Opinion · Otras miradas

Derecha y democracia: incompatibles

Javier Segura

Profesor de Historia www.javisegura.es

Hace un par de décadas, en La Laguna, dónde yo vivía, antes de que el Partido Popular ganara sus primeras elecciones, comenzó a circular un librito titulado El pensamiento político de Aznar, el entonces líder del PP, puesto por Fraga, ex-ministro del dictador Franco. Al abrirlo todas las páginas estaban en blanco. 20 años después no parece que el citado libro haya podido perder vigencia y podría hacerse extensivo al ex-presidente Mariano Rajoy y a los actuales “cabecillas”, Pablo Casado y Albert Rivera, que compiten por representar el guión marcado por los agentes del neoliberalismo radical y el ultranacionismo español. Sin embargo, tratándose de la derecha, hasta un libro en blanco, metáfora de la insignificancia intelectual y la malformación del conocimiento, tiene un subtexto ideológico, que es el que intento descifrar en el presente artículo.

Veamos:

La derecha, la liberal, la extrema y la liberal que se sirve de la extrema cuando le interesa, ni empieza ni termina en la aridez de ideas, la sequía comunicativa y la moral excluyente de los personajes antes mencionados, formados en los postulados autocráticos de la “España tenebrosa”, la del pelotazo económico, el tufo a sacristía y la hombría militar. La derecha, como entramado socio-político, dentro y fuera de las fronteras nacionales, está conformada por una confluencia de poderes establecidos, económicos, jurídico-políticos, militares e ideológicos, con un carácter cuasi-sectario en el caso español, que, en su reproducción histórica, siempre se ha guiado por el objetivo común, inconfesable por supuesto, de la conservación del poder y del statu-quo en el que dicho poder se asienta a cualquier precio, sea la represión política directa, la imposición del “imperio de la ley”, al margen de lo que es justo y ético, o la persuasión ideológica mediante el aparejo propagandístico adecuado. Para entendernos, hay cosas que no se tocan si ponen en cuestión el dominio de clase que la derecha representa, algo de lo que no se libra la democracia actual (1).

Los agentes de la derecha clásica, occidental u occidentalizada, se autoproclaman defensores de la libertad frente a los “totalitarismos”, los “populismos”, el “comunismo”, asociado a al estalinismo, o frente a la mano negra del “terrorismo”, conceptos que no se cortan en utilizar, en una inversión perversa del lenguaje, como arma arrojadiza contra el adversario o el “enemigo político”. Se erigen así en herederos de la tradición liberal occidental, la cual contempla la libertad no en su significación real, como el pleno desarrollo de la capacidad del ser humano para autodeterminarse como ser racional, afectivo y social, sin coacción externa, sino como un atributo individual, independiente de las condiciones materiales necesarias para ejercerla como derecho inalienable de toda persona, es decir, de la igualdad en la distribución equitativa del poder y la riqueza. Así, la libertad que defienden los agentes derechistas circunscribe la libre elección al nivel de renta y poder para poderla ejercer, emparentándola, por tanto, con el privilegio. ¡Un contrasentido! Desde luego, cuando Margaret Thacher, madre del neoliberalismo económico y del consevadurismo político radical, dijo aquello de que no había “eso que se llama sociedad, sino individuos y familias” sabía lo que decía. Es la misma cantinela expresada por Albert Rivera, con su particular sello ultra-nacionalista, cuando soltó aquello de que no veía sociedad que veía “sólo españoles”, algo que podía haber sido puesto en boca de cualquier franquista confeso.

