Opinion · Otras miradas

La España del 15-M como superación de los fantasmas de la nueva y vieja izquierda

Óscar Guardingo Martínez

Secretario general del grupo de Unidos Podemos en el Senado

Durante este mes de julio, las redes han ardido en relación a la polémica desencadenada por el libro de Daniel Bernabé La Trampa de la Diversidad. Reflotando un viejo debate de finales de los noventa y principios de los 2000, una parte de la izquierda ha criticado ferozmente la tesis del ensayo de Bernabé. Dos han sido las críticas principales: la primera, más superficial y casi escolástica, en relación a la dimensión cultural y no académica del ensayo, y la segunda, más de fondo, en contra de la idea de unificación de luchas y  preeminencia de un sujeto revolucionario sobre otro.

Sobre la primera dimensión, la de forma, sorprende que quienes hagan esta crítica sean los mismos que han aupado a Owen Jones por un trabajo idéntico en lo formal, pues Chavs no es más -ni menos- que una obra cultural. Entendemos pues que las críticas al libro no proceden tanto de un rigor metodológico, sino que hay algo en la tesis política que ofende a ciertos militantes y dirigentes de la izquierda.

La segunda crítica es la clásica y superada idea de que hay una multitud de poderes que nos atraviesan y que deben ser respondidos o resistidos de forma múltiple e irreductible. Es decir, ante las opresiones diversas deben responder de forma aislada los sujetos oprimidos (en el heteropatriarcado, los gays, lesbianas y trans; en la dominación masculina las mujeres y así sucesivamente) reproduciendo de esta forma la diversidad y fragmentando las luchas, imposibilitando articularlas bajo un único vector capaz de responder a un solo poder. Es una hipótesis que celebra la diversidad y la toma como un valor en sí, de forma esencialista, y se opone a la organización de la revolución pues fía a lo espontáneo -a una especie de despertar moderno- la capacidad de empoderar a las masas y derribar los mecanismos de la opresión.

La problemática principal es que un debate entre la posmodernidad líquida y múltiple y la vieja izquierda que veía en los obreros el único sujeto revolucionario llamado a conquistar el futuro es un debate pre 15-M. En España hemos logrado resolver la tensión entre atomización (multitud) y unidad sindical/obrera (aparato comunista) gracias a la idea de pueblo VS elite que se socializó en el 15-M. Es aquí donde queremos responder tanto a Bernabé como a sus críticos para seguir trabajando en una estrategia nacional-popular en la que volvemos a poner la soberanía en el centro de la disputa política de nuestro siglo y en la que la idea de pueblo está siempre en construcción. El pueblo no es, el pueblo se construye políticamente. Y se construye desde todas sus luchas y sujetos oprimidos.

Por ejemplo, al autor del ensayo y a sus detractores se les podría recordar que los avances en la lucha por la igualdad de género y por la libertad sexual, pero también en la denuncia de la vulneración de los DDHH en los CIE, solo han sido posibles en paralelo al calor de un mismo movimiento democratizador. Es el movimiento popular surgido del 15-M y que aspira a democratizarlo todo el que permite que la lucha feminista y la lucha LGTBI puedan avanzar. Un feminismo estanco permite a Soraya Sáenz de Santamaría presentarse como la potencial primera presidenta del Gobierno. En cambio, el movimiento democrático y popular se expresa también a través del feminismo que cuestiona los mecanismos para disciplinar a la mano de obra femenina que otorga nuestro ordenamiento jurídico al empresario. Las Kellys, las trabajadoras de atención a la dependencia, el Grupo Turín o el Observatorio Jeanneth Beltrán inciden en denunciar la precariedad laboral de aquellas ocupaciones que el patriarcado considera una extensión del trabajo reproductivo -doméstico y de cuidados- al mercado laboral. La redistribución económica como un inseparable del reconocimiento.

Bernabé propone a la clase trabajadora como la identidad aglutinante de la diversidad. Sin embargo, y sin entrar a discutir lo la definición de clase como un lugar en el mercado de trabajo y no en los procesos históricos de lucha, no parece que pueda ser el movimiento obrero hoy el sujeto sobre el que construir un Nosotros. Basta echar una ojeada al estado actual de las centrales sindicales, fuerzas más empeñadas en devolver el timón del país al bipartidismo que en cuestionar ningún elemento central del funcionamiento del régimen.

Las luchas particulares solo pueden avanzar de verdad como parte de un movimiento democrático más amplio y no desde parcelas estancas. Respecto a la diversidad de identidades como una trampa del neoliberalismo: las identidades fragmentadas son propias de sociedades complejas. Pero si en algo sí sirve el relato y el discurso es en la capacidad de construir un sujeto aglutinador de identidades fragmentadas en la comunicación política que polariza con otro: We the People of the US vs La Corona británica. Clase obrera vs Burguesía. Pueblo contra Casta. 99% vs 1%. Superar el movimentismo atomizado en un movimiento popular que ponga en el centro las condiciones materiales como condición de posibilidad para la libertad pasa por construir ese “nosotros”: en España lo hemos construido con los de abajo VS los de arriba. Una unidad que no es de partida, sino que es de llegada y que hay que construir permanentemente en aras de resolver una heterogeneidad social constitutiva de las nuevas subjetividades.

El 15-M fue un terremoto político que inauguró una nueva etapa en España, cambiando por completo nuestra gramática política y fijando un nuevo sentido de época. Sus réplicas y la profundidad del proceso histórico subyacente llega hasta nuestros días y marca una generación completa. El 8M y el paso al frente de las mujeres como vanguardia del cambio en España no puede ser analizado al margen de este proceso.

El reto hoy no es volver a discutir sobre qué sujeto es el encargado de liderar la transformación democrática de nuestro país, sino cómo seguimos profundizando y extendiendo la tensión constituyente para conformar un bloque histórico capaz de traducir las victorias culturales y las victorias morales en victorias políticas.