Opinion · Otras miradas

Siempre he sido una dama, pero soy una perra en la cama

El reguetón es a la cultura popular contemporánea lo que Van Gogh fue a la pintura (más o menos): un pelotazo tan gordo que ni siquiera los críticos del momento podrían advertir el apabullante éxito de la nueva fórmula en la historia del arte. Pero el pueblo habla y el género se ha convertido en una máquina imparable de fabricar hits, que jóvenes y mayores bailan en la pista al ritmo de letras sencillas y machaconas que se pegan al cuerpo cual ladilla rabiosa. Entren media hora en cualquier fiesta de verano e intenten eludir el perreo en sus caderas. Acabarán gustándoles los mayores, buscando un perro fiel con un estilo y un flow criminal, sin pijama, siendo unas auténticas damas (aunque un poco perras en la cama), una cama que sonará “pom-pom-pom-pom”, y, dios no lo quiera, preguntando ¿y el anillo pa´cuándo? a un tipo diferente cada noche. Menos mal que a la mañana siguiente no se van a acordar de nada. Y si no se acuerdan, no pasó. Se lo dice una rockera de corazón.

Pero ¿qué tiene el reggaetón que nos gusta tanto, babe?

Erotismo. Roce. Calentura. Sexo. El reggaetón es el follar de la música. La cadencia previa al orgasmo. Un nuevo ritual de apareamiento permitido en espacios públicos y a plena luz del día. Porque el baile ha sido y sigue siendo un arma de seducción, aunque eso no signifique necesariamente que la que se contonea esté intentando seducir al que cree que sí. A veces las mujeres nos seducimos entre nosotras. Y otras, solo para nosotras.

He de confesar que cada vez escucho más reguetón. Lo mío empezó como empiezan todas las adicciones: primero restringí su uso únicamente a la limpieza de la casa.  Al fin y al cabo, ¿a quién no le gusta ponerse un pelín ordinaria mientras friega los cacharros y limpia las juntas de silicona la ducha? (seguimos buscando el producto definitivo, señorías). Después lo empecé a escuchar haciendo deporte (para no concentrarme en el sufrimiento, me decía). Luego pasé a tararearlo mientras me vestía y maquillaba, y alargaba la sesión de guapura muuuy despacito. Ahora me he convertido en esa tarada que grita obscenidades mientras conduce, y se asegura de que las ventanillas están perfectamente subidas para que nada pueda interrumpir su romance con el negrito de ojos claros. Porque yo lo escucho con culpa y remordimiento, pero Spotify no es tonto, y a estas alturas ha debido de incluirme en el top de escritoras indies de pacotilla que se la gozan con Juan Magán. Las feministas estamos llenas de contradicciones. La vida es así, papi.

Aunque los albores de este movimiento se sitúan en Panamá y en Jamaica en los años 70 y 80 (todavía conocido como regage en español) fue en Puerto Rico donde visionarios productores latinos que ansiaban competir en el mercado americano con una voz propia a partir de los 90, empezaron a mezclar el hip hop con el reggae, el dancehall y otros estilos de la música caribeña para crear el reguetón. Desde que Daddy Yankee, autoproclamado rey del reguetón, lo petase a principios del milenio con temas como La Gasolina (2004) la mecha de la música urbana latina se ha prendido en todo el mundo alcanzando cotas de reproducción y de descargas incomparables. Don Omar (otro autoproclamado rey del reguetón y recientemente retirado), Winsin &Yandel o Luny Tunes, levantaron los cimientos del perreo al mismo tiempo que amasaban millones que invertían en descapotables horteras sobre los que un grupo de damas acaloradas se frotaban cual abrillantador de carrocerías.

Pero si por algo me gusta cada vez más el reggeaton es por el aumento de solistas femeninas y letras en que las mujeres (por fin) pasan de ser objetos a convertirse en sujetos con voz propia que reivindican su autonomía sexual, emocional y hasta financiera. Precisamente, han sido las mujeres del reguetón las que llevan años cambiando los roles: de mujer objeto a sujeto. De la que no sabe lo que quiere en la cama a la que pide sexo oral a ritmo de Dowtown. De la que siempre busca un hombre que la ponga en órbita, a la que lo manda al carajo alegremente, o grita que lo que necesita una mujer es a otra que sepa qué hacer con su cuerpo (Chocolae Remix).

Una de las primeras personas que le puso voz a este nuevo género en el año 2003 fue Lorna Zarina Aponte, más conocida como Lorna, y definitivamente conocida como la del Papi Chulo que se convirtió en la canción panameña más famosa de la historia. Este cantante, que podría tener 75 años pero solo tiene 35, empezó en la industria musical con 16, y su última colaboración la hizo en 2017 con Kiko Rivera.

Un año antes, en 2002, podíamos escuchar esto de en las radiofórmulas:

Cansada de los temas sexistas que sus compañeros varones sacaban al mercado, la portoriqueña Ivy Queen dio el salto del rap al reguetón.

En aquellos primeros años en España tuvimos a unas pioneras, Gara y Loida Hernández, las gemelas canarias que se convirtieron en el grupo que más discos vendió en la isla en las últimas dos décadas por obra y gracia del reguetón que cantaban con mensajes liberadores para las mujeres.

K-narias huyeron de los mensajes sexistas que reinaban a principios del 2000 y optaron por aprovechar los ritmos latinos para empoderar a las mujeres. Después de aquella conocidísima canción vinieron otros éxitos como “Mujeres, las que mandan”, “Hombres con Pañales” y “Tu indiferencia” que deja claro al receptor que “primero seré yo, segundo seré yo, tercero seré yo y después, quien venga”.

Sin embargo, la crítica a este estilo musical continúa siendo la misma que hace una década: música vulgar y machista que escuchan personas de bajo nivel social. Como si no hubiese ocurrido lo mismo con el flamenco o la rumba catalana o, peor, como si tuviese algo de malo que la música guste a las clases populares. Todo salpicado con una buena dosis de elitismo cultural y un pelín de racismo. ¿No han sido acaso el hip hop y el rap americanos tan vulgares y sexistas como el reggaetón? ¿Qué ha pasado con las letras violentas del rock&roll de nuestros ídolos de los 90? ¿Acaso las canciones de Maluma (el cáncer del reggaeton actual) son más machistas que los himnos del rock patrio como Puta y Golfa de Extremoduro? ¿Peores que las baladas lisonjeras de Alejandro Sanz en donde presume de ser el dueño y señor del destino de las mujeres? Puestas a creerse las letras como bobas, ¿afectarán más a la capacidad de raciocinio de nuestras jóvenes las referencias al sexo libre o las que enarbolan el amor romántico como destino ineludible de la felicidad femenina?

El reggeaton ha evolucionado y, sin más pretensiones que hacer bailar y divertirse, el perreo puede (y debe) ser empoderante. En los últimos años, diversas compositoras y cantantes han apostado por el reggeaton feminista y más social (Tremenda Jauría, Brisa Fenoy, Chocolate Remix o las anteriormente mencionadas K-narias) e incluso las más sexualmente explícitas, como Becky G o Karol G, se declaran abiertamente feministas mientras soportan las críticas de los que siempre ven incompatibles la música caliente con la igualdad cuando son ellas las que mandan. Pues a mí, como a ellas, me gusta ser una dama, pero una perra en la cama.