Opinion · Otras miradas

Los espejos ajenos y esa clase de mujeres

Andrea Momoitio

Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

“Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones
infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.
Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser”
Gioconda Belli – No me arrepiento de nada

Después de no sé cuántas horas viajando en avión, lo peor que puede pasarte es que en el último vuelo te sienten en la fila de atrás rodeada de ‘postadolescentes’ rumbo a Cancún. De esos que sacan la VISA varias veces en cuatro horas para tomar copas carísimas y llegar ya borrachos. De esos que gritan, que se ríen de chorradas, dan la nota hasta límites insospechados para el resto y no te dejan dormir. En el avión estaban trabajando varias azafatas, 3 ó 4, no lo recuerdo, pero a ellos les hicieron gracia solo dos de ellas. Uno desplegó entonces todo su arsenal de formas de ligar previsibles y aburridas, muy típicas de la heterosexualidad más temprana. Risitas por aquí, risitas por allá, te miro de arriba a abajo, te hago bromas absurdas, miro a mis amigos y hago gestos de triunfo, vuelvo a reírme, te mareo, te llamo cada dos por tres. En fin, un clásico, que parecía también gustar mucho a las dos azafatas, que empezaron a no dar pie con bola y entraron de lleno en el juego. Un juego en el que ellas no podían aportar nada a las reglas.

Todo eran carcajadas, miradas tímidas, nervios. Ellos, conscientes del efecto que estaban provocando en ellas, más se miraban, más se reían, más disfrutan del poder que estaban ejerciendo sobre esas dos mujeres. Entonces me vinieron a la cabeza estas palabras de la filósofa Celia Amorós, que escribió en la revista Arbor, en 1987, en su artículo —ya un clásico— ‘Espacio de los iguales, espacio de las idénticas. Notas sobre poder y principio de individuación’: “En el espacio de las idénticas todo es anomia y reversibilidad: todas pueden hacer de todo y suplir en todo, siempre que sea de forma interina e intermitente, sin que se fijen turnos ni rangos sustantivos ni se pongan condiciones de reciprocidad”. ¿Qué quiere decir esto? Que en un mundo en el que ellos se construyen sabiéndose iguales entre sí, poseedores de derechos de forma natural e inequívoca, nosotras crecemos sabiendo que no sólo no somos iguales a ellos, sino que tampoco lo somos entre nosotras, que respondemos a ese adjetivo tan homogeneizador y cruel: idénticas. Las idénticas. Las idénticas no se distinguen entre sí, no son individuas  completamente  sino  parte de un todo. Todas idénticas a las otras. Ellos eligen, entre una masa uniforme de mujeres, a una cualquiera, qué más da quién. Nosotras sabemos, nosotras que somos idénticas, que ser elegida por uno de ellos es un triunfo, una suerte, un objetivo en sí mismo en el que no podemos intervenir, un juego que responde a todos los mandatos de la feminidad. En esta idea se basa también el mito del amor romántico, representado en infinidad de producciones culturales: mujeres que esperan ser elegidas, que esperan a su príncipe, que se miran en espejos ajenos para verse bellas para otros. Por eso, todavía hoy, no relacionarte sexoafectivamente con hombres de manera estable o no hacerlo nunca sigue siendo altamente revolucionario. Porque gustar a los hombres sigue siendo un reto para muchas mujeres, el camino para convertirnos en una de las de verdad, de esas mujeres hechas y derechas.

No sé quién me lo contó. Quizá fue alguna profe, tal vez alguna amiga o puede que cualquier compañera de trabajo, pero se me quedó grabado. No recuerdo tampoco de quién era la cita y he decidido no buscarlo en Google por el simple placer de no encontrarlo todo a golpe de click. Prefiero averiguarlo de otra manera, que alguien se me acerque y me diga: «Te lo dije yo, Andrea». El caso es que alguien me explicó —cito de memoria y puede que me falte algún matiz— que uno de los principales retos de las mujeres pasaba por disfrutar de los éxitos, de nosotras mismas, disfrutar de gustarnos, sin necesidad de compartir esas emociones con nadie. ¿Te han dado una buena noticia? Disfrútala tú sola antes de llamar a nadie para contárselo. ¿Te sientes guapa? Dítelo. ¿Eres inteligente, ingeniosa y divertida? ¡Recuérdalo cada mañana sin necesidad de que nadie refrende esa sensación! A priori, algo se me revolvió. Me siento más guapa si me lo dice Z.; me siento más inteligente si me lo recuerda alguien, más ingeniosa si me lo dicen mis amigas. Si me pasa cualquier cosa, buena o mala, pero que se salga de lo habitual, lo primero que hago es contarlo en el grupo de WhatsApp que tengo con mis amigas, llamar a Z. y contárselo a mi familia. No siempre se dan las tres comunicaciones porque, claro, si me enfado con mi madre no se lo cuento a ella. La asertividad sigue siendo una de mis asignaturas pendientes, qué le vamos a hacer. Tampoco aprobé matemáticas de la ESO. El caso es que la idea de disfrutar de los acontecimientos de mi vida sin necesidad de compartirlos y gustarme sin necesidad de gustar a nadie más me pareció un retazo prácticamente inasumible. Vivimos en un contexto cultural en el que para las mujeres es prácticamente inevitable romper con esa necesidad de reconocimiento que tenemos todas, en un mundo en el que nada está hecho a nuestra medida y en el que cualquier logro parece más importante si lo alcanza una de nosotras  Esa es la única explicación que encuentro a que en la prensa sigamos leyendo una y otra vez titulares que empiezan así: «Fulanita, la primera mujer en lograr quéséyo». Esto tiene tanto que ver con la falta de genealogía como de originalidad.

Pensé entonces que tendría que aprender a hacerlo, que sí, que yo podía. Que yo no quiero ser como esas azafatas que me encontré el otro día, que entraron, entre risas adolescentes, al trapo de unos niñatos repelentes que jugaron a conquistarlas durante las cuatro horas que duró el vuelo. Que yo no quiero ser esa de esa clase de mujeres que necesitan continuamente la aprobación externa, que necesitan compartirlo todo para disfrutarlo más. No. Yo no quiero ser esas que se miran en el espejo buscando encontrar lo que deberían ser, pero no son, que no, que yo no soy de esas. No quiero serlo, pero soy una más de todas. Idéntica al resto.

Porque, ¿qué necesidad tengo de mirarme en espejos ajenos para verme linda? Que las mujeres nos construimos en base a la mirada ajena es un hecho incuestionable (bueno, probablemente no haga falta ser tan categórica) y, sobre todo, en el marco de la heterosexualidad puede llevarnos a situaciones difíciles de abordar, en la que estar siempre dispuestas para otros se convierte en una obsesión que ataca directamente a nuestro autoestima, pero eso sí, hay miradas ajenas en las que merece la pena detenerse. A veces, los espejos de otras, solo los de otras, son capaces de multiplicarnos. En mi antigua casa solía ir a mirarme al espejo de mi compañera de piso. Ella siempre tiene buenas palabras para mí y el espejo más limpio. A mí es que me da pena usar para eso los periódicos y el tiempo.