Otras miradas

El avispero del Sáhara

Mariano de la Puente, periodista

Cuando Marruecos no era un país independiente, el Sáhara ya había sido objeto de negociación entre franceses y españoles, y se había configurado su esencia. Finalizaban, o estaban a punto de hacerlo, los colonialismos europeos, la ocupación física. Entonces, los propios africanos iniciaban los colonialismos entre ellos, con el estilo aprendido y aplicando lo mejor de sus colonizadores: dominación y humillación.

La monarquía divina, así se autodenomina el régimen marroquí, se asentó e inició su afán expansionista. Años de plomo en el interior y afán expansionista hacia el exterior. Marruecos lo intenta por el este hacia Argelia (guerra de las arenas), por el sur con el Sáhara y, por el norte, trata de inquietar a España en las ciudades de Ceuta y Melilla. Además de la Marcha Verde harto conocida, acción que contravino todos los tratados y derechos internacionales.

El pueblo saharaui tiene una religión y un idioma, el hassanía, que hablan más de tres millones de personas en una amplia geografía que incluye una zona de Marruecos, Argelia, Mauritania, Mali, Níger y Senegal, desde hace más de 500 años. Tiene una historia similar a la de todos los pueblos africanos. Es, además, un pueblo reconocido en Naciones Unidas por más de 80 países. Un pueblo que quiere estar en su casa y no irse o vivir en la del vecino. No estamos ante un grupo de iluminados con un capricho independentista. Este pueblo ya tenía entidad antes que muchos países africanos, delineados hace escasos años cuando Occidente se repartió ese continente a su antojo. ¿Qué necesita Marruecos para abrir los ojos a la realidad?

Pero hay otros tuteladores de la zona en connivencia con Marruecos. Es verdad que se han acabado los nacionalismos políticos, pero hay otras fórmulas más sibilinas y oscuras, como la explotación de las materias primas (colonialismo económico) o el control de los movimientos de personas e ideas (colonialismo geoestratégico). Estos "colonialismos de interés" son los más peligrosos, pues utilizan la ignorancia o buena fe de los pueblos y de las gentes enfrentándolas para conseguir sus objetivos sin salpicarse. A Francia le interesan las materias primas saharianas; a otros países europeos, entre ellos España, que Rabat coopere en la contención de los sin papeles y en la lucha contra el tráfico de drogas; a todo Occidente, que Marruecos se consolide como un muro frente al islamismo radical que avanza –o eso se dice–. Marruecos es por tanto un socio intocable, al que se le permite todo. Occidente sigue imponiendo su orden, en el que los pueblos –sean marroquíes, saharauis o cualquier otro– poco o nada importan.

En el siglo XXI, muchas cosas están cambiando. Las ideas, las estructuras sociales, la forma de comunicarse, el modo de hacer política, etc. Las situaciones son cada vez menos controlables y no valen los viejos manuales para las nuevas formas. No valen ni consuelan a las gentes las pautas de unos dirigentes que se han quedado obsoletos y que han acomodado su discurso a cualquier escenario. Discuten sobre un futuro que ya no les pertenece, porque no lo verán, y que está siendo reivindicado por quienes lo van a escribir: los jóvenes.

¿Podrán los negociadores saharauis sujetar a sus jóvenes? Están surgiendo movimientos paralelos que reivindican sus derechos de manera diferente, como el asentamiento de 20.000 saharauis. Esto ha supuesto una presión insoportable e inmanejable para el régimen marroquí. De ahí la razia cometida contra esas jaimas instaladas de manera pacífica. Han pretendido infligir un castigo ejemplar e, incluso, como algunos han interpretado, boicotear las conversaciones que estaban teniendo lugar en Nueva York. El efecto ha sido el contrario: el mundo ha mirado con espanto esa acción. Más aún: dicha acción ha alimentado las expectativas de otros jóvenes saharauis que no estaban en los campamentos y asentamientos pacíficos arrasados por la policía marroquí. Jóvenes dispuestos, tal vez, a reclamar de otra manera lo que entienden que les pertenece. La indolencia de unos, la impaciencia de otros y la torpeza de la mayoría se ha condimentado con la irresponsabilidad de casi todos, que miran a otra parte. Si a esto agregamos unas instituciones internacionales que nunca han resuelto nada de enjundia, el caos está servido y, si el epicentro de ese caos encierra intereses económicos, poco más que añadir.

Alguien agita esta colmena con un palo lo suficientemente largo para que no le afecte. Los más próximos a ella serán, sin duda, a quienes les piquen las avispas. Los del palo, que actúan a distancia, se llevaran la miel. ¿Y el futuro? Miles de avispas sueltas vagando por ahí. ¿Y qué hacemos los demás ante tanta ignominia? La mayoría, callar para luego lamentarse. Otros se manifiestan pacíficamente o protestan. Algunos escriben exhortando a los líderes a que se mojen y dejen las tibiezas.

Hay un gran problema o quizá sea el sino de los tiempos nuevos: ya no existen grandes líderes ni gran pensamiento. El mundo se está atomizando. No hay capacidad para afrontar y conducir los problemas globales. Muchas situaciones como la del Sáhara van a la deriva, sin nada en el horizonte que ofrezca esperanza.

África, cuna de la humanidad, está convulsa de norte a sur y de este a oeste. Antes quedaba la posibilidad de ir de Casablanca a París. Ya ni eso. Y a los líderes, por llamarlos de alguna manera, siempre les quedará la posibilidad de alegar: "Yo no sabía, ni quería", como ahora señala George W. Bush en sus memorias al hablar de Irak. O de echar unos rezos en cualquier plaza del mundo, junto a su santidad.