Otras miradas

Los vestidos de Michelle

 

TERESA AGUSTÍN

Las apreciaciones de Natasha Walter en su libro Muñecas vivientes, editado en España por Turner y que se acompaña del subtítulo El regreso del sexismo, no deja de ser perturbador y nos recuerda que la revolución feminista, si bien ha logrado grandes avances, también puede que se encuentre hoy calladamente estancada.
¿Estamos asistiendo a "un resurgir del viejo sexismo bajo una nueva apariencia"? Según Walter, una nueva cultura hipersexual está redefiniendo el éxito femenino desde el atractivo sexual.
Sabemos y sentimos que la verdadera igualdad política y económica no está conquistada y que estos temas siguen estando en una agenda de segunda (el Ministerio de Igualdad acaba de desaparecer en España y, así, parte de nuestra visibilidad). Mientras, crecen las violencias contra las mujeres y el poder político y económico que tenemos sigue siendo muy poco. Nos adentramos en una vuelta de valores casi medievales, donde las niñas son aplaudidas como princesas y los niños como guerreros. El rosa para ellas y el azul para ellos, y esto sin muchos cuestionamientos, como si fuera algo connatural a nuestra naturaleza y, por supuesto, que los varones no se contaminen. "Es innato desear ser princesas", declaraba hace poco un ejecutivo de Disney.

La aparición de toda una literatura científica (La gran diferencia, El cerebro femenino, entre otros), que hace resurgir el determinismo biológico y que nos dice que "los genes y las hormonas nos conducen inexorablemente, a asumir los roles sexuales tradicionales" apoya más aún los viejos estereotipos tradicionales de los cuales parecía nos íbamos librando lentamente. Lo masculino y lo femenino se presentan como excluyentes.
El éxito de las mujeres se va reduciendo al marco del atractivo sexual: si eres poderosa no puedes ser atractiva… La máxima es que, si ganamos autoridad, perderemos entre otras cosas "femineidad". El modelo de mujer poderosa para hoy es una mujer Bruni que, al menos, ha mantenido su apellido, esposa del poderoso y ultrafemenina, o una Michelle Obama, de la que sólo se habla de sus vestidos o de su estilo, que ha abandonado una brillante carrera para ser la esposa de otro poderoso. La todopoderosa Merkel es ridiculizada una vez sí y otra también, sólo por su corte de pelo o por sus chaquetas.

Se exagera una femineidad ultrasexual, donde sexo y estética reinan en el mercado. El mercado es el único árbitro –dice Walter–, y es el mercado quien acaba dictando reglas de comportamiento y donde se vende una permanente insatisfacción con respecto a nuestro aspecto, un nuevo problema que no tiene nombre, que hace que las mujeres entren en una rueda aplastante y dolorosa que, eso sí, crea beneficios cuantiosos hipotecándonos de por vida. Se sexualizan las muñecas, el comportamiento de los jóvenes y a las mujeres maduras se las nombra también como idénticas en un ataque continuado por renovar lo imposible. Lo mejor es que todo se vende y se expone como fruto de nuestra libre elección (una máxima del feminismo) cuando deberíamos empezar a hablar de explotación. Si quieres ser visible tienes que ser sexy, si eres cantante mejor canta en bragas y sujetador. Listas todas siempre para un striptease.

La verdad es que cuanto más se feminiza el sexo más parece devaluarse. Hay pocas mujeres en el poder, diferencias salariales sangrantes, pocos hombres en el entorno doméstico y, lo que es peor, se alienta cada vez más a que la mujer se ocupe del hogar. En Alemania, a las mujeres que deciden continuar con sus carreras profesionales cuando tienen hijos se las llama despectivamente "mujeres cuervos"; el modelo protegido por el sistema pastor no ha fomentado para nada la integración masculina en lo doméstico y ha devuelto a casa a muchas mujeres convertidas en eternos ángeles del hogar siempre dispuestas a hornear galletas.

El sexo es artículo de consumo y las mujeres cada vez más, objeto, eso sí, "como resultado de su propia elección". Y cuantas menos posibilidades de elegir tiene una mujer, más hipersexualidad impuesta. El mensaje interpuesto es: "Esta es la única manera de triunfar". El sexo se cuela en la tele, en las revistas, en los escaparates (el mercado lo impone) y las feministas casi no nos atrevemos a criticar situaciones que en muchos casos degradan a las mujeres.
Faltaría más que después de todo lo recorrido no fuéramos más abiertas respecto al sexo, pero me temo que prevalece la imagen de objeto y que mucha de la pornografía sigue despreciando a las mujeres. ¿Por qué no hay una vindicación de la sexualidad más relacionada con la intimidad que con el rendimiento?, plantea Walter.
Las personas progresistas parecemos tener miedo a cuestionar la carga sexual que nos devora, nadie alza la voz o plantea el debate por miedo a ser considerados rancios o puritanos, "por miedo a que parezca que condenamos la libertad de elegir de las mujeres". Es la pescadilla que se muerde la cola. Y mientras tanto, olvidamos que tenemos derecho también a decir no, a establecer pensamientos que ayuden a los niños y niñas a cuestionar los modelos de ahora y los de siempre. Lo que se dice natural necesita un gran esfuerzo, "aprendemos a cuidar cuidando", a mirar mirando y a vivir viviendo.

Mientras Oriente habla de la libertad de elección de las mujeres que optan por esconderse fuera de lo privado, veladas para tener identidad, Occidente también, en nombre de la libre elección, recupera el viejo sexismo de siempre, donde mujeres y hombres ni aman ni conviven como iguales respetando sus diferencias. Retrocedemos.
Entre tanto aumentan las violencias machistas, sutiles y muchas veces envueltas en papel de regalo, aumentan los asesinatos calderonianos y disminuye nuestra capacidad para gritar al menos, lo que no queremos.

Teresa Agustín es poeta