanzada en materia de derechos y posee una clara orientación "social". Por eso muchas defendemos su interés y la vigencia de su "espíritu" y denunciamos el incumplimiento de sus mandatos.

Durante estos 39 años de democracia, la Constitución del 78 se ha empleado como coartada para no hacer política. El marco constitucional era tan perfecto, sus equilibrios generaban un consenso tan amplio, que cualquier cosa que se hiciera, cualquier decisión que se tomara -siempre que no entrara en flagrante contradicción con lo que establecía la Constitución- se daba por buena. Y cuando entraba en contradicción, se daba por buena también. ¿Qué es lo único que se ha percibido unánimemente como contrario a la Constitución? La ruptura del Estado, que es la diana hacia la que ha terminado por apuntar el conflicto en Cataluña. Este conflicto, que debería actualizar la necesidad de reformar (de cambiar, y también de blindar) la Constitución, está siendo invocado por los partidos de la derecha para evitarla, lo que es una postura totalmente anti-política.

Hay un buen número de "asuntos" pendientes si hablamos de reformar la Constitución. Sin duda el más mollar de todos ellos es la forma del Estado. ¿Cómo se insertaría el conflicto en Cataluña, por cierto, en un Estado español inmerso en un proceso colectivo de decisión sobre la conversión de España en una república laica? No se trata de abrir todos los temas a la vez, se trata de conducirse con un poco de audacia … Rajoy no es un político audaz, antes al contrario, es un político que basa toda su acción de gobierno en la aversión al riesgo, es decir, en la aversión a la imaginación política. Quien se auto-percibe como líder del bloque constitucionalista, es el líder más anti-constitucionalista -seguido de cerca por Rivera- de los que hay. Y lo es porque carece de imaginación política.

La Constitución debería poderse reformar sobre la base de dos ejes. En primer lugar, España es un Estado compuesto de ciudadanos y ciudadanas e integrado por territorios con distintos niveles de autonomía. España es pura heterogeneidad y, por tanto, no caben ni una formulación unitaria ni una federal del Estado. Habrá que profundizar en el Estado de las autonomías aceptando que, quizá, el problema no es que la autonomía de ciertos territorios se ha llevado muy lejos, sino que la autonomía ha fundado tradicionalmente en España las identidades (vasca, catalana, española …) y es palanca para hacer política. En segundo lugar, nuestro país necesita un nuevo pacto social que profundice en la redistribución. Que los territorios posean distintos niveles de autonomía no debe implicar la renuncia a la solidaridad y mucho menos la aceptación de desigualdades. Estos son los debates que abría que impulsar, mientras los iluminados de turno siguen levantando el dedo para señalar la dirección en la que está "la" solución.