Opinion · Otras miradas

Hipersexualización de las niñas: la excitación de la inocencia

Alejandra de la Fuente

, coordinadora de Mujeres en Lucha

Alejandra de la Fuente, coordinadora de Mujeres en Lucha

El otro día iba en el metro y me quedé atónita al escuchar a unos entrenadores de fútbol explicar que en sus equipos, de edades comprendidas entre los 4 y 5 años, había niñas que no podían estar allí porque desconcentraban a los pequeños. Al oír aquellas palabras mi mente se puso a analizar el porqué de esa suposición, el porqué de esa responsabilidad, el porqué de esa culpabilización a niñas que, como mucho, contaban cinco primaveras. No fue difícil darse cuenta; porque pese a su condición de niñas siguen siendo mujeres, y nosotras somos el mal desde aquella manzanita en el paraíso.

De ahí se puede extender a todo. Las mujeres somos culpables de la maldad de algunos hombres, de perder las guerras, de las desgracias de nuestros hijos, padres, maridos… y, cómo no, las mujeres somos culpables de que los pequeños de cuatro años se desconcentren jugando al fútbol.

A esta culpabilidad se le tiene que sumar una práctica que, aunque ya existía, de nuevo se está poniendo de moda: la hipersexualización de las niñas. Y es que en los últimos tiempos estamos asistiendo a un panorama en el que las niñas parecen ser objeto de deseo. Están apareciendo pequeñas presentadas como miniadultas sexualmente excitantes. Y en consecuencia todo en ellas empieza a encaminarse a ser vistas así: desde sus conversaciones hasta sus zapatos, sin olvidar el maquillaje o los bolsos. Todos esos clichés para atraer a los hombres. Y es que da igual que seamos de carne y hueso o de plastidecor y rotulador. Chicas de 10, 11, 12 y 13 años totalmente sexualizadas, marcando lo que no tienen y en posturas de trapecistas sólo para gustar, que es para lo que hemos sido creadas. Precisamente en estos tiempos, ya cercanos a la Navidad, estas prácticas son todavía más comunes: las pequeñas aparecen maquilladas como adultas en los catálogos, luciendo tacones y joyas.

El capitalismo tiene gran cantidad de culpa en esta nueva moda, pues está utilizando la hipersexualización de las pequeñas para vender a los adultos y a ellas mismas los productos que le interesan. Para ello mercantilizan sexualmente a las menores en un mundo en el que todavía se las utiliza como moneda de cambio.

De esta forma, las niñas asumen su condición de objetos sexuales, que les mina la autoestima desde su adolescencia y que las conduce a una batalla interna de la que es muy difícil que salgan.

Trastornos como la anorexia y la bulimia están relacionados con este tipo de prácticas, ya que las niñas que fueron sexualizadas, en su adolescencia se obsesionan por esa exagerada delgadez y ese tipo de cuerpo que el capitalismo vende como producto. Esa extrema delgadez, que coincide con el tipo de cuerpo sin desarrollar (sin caderas ni pechos) que tenían cuando eran niñas y que venden a hombres de todas las edades.

Con todo, las jóvenes y adolescentes sólo se centran en mantener el físico que les ha sido impuesto desde pequeñas y dedican todo su esfuerzo a cultivar su imagen corporal.

Si bien es evidente que todo este proceso es culpa del patriarcado y el capitalismo, que unidos son capaces de destruir a más de la mitad de la humanidad, de nuevo me remito al principio de mi artículo: las mujeres somos el mal desde aquella manzanita en el paraíso. E, incluso en este caso, en el que los hombres y las empresas se lucran arruinando la vida a niñas y mujeres, las culpas de los problemas que les generan este tipo de prácticas (no a ellos evidentemente, sino a nosotras) deben recaer en alguien, y como no podía ser de otra manera recaen de nuevo en nosotras, concretamente en las madres, que permiten a sus hijas caer “en ese pozo”.

La hipersexualización de las niñas es una nueva forma de esclavitud: nos condenan a una vida de infelicidad, una vida en la que solo valemos para servir al hombre, al patriarcado y al capitalismo, y encima, siendo nosotras las únicas culpables.