Opinión · Otras miradas

Algo que no puede evaluarse

Andrea Momoitio

 Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Andrea Momoitio 
Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Creo que ni Yolanda, mi paciente profesora de matemáticas, podría descubrir con una ecuación cuál es la incógnita del colegio de Miribilla. Puede que Esti, la mujer menuda y siempre a punto de enfadarse, podría aportar algo de luz al enigma con sus conocimientos de Historia o, tal vez, la incombustible y maravillosa Nagore, de Física, Química, Tecnología y valores varios, pueda ayudar a resolver el misterio. Desde luego, no me sirven las clases de inglés de Nerea, pero quizá sí me sea útil de nuevo su pasión por el euskera para averiguar cómo desde el colegio público de San Francisco, el barrio con más solera de Bilbao, han dado con las notas exactas para ponerle música y alma a la diversidad de su alumnado. El otro día, por cierto, escuché a Mari Luz Esteban proponer hablar más de las estructuras de dominación que se esconden detrás de esa diversidad para no caer en el buenrollismo. En este cole la diversidad es un hecho tan evidente como el racismo, la xenofobia y el clasismo. Escuece menos hablar de lo heterogéneo que es nuestro barrio, pero probablemente lo que más marca la diferencia respecto a otras zonas de la ciudad (de la misma forma que ocurre en otros barrios del Estado español) es la violencia institucional y cultural que sufren muchos de nuestros vecinos y vecinas. Para hacer frente a todo esto y a través del euskera como denominador común, familias y profesorado del colegio de Miribilla se pusieron manos al micrófono.

Antes de la presentación del documental sobre cómo fue el proceso de preparación de la canción,  un grupo de madres del centro ensayaba el discurso en el pasillo del centro cívico del barrio: “Frente al racismo, diversidad cultural”, alcancé a escuchar mientras pasaba por su lado. Toda la diversidad cultural que supone que niños y niñas de 21 países compartan pupitre, barrio, patio, vida, parque. La voz en off de la niña que narra todo el proceso en el vídeo cuenta que ha podido aprender lo grande que es el mundo. Alumnas de muy pocos colegios pueden hacer esa afirmación a pesar de las clases de geografía, que nos sitúan el mundo en el mapa con frialdad y distancia. No me extrañaría nada que haya entonces quien siga creyendo que es plano. Así nos los muestran.

Acompañadas por un equipo audiovisual y por Euskal Herria 11 Kolore [Euskal Herria 11 colores], una iniciativa ciudadana que busca impulsar el debate en torno a la diversidad de orígenes y cómo esto enrique a la sociedad vasca, la asociación de madres y padres del colegio público se embarcó en este proceso que, como aseguran en el documental, les ha sido más útil que muchas de las iniciativas que llevan años poniendo en marcha para tratar de lograr el mismo objetivo: que alumnado, profesorado y familias se conocieran y reconocieran para construir entre todos y todas la escuela que quieren para sus hijos e hijas. El colegio, estigmatizado en Bilbao, es una espacio de orgullo para quienes lo habitan, pero una pequeña búsqueda en Internet evidencia el estigma que denuncian. Los comentarios, principalmente racistas, demuestran que todavía hoy muchas familias esconden su racismo entre argumentos proteccionistas. El miedo que sienten a que sus hijas e hijos puedan compartir clase con niños y niñas de familias migrantes no es otra cosa que racismo. Al más puro estilo “no lloro porque tú seas lesbiana, a mí eso me da igual, sino por lo mal que te lo hará pasar el resto”. Ese tipo de argumento tramposo, vaya. He escuchado demasiadas veces a padres y madres aludir al curriculum escolar, que dicen que se ralentiza si hay criaturas de otras nacionalidades en clase, para no llevar a sus hijos e hijas a colegios en los que hay familias migrantes. Hay algo que no cabe en ningún curriculum, que no aparece en ningún libro, algo que se escribe en los márgenes y en la piel: el valor que tiene crecer rodeada de otras distintas a ti. ¿Quién se atreve a puntuar cómo se aprende a convivir?

Kahira, vecina del barrio y miembra de la AMPA, lamenta en el vídeo que la gente mire con los ojos cerrados. Bien debe saberlo especialmente ella. Experta, me atrevo a decir sin preguntárselo, en convivir con miradas ajenas de sorpresa. La mía, entre ellas. Entre cajones flamencos y yembes, zapateados y palmas, el profesor de música anima el cotarro con energía: “¡Han sacrificado recreos para preparar esto!”, cuenta con entusiasmo. Miribilla Rules es el título del proyecto. Cuentan que se debe a todas las “condiciones” que pusieron desde el colegio para llevar a cabo el vídeo. Cambiaron, una a una, todas las preguntas que plantearon al inicio; cuestionaron cada detalle y construyeron, con su propia horma, el proyecto a su medida. Tienen clara la dirección y caminan hacia la construcción de una escuela pública, libre, crítica, que siente las bases del nuevo mundo que quieren vivir. No sé si tendrán alguna foto de Durruti en las aulas.

En el barrio con mayor tasa de paro de la ciudad, en esa zona de Bilbao que sortea como puede las dificultades de la crisis económica y del racismo cultural e institucional, el colegio es una institución. En él se están gestando las miradas y voces críticas del futuro, allí conviven ahora los vecinos y vecinas más pequeñas, quienes harán frente al abandono municipal, al turismo fast food, a los prejuicios, al miedo, al racismo, al sexismo, al clasismo que ya sufren en sus carnes quienes no entienden de fronteras porque no se puede jugar con ellas.