Opinion · Otras miradas

Reptilianos

En línea con mi activismo de salón, que a la espera de que me llegue el Kalashnikov que he pedido a Amazon, es de momento el único que practico, ayer publiqué un tuit que debía de encerrar algo de verdad, a juzgar por el entusiasmo con que fue acogido. Decía así:

El hurto de una cleptómana, que a la postre no es más que la manifestación de un trastorno mental que mueve a la compasión y a la empatía, no es nada comparado con el repugnante fraude que supone usurpar títulos universitarios financiados con dinero público, falsificar documentos oficiales con ayuda de cómplices diversos y ciscarse en la igualdad de oportunidades, consagrada en nuestra Constitución como uno de los pilares de nuestra convivencia. Sin embargo, no creo que nadie ponga en duda que si hemos conseguido extirpar a Cifuentes de la vida política, se debe a que su propio partido y los empresarios corruptos que lo apuntalan con mordidas diversas, se horrorizaron al contemplar a «una de las nuestras» distrayendo propiedad ajena en un establecimiento privado.

La razón por la que resulta tan difícil aceptar, no ya que el PP se alterne en el gobierno con otras fuerzas políticas, sino que su mera existencia no esté proscrita por nuestra Carta Magna, es porque su ADN parece estar hecho de una pasta diferente, que los asemeja más a los reptilianos de la serie V (los que comían ratas vivas como el que se zampa un puñado de cacahuetes) que a miembros de nuestra especie. El mismo individuo que se lleva las manos a la cabeza al contemplar a La Rubia hurtando en el Eroski considera sin duda perfectamente aceptable que un banco deje en la calle a una familia con niños antes de que sepamos siquiera dónde van a pasar la noche. Aún me produce escalofríos recordar aquella frase del pepero Esteban González Pons (que para más inri, tiene facciones de lagarto) en la que, a comienzos de 2014, demostró tener invertida la escala humana de valores:

Una vez salvada la prima de riesgo, tenemos que salvar a las personas.

Me recordó al instante al malo clásico de las películas de Tarzán, que cada vez que veía despeñarse a un porteador negro durante la ascensión al macizo Mutia, abrazaba con alivio el fardo que no se había precipitado al abismo y para horror de Jane, que sí tenía su corazoncito, exclamaba:

Pobre diablo. ¡Menos mal que se ha salvado la carga!

Conozco bien a los reptilianos, porque mi abuela Liliana (mujer de Rafael Sánchez Mazas y madre de los ilustres Rafael y Chicho Sánchez Ferlosio) era una de ellas. Mi padre, Javier Pradera, nos contaba a mi hermano y a mí, siempre entre risas para poder diluir en humor negro su justificada indignación, que cuando murió mi bisabuelo Romolo (que se había hecho millonario en la bolsa) su  mujer se quedó al margen del testamento. En vez de poner remedio de inmediato a su precaria situación económica, Liliana y su hermana se quedaron con toda la herencia y dejaron a su propia madre en una situación humillante. Pero como los reptilianos tienen una cloaca allí donde los demás tienen el alma, mi abuela ni siquiera fue consciente de la monstruosidad que estaba perpetrando:

–¡Las leyes italianas han dejado a mi madre en la calle! – exclamaba indignada, como si se hubiera puesto en marcha un mecanismo infernal que ella misma no pudiera detener fácilmente, un monstruoso juggernaut al que fuera incapaz de poner remedio con un sencillo Madre, aquí tienes, esto te corresponde por justicia. Para darle aún más apariencia de engranaje jurídico ineluctable y aliviar la escasa mala conciencia que pudiera atormentarla, apoyaba su afirmación anterior con un latinajo: Dura lex, sed lex! (la ley es dura, pero es la ley). Algunos años más tarde, mi tío Chicho me confirmó la condición de reptiliana de mi abuela, al contarme que cuando al pastor de uno de sus latifundios se le incendió el chamizo en que vivía, ordenó que le dieran veinte duros y una manta y procediera a buscarse la vida.

Así son los reptilianos: ni sienten, ni padecen. Su misión en la vida parece consistir solo en reproducirse y medrar. Pero como necesitan captar muchos votos para alcanzar el poder y extender su clientela a sectores no reptilianos de la sociedad, cada vez que alguien les recuerda su condición de extraterrestres sin escrúpulos, fingen indignarse. Tal es el caso de Pablo Casado, cuando afirmó airado  hace unos días que la izquierda no tiene el monopolio de los buenos sentimientos. O como diría Rajoy:

Somos sentimientos y tenemos seres humanos.

Los reptilianos se caracterizan además por no reconocer (que es distinto a respetar) otro código de conducta que no sea el Código Penal, lo cual les pone las cosas muy fáciles en un país como el nuestro, en el que la ley está pensada (tal como dijo el actual Presidente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes) para castigar al robagallinas  y permitir que el gran defraudador se salga con la suya. Eso explica la delirante frase del Muy Imputable, al conocer que la jueza Rodríguez–Medel recomienda su imputación por los delitos de prevaricación y cohecho:

La ética no la marcan los periodistas ni los políticos, la marca la ley.

Nada hará desistir al Muy Imputable de esta absurda y ventajista creencia, que por sí misma le inhabilitaría no solo para estar en la vida pública sino  también en la privada. Recemos entonces a Nuestro Señor para que en el Tribunal Supremo, Casado se tope con un profesional del derecho tan competente como la jueza Rodríguez–Medel, con un instructor minucioso y obsesivo, que a la manera del mítico teniente Columbo de la tele, no descanse hasta haber atado todos los cabos sueltos:

–Sr. Casado, ¿sabe que a mi mujer también le extrañó que Vd. no mostrara los trabajos que le sirvieron para aprobar el máster? ¿Por qué sólo nos dejó ver las tapas?