Esta concepción “recortada” de la libertad, junto a la no menos restrictiva de la igualdad, reducida, como mucho, a la igualdad ante la ley, es el fruto de la asociación histórica, establecida por la tradición liberal e incorporada al ideario derechista, entre la democracia política y la economía capitalista. En efecto, dicha concepción conduce, en el plano político, a que las libertades públicas se aprecien en exclusiva como libertades jurídico-políticas, es decir, libertades de relación con los gobernantes (libertad de expresión, de prensa, de asociación, libertad religiosa..), y, en el plano económico, lo hagan como libertad de empresa, es decir, como “libre” iniciativa empresarial para invertir allí dónde se obtengan las mejores ganancias, organizar el trabajo y establecer los salarios, todo ello en un escenario, el mercado, en el que individuos y empresas compiten “libremente”. Si en principio ambos liberalismos, el político y el económico, pueden parecer las dos caras de una misma moneda, hay un elemento sustancial que marca la diferencia (y la contradicción) entre ambos: la defensa de la propiedad privada-capitalista, como fundamento de la economía (2).

En efecto, del papel clave que la derecha otorga en la vida social a la propiedad privada-capitalista se deriva la suposición de que es el mercado y no el Estado el que mejor garantiza las libertades individuales, por lo que éste último debe tener como principal función la de protector de aquél. La frase de Rodrigo Rato “Ésto es el mercado, amigo”, dicha en el marco de las investigaciones parlamentarias sobre su imputación por delitos de corrupción, lo expresa con diáfana claridad. De ahí, que el ideal derechista del Estado sea el de un estado despojado de los instrumentos necesarios para luchar contra los privilegios de quienes dominan el mercado, los detentadores del capital.

Por tanto, la sacralización del mercado y la paralela demonización del Estado no debe conducir a engaño. La retórica anti-estatal que a menudo esgrimen los agentes derechistas expresa, en el fondo, el modelo de Estado que quieren y el que no quieren. No quieren un estado que dificulte las tasas de beneficio por atender necesidades sociales, pero sí quieren, y mucho, un estado en el que la intervención económica se limite a las áreas no rentables para el capital privado, un estado que socialice los costes sociales y las pérdidas económicas del capital privado, como los famosos rescates bancarios, un estado que ejerza de gendarme frente a la contestación social, como es el caso de las conocidas como “leyes mordaza”, o un estado que favorezca los intereses del complejo miltar-industrial mediante el gasto militar, aunque sea, a todas luces, improductivo. En otras palabras, quieren un estado en el que los principios y valores del liberalismo político se subordinen a los del económico.

No entra por tanto en el ideario de la derecha, de ninguna derecha, desde la fascista a la liberal, la consideración de que la propiedad privada-capitalista introduce en la vida social un elemento de desigualdad sistémica, consolidado en la herencia patrimonial, que reproduce el poder de los dueños y gestores privados del capital e impide a los que “no tienen” el uso real de las libertades individuales. En otras palabras, el ADN del ideario derechista supone la quiebra del binomio libertad-igualdad, seña de identidad del socialismo en el más amplio sentido del término, en beneficio de la libertad, lo que, en la práctica, conlleva la limitación/negación de la libertad misma. ¡Un contrasentido! (3) Es precisamente aquí, en la diferente concepción de la igualdad-desigualdad social, con todas sus connotaciones, donde radica la distinción esencial entre la derecha y el conjunto de idearios heredados de la tradición socialista y de los movimientos sociales emancipatorios que confluyen en la cultura plural del progresismo, de la “no-derecha”. Así, mientras que la cultura política del socialismo-progresismo interpreta la desigualdad social, no sólo como una injusticia moral, sino como el inevitable resultado de la explotación de la fuerza laboral por la empresa privada capitalista, el derechismo la concibe como algo natural a la condición humana, por lo que no tiene por qué abogarse por su erradicación. ¡Todo por la pasta! (4)

