Opinion · Otras miradas

Repita conmigo: otra comunicación política es posible

César Calderón Avellaneda

Consultor político y CEO de Redlines

La misión de la política es resolver problema. Ni comentarlos, ni entretenerlos, ni acurrucarlos dulcemente hasta que se duerman. Resolverlos.

A pesar de que parece que todos podemos estar más o menos de acuerdo con la anterior frase, cada vez más gobernantes tratan de encontrar soluciones en la comunicación y el marketing político cuando deberían hacerlo previamente en una cuidadosa planificación de su acción de gobierno, una estrategia parlamentaria sólida, y una agenda legislativa realista, es decir, en la política.

Decía Carlos Matus, uno de los pioneros de la planificación gubernamental y las ciencias de gobierno, y ministro de economía de Salvador Allende en el Chile de comienzos de los años 70 del pasado siglo que “Ningún gobierno puede ser mejor que su selección de problemas”. Y si esa selección viene determinada por prioridades comunicacionales en lugar de por un análisis riguroso de la realidad social y política nacional  a medio y largo plazo, justo esa realidad obstinadamente compleja que raramente aparece en las encuestas de opinión, y cuando lo hacen nos marca el camino contrario al que un buen gobernante debe seguir, tenemos el primer ingrediente para un desastre que terminará llegando más pronto que tarde.

Y no será un problema de comunicación, será un problema político.

Fue Zygmunt Bauman en su menos leído que  aclamado “Modernidad líquida” quien dibujó a la perfección nuestra sociedad actual, un mundo en el que todos los anclajes sólidos vividos por nuestros padres, desde los gobiernos a los sindicatos, desde las factorías a las relaciones de pareja, desde las  dominio empresario-trabajador hasta el mismo capitalismo sólido de cadena de producción se han desvanecido y han dado paso a un mundo más inmediato, precario, provisional, aturullante y sobre todo, agotador.

Un nuevo y más cruel panóptico Benthamiano en el que nos hemos desnudado voluntariamente ante un gran hermano global en aras de una transparencia mal entendida y peor ejecutada, y en el que captar unos segundos la atención del ciudadano se ha vuelto una competición salvaje en la que se han roto todas las normas y se permiten todo tipo de atajos.

Se nos presenta al nuevo ciudadano, especialmente a los integrantes de las generaciones “Millennial” y Z como entes desideologizados, presos de una atención limitada y mutante, poco fiel a marcas, ideas, y envoltorios, y profundamente individualista.

Así, gobiernos y partidos, candidatos y líderes compiten en esa sangrienta y nueva economía de la atención confundiendo comunicación, marketing y estrategias políticas, abandonando su rol transformador y presentándose de forma blanda y “cool” ante estos votantes. Una carrera que ni el hamster más veloz podría ganar.

Hace unos cuantos años, no demasiados, el reto de la comunicación política consistía  en explicar de forma simple acciones políticas complejas. Ahora la cosa se ha invertido, ya que pareciera que  el nuevo marketing político consistiese en explicar con medios técnicamente complejos, decisiones y políticas dramáticamente simples. Incluso burdas.

Nada de esto es baladí ya que la comunicación que ejercen los gobiernos y los políticos va a determinar el tipo de sociedad hacia la que nos movemos, una basada en la inmediatez irreflexiva y epatante de fuegos de artificio de brillantes colores pero sin contenido alguno u otra que promueva el debate social transformador, integrando cada vez a más actores en el mismo.

O lo que es lo mismo, un marketing político que explique las decisiones y fomente los debates u otro que, como los lotófagos de la Odisea, solo sirva para adormecer conciencias y difuminar carencias políticas, de relato y de proyecto… o de liderazgo.