Opinion · Otras miradas

El plan de Naiara, Itziar y Carlota

Andrea Momoitio

Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Naiara, Itziar y Carlota tienen un plan. Naiara se pone siempre en el asiento del copiloto, Carlota se sienta detrás de ella. A su lado, Itziar. Cada una sabe qué tiene que hacer para protegerse y proteger a sus compañeras si pasara algo en el taxi en el que viajan. Ante el patriarcado, creatividades y resistencias. En algunas zonas del norte de México, según me cuentan unas compañeras periodistas, los conductores de los autobuses no dejan subir a las mujeres a partir de ciertas horas porque no pueden garantizar su seguridad. No encuentro ningún dato sobre esto en la red. Puede que sea una leyenda urbana o ese tipo de normas que no están publicadas en ningún lado. En cualquier caso, estremecedor y no demasiado sorprendente. En ese maravilloso país de contrastes se denuncia una violación cada hora. No resulta extraño, por tanto, que afloren las iniciativas que tratan de garantizar que lleguemos vivas a casa. Laudrive, por ejemplo, es una aplicación que proporciona transporte privado entre mujeres. En la portada de su web recogen las declaraciones de distintas usuarias y todas coinciden en que así viajan mucho más seguras.

Durante mi estancia en la Ciudad de México se han sucedido los consejos de mujeres distintas para poder viajar con algo más de tranquilidad. Entre ellos, el plan secreto de Naiara, Itziar y Carlota. “Si conduce un hombre, mejor si es mayor”; “Nunca pares un taxi en la calle. Es mejor usar las aplicaciones móviles, que son un poco más seguras aunque no lo sean del todo”; “Si puedes, lleva la ventana abierta”; “Pide que siga el recorrido que marque el GPS”; “Bajate, sin dudarlo, si tu intuición te dice que estás en peligro”; “Avisa al llegar a casa”. El puñetero y universal “Avisa al llegar a casa”, que te mantiene en tensión y te recuerda, cada día, que estás en peligro o, al menos, que las posibilidades de sufrir una agresión aumentan exponencialmente si eres una mujer. Estés donde estés y uses el medio de transporte que uses. Los vagones exclusivos para mujeres, niños y niñas también forman parte del paisaje cotidiano de la Ciudad de México desde que era Distrito Federal. Existen desde hace más de 15 años y las usuarias creen que funcionan. ‘Funcionar’, en este caso, significa que, de alguna manera, sirven para evitar que seamos agredidas continuamente por hombres. Me acerco a algunas usuarias y todas insisten: “Sí, es útil”. Eso sí, siempre se cuela alguno. “Si no arman lío, no les decimos nada. Si se sobresan, sí. Activamos la alarma”.  La medida pretende que se garanticen los Derechos Humanos de las mujeres. Ya saben, nuestro derecho a vivir una vida libre de violencia. Violencia significa que te manoseen sin tu permiso.

Este tipo de iniciativas gubernamentales para garantizar la seguridad de las mujeres en los transportes públicos tiene una característica en común: la polémica. En Bilbao, porque nadie vaya a creer que la violencia contra las mujeres es patrimonio mexicano, se ha aprobado hace poco una iniciativa que recoge la posibilidad de que las mujeres solicitemos que el autobús nos pare en cualquier lugar, que no entorpezca la circulación, dentro de su ruta habitual, durante el servicio nocturno. ¿El objetivo? Bajarnos lo más cerca posible de nuestra casa para tratar de evitar agresiones en el camino. Evitarlas en casa parece más difícil. La persona que conduce el autobús, además, está obligada a no permitir que nadie más baje en ese momento. En Bilbao, la ciudad del Guggenheim, decenas de mujeres han solicitado ya el servicio en estos meses.

El pensamiento feminista está inundando todas las disciplinas del conocimiento para tratar de lograr que las mujeres podamos vivir vidas libres de violencias. El urbanismo y la arquitectura, claro, no iban a ser excepciones. El miedo y, sobre todo, la percepción de este, interfiere, inevitablemente, en la manera en la que las mujeres nos movemos en el espacio público. En esa línea, en un reportaje publicado en este periódico sobre urbanismo feminista se aseguraba que “uno de los aspectos que más limita el uso de la ciudad por parte de las mujeres, amén de la dificultad de compaginar una vida laboral con el resto de desplazamientos que ocupan su tiempo, es la percepción de la seguridad en el entorno urbano”.  En los planteamientos feministas de organización urbana y social, el transporte público es uno de los grandes retos. Su fortalecimiento es imprescindible para la autonomía de las mujeres porque los hombres siguen siendo dueños y señores del transporte privado. Pero los problemas que presenta el transporte público siguen siendo muchos: desde la falta de seguridad, que se trata de paliar con iniciativas como las que ya he nombrado, a la necesidad de una flota de vehículos más accesibles, que permitan el transporte de personas dependientes o sillas para niños y niñas. Incentivar los medios de transporte públicos, seguros y accesibles para personas con diversidad funcional, pero también accesibles desde el punto de vista económico, son solo algunas de las inquietudes de las arquitectas y urbanistas feministas. Las ciudades se han construido para atender las necesidades de quienes las construyen y estos, hasta ahora, han sido hombres. Por eso, entre otras cosas, en la mayoría de las ciudades en las que vivimos (…) se privilegian las actividades y espacios de producción por encima de los pertenecientes al ámbito reproductivo y vinculadas a los cuidados, explicaba Gema Valencia en Pikara hace un tiempito. De momento, hay pocos ejemplos de medidas integrales.  El barrio Mariahilfer, en Viena, es uno de los más conocidos. Reconstruir el espacio público y mejorar la calidad de los transportes públicos, desde un punto de vista de género, son solo dos de los retos más urgentes que tenemos por delante. El día que lo logremos construir ciudades feministas prometo contar cuál era el plan de Naiara, Itziar y Carlota. Nos reiremos porque ya no les hará falta ponerlo en práctica.