El papel vertebrador que juega la defensa de la propiedad privada capitalista en el ideario derechista explica el parentesco sustancial de la derecha clásica-liberal, que se dice identificada plenamente con la democracia, y la extrema derecha. Además de la idea de la propiedad privada como pilar básico de la sociedad, ambas “derechas” comparten valores básicos, como el mito de la nación como realidad superior a la de sus propios habitantes y la apreciación de la jerarquía como elemento consustancial de la sociedad. Otra cosa es que “lo políticamente correcto” haya obligado y obligue a marcar distancias de cara a la galería. Es lo que explica, en el contexto político actual, que gran parte de los postulados de la extrema derecha hayan sido asumidos por la derecha clásica “sin que se le caigan los anillos”, sobre todo en lo que atañe a las políticas migratorias, claramente discriminatorias y punitivas, y a las políticas represivas en materia de derechos y libertades. En realidad, la extrema derecha no es más que el plan B de la derecha y cumple una función política primordial: la de ocultar las raíces reales de la injusticia social para, de esta forma, neutralizar la posibilidad de que se cuestione la responsabilidad en la misma de los megacapitales privados, cuya capacidad para seguir en el puente de mando de la vida social y política se ha visto reforzada en estos tiempos de globalización. Es por ello por lo que se encarga, no de abogar por la justicia social, sino de sembrar la discordia entre los perdedores del modelo económico, canalizando la ira popular hacia los colectivos más vulnerables, como son los inmigrantes. Así, mientras alimenta la guerra entre pobres, siguen permitiendo que los que controlan el mercado continúen “repartiéndose el pastel” a costa de la sociedad. ¿Merece la pena poner el ejemplo de la competencia iniciada por Albert Rivera y Pablo Casado por ocupar el espacio del voto xenófobo?

Asimismo, el peso que la salvaguarda de los intereses vinculados a la propiedad privada capitalista ejerce en el ideario derechista constituye el transfondo de la preferencia histórica de los cofrades derechistas por la supresión de las libertades políticas antes de que los privilegios vinculados con la propiedad privada capitalista sean “tocados” en virtud del ascenso social y político de las organizaciones representativas de la ciudadanía social (5). La historia, contemplada con el adecuado rigor científico y no desde el presentismo ideológico propio de la propaganda derechista, ofrece sobrados ejemplos de ello. Es el caso, en la historia reciente de este país, que sigue alimentando un sinfín de polémicas trasnochadas,  del golpe de Estado militar contra el Gobierno legítimo del Frente Popular que dio origen a la Guerra Civil española, un golpe patrocinado y apoyado por patronos capitalistas, terratenientes y banqueros, mandos militares reaccionarios, organizaciones políticas de extrema derecha, jerarcas de la Iglesia católica y los gobiernos fascistas de Hitler y Mussolini y dirigido contra las reformas democráticas y modernizadoras que los gobiernos progresistas pusieron en marcha durante la II República española, recortando privilegios por un lado y garantizando derechos de ciudadanía por otro.  En el contexto que estamos describiendo, no es de extrañar que la derecha española siga intentando presentar la Guerra Civil como si hubiera sido una guerra entre bandos, en el mejor de los casos, sin distinguir entre víctimas y verdugos, algo que ha calado profundamente en el imaginario colectivo de este país. (6) Y es que la derecha nacionalista española, surcó sin problemas las aguas desde la dictadura a la democracia durante la Transición española. Es lo que evidencia Albert Rivera cuando, en un alarde de supina ignorancia, asocia la Guerra Civil a un conflicto entre “rojos y azules” o Pablo Casado cuando, en un ejercicio de absoluto desprecio a las víctimas del fascismo católico español, tildó de carcas a “los que todavía están con las fosas del abuelo”.

En la actualidad el orden que sustenta la derecha es el neoliberal, fruto de la “revolución conservadora” impulsada por el núcleo de hombres dirigentes de la economía mundial, articulado en torno a Wall Street, la Reserva Federal estadounidense y organismos internacionales, como el Banco Mundial y el FMI, y encarnada políticamente por el presidente Ronald Reagan en Estados Unidos (1980-1989) y la primera ministra Margaret Thacher en Gran Bretaña (1979-1990). En línea con las escuelas neoliberales de pensamiento económico, el objetivo real de este “complot de los privilegiados” fue la la recomposición del poder de clase de la asociación formada por la gran corporación privada y los mandatarios financieros a través de la restauración del sistema redistributivo de la riqueza en beneficio de las rentas del gran capital y la demolición paralela  de las grandes conquistas históricas del socialismo y los movimientos sociales plasmadas en el Estado social y democrático de Derecho. Esta inflexión de prioridades políticas se ha traducido, en la práctica, en la revitalización, con todas sus consecuencias, de  la “sociedad de mercado”  por imposición de un modelo de Estado, el neoliberal, que se define por su función de constituir el  marco institucional adecuado para consolidar el poder de las grandes corporaciones privadas, económicas y financieras, extendiendo las áreas de negocio a los bienes públicos, devaluando los derechos laborales y garantizando un trato privilegiado al gran capital privado en perjuicio de los mecanismos de solidaridad social.

A este respecto, hay que señalar que la adhesión del gran capital y los delegados políticos de la derecha al “consenso socialdemócrata” que dio lugar, tras la desolación provocada por Segunda Guerra Mundial, al  Estado social y del Bienestar, aún invocado como modelo político en las constituciones democráticas  occidentales, no vino dictada por una reconversión de la derecha a los principios socialistas y los valores de progreso, sino a la utilidad ofrecida por el reformismo social, lo que el maestro de historiadores Joseph Fontana ha definido como “reformismo del miedo”, como pantalla para neutralizar la influencia del modelo económico-social de la URSS en las clases populares. Sin la URSS y con la crisis petrolera de 1973, que hizo disminuir las tasas de beneficio, los mandarines de la economía mundial se vieron con las manos “libres” para iniciar su contrarrevolución, fomentando golpes militares, como el de Pinochet en Chile contra la política social de Salvador Allende, “golpes financieros”, como el perpetrado en Grecia en 2015 contra el intento del Gobierno de Syriza de sustiruir las medidas de austeridad impuestas por la llamada Troika comunitaria (Comisión Europea, Banco Central Europeo y el FMI) por otras que permitieran a la economía y la sociedad griegas salir del círculo vicioso del endeudamiento público y el empobrecimiento sin fin, e imponiendo en todas partes planes de ajuste y austeridad. En este contexto se inscribe el empeño puesto por los gobiernos de José María Aznar y de Mariano Rajoy en sumir a este país en la orgía privatizadora y de recortes sociales lacrada en el proyecto neoliberal, iniciada, dicho sea de paso, por los gobiernos del PSOE. ¡Una desfachatez! (7)

A manera de conclusión: El papel central otorgado por el ideario derechista a la propiedad privada del capital supone, en la práctica, la subordinación de las instituciones políticas, sean o no representativas, a los intereses de las élites económico-financieras. En los tiempos que corren, esta subordinación se manifiesta de forma patente en la imposición progresiva del Estado neoliberal a costa del Estado social y democrático, invocado en la ley y negado en la realidad. Creo que la cosa está bien clara, de ahí el título del presente artículo. Es por ello que, frente al Estado neoliberal que la derecha está resuelta a mantener, se impone la reconstrucción y reinvención del amplísimo espacio que representa el progresismo, fundado, no sobre la propiedad capitalista, sino sobre la propiedad social, entendida como el conjunto de servicios, prestaciones y garantías proporcionadas por un Estado social, democrático, de Derecho y, cómo no, republicano.

Nota final: Parece mentira, pero es cierto. Posiblemente la sequía intelectual de la que, por lo general,  hacen gala los voceros derechistas no les permita comprender estas líneas, que constituyen el “subtexto” de lo poco que dicen, lo mucho que charlotean y el descaro con el que hacen. Pero este subtexto es fundamental para descifrar sus claves culturales. Para un estudioso de las ciencias sociales y, en particular de la historia, tiene mucho sentido leer el transfondo de, quizás, sea la frase más inteligente pronunciada en democracia por una de las cabezas que mejor representan el derechismo español, José María Aznar: “España va bien”. Ni siquiera aparece en su “libro blanco” de La Laguna. ¿Vamos a dejar que este nivel sea el que gane la batalla por la hegemonía cultural?

 

NOTAS
(1) El presente artículo incorpora enunciados propios del artículo de opinión, como siempre hago. Sin embargo se apoya en la convicción científica de que la objetividad existe y hay que reivindicarla. ¡Ojo!, no la verdad absoluta, sino la objetividad, como conocimiento social basado en la acumulación de verdades parciales obtenidas por la investigación.
(2) La defensa de la propiedad burguesa-capitalista se camufla en la formulación ambigua, establecida por la ideología liberal, del derecho a la propiedad privada, sancionado constitucionalmente, que no distingue entre la propiedad personal de los bienes de uso y la propiedad burguesa de los instrumentos de producción, distribución e intercambio, asentada en la explotación laboral y el expolio de los bienes comunes, ni tampoco entre la distinta función y tamaño de las diversas empresas individuales, algo que ha conducido a no pocas confusiones a la hora de entender el socialismo.
(3) Recordemos: el socialismo, incluyendo el comunismo, no se basa en la alegría confiscatoria del Estado sobre la propiedad privada, como muchos creen o pretenden hacer creer. Realmente, si hay un sistema confiscatorio a gran escala, éste es el capitalismo. El socialismo no pretende quitar nada a nadie, sino construir un orden social centrado en el ejercicio real y efectivo de los derechos de la ciudadanía, fruto del maridaje fundamental de la libertad y la igualdad, y no en la gran propiedad capitalista.
(4) Utilizo el término no-derecha en vez de izquierda por una razón. La ideología derechista concibe la diferencia izquierda-derecha como dos maneras de entender la gestión de los asuntos públicos con un mismo interés en la disputa del poder político. Es su forma particular de situar ambas en una misma línea donde la supuesta “virtud” está en el centro. Es algo, por otra parte, socialmente establecido. Sin embargo, al margen de circunstanciales consensos históricos, la diferencia es mucho más profunda y remiten a la propia naturaleza con la que ambas se han construido históricamente. En este sentido, no son dos maneras subjetivas de entender la realidad, sino dos planos de diferente naturaleza. Por ello, no queriendo a la derecha ni en pintura, con perdón, prefiero rehuir la metáfora “izquierda” y referirme a la no-derecha.
(5) Sobre la idea de ciudadanía social puede consultarse mi artículo Ciudadanía social y cultura del bien común en mi blog o en Público 30-Enero-2018
(6) En este marco hay que situar el papel jugado por todos esos “fabricantes de memoria” que, desde determinadas poltronas políticas y mediáticas o la difusión de supuestas “obras históricas” que priorizan el éxito comercial sobre el rigor científico en el tratamiento de la Guerra Civil y el franquismo pretenden legitimar inconfesables intereses vinculados, directa o indirectamente, a la pasada dictadura o a la simple necesidad de obtener pingües beneficios económicos. Es el caso de Pío Moa, miembro confeso del grupo terrorista GRAPO, ya disuelto, autor del impresentable panfleto Los mitos de la Guerra civil, que llega a culpabilizar de la guerra al Frente Popular.
(7) Sin duda, en el triunfo de la contrarrevolución conservadora fue determinante la metamorfosis neoliberal (derechización, en suma) de la baronía socialdemócrata europea, explicitada en la conocida como “Tercera Vía”, de la que el ex-Primer Ministro británico Tony Blair es su representante político más emblemático. Básicamente, consiste en reservar las políticas progresistas a aquellos ámbitos sociales que no requieran inversión pública. La legalización del matrimonio igualitario es un ejemplo. Este nuevo “consenso neoliberal” quedó perfectamente ilustrado en la “foto de las Azores” donde el trío de monigotes formado por Blair, el ex-Presidente estado-unidense Bush y Aznar se arrogaron, sonriendo, el derecho a decidir sobre la vida y la muerte de centenares de miles de personas en Irak, en nombre de la democracia, la suya, claro. Aún hoy, muchos esperan, en este país, que el PSOE pueda liberarse de ese lastre.