Opinion · Otras miradas

Si yo fuera tertuliano

La primera y última vez que participé en una tertulia política fue en 13TV.  Me aguantaron unos meses (más de lo que hubiera imaginado) pero mi manera de tertulianear era tan diferente a la del resto de participantes que los volví locos y acabaron prescindiendo de mis servicios.

El malestar en la cadena de los obispos por mi presencia se manifestó de manera progresiva. El primero que puso el grito en el cielo fue Hermann Tertsch, quien fuera de quicio por una foto que había colgado yo en redes (brazo en alto, delante de su portal, para ilustrar mi guía turística El Madrid de los Fachas), planteó un ultimátum al director: si no me ponían en la calle de manera inmediata, sería él quien abandonara la cadena. El ultimátum no le fue aceptado y tuvo que marcharse al día siguiente.

El moderador del espacio, Antonio Jiménez Rico, también empezó a hacer cosas rarunas por aquel entonces, como por ejemplo, excluirme del turno de palabra desde la primera intervención. Lejos de rebelarme y protestar, acepté con humor esta condena al silencio, e incluso saqué pecho, pues al estar en la tele de los obispos, empecé a sentirme importante, como el teólogo de la liberación Leonardo Boff, al que Juan Pablo II ordenó que cerrara la boca sine die. Recuerdo que una noche llegué a tuitear desde el propio plató, proclamando muy ufano que aceptaba el reto de ser el primer tertuliano de la historia en no decir ni mu durante todo un debate y cobrar por ello. Los incondicionales de aquel linchadero incendiaron Twitter exigiendo mi cabeza, por jeta. Pero ¿qué podía hacer yo, si ni siquiera el responsable del espacio me concedía la palabra?

Pocas semanas después, un obispo particularmente belicoso acorraló al director de la emisora y, supongo que bajo amenaza de excomunión, logró que me pusieran en la calle.

El avispado lector de Público ya habrá intuido mi manera de tertulianear: jamás me peleaba por el uso de la palabra. Harto de escuchar en otros programas el famoso «déjame terminar, que yo no te he interrumpido», con el que se llenan de contenido la mayoría de las tertulias, yo renunciaba gustoso a mi verbo florido y le espetaba al cavernícola de turno: «sí, perdona, termínatela», como dando a entender que el argumento que había dejado a medias no era más que una paja mental, o dicho de manera menos pedestre, un desiderátum.

En los años 80 hubo un programa en La2 de TVE llamado Si yo fuera presidente en el que el presentador, Fernando García Tola, planteaba las medidas que, según los telespectadores, debía adoptar el recién estrenado gobierno de Felipe González. Si yo fuera tertuliano (es decir, si volviera a serlo) no perdería ni un segundo en contraponer a los míos los argumentos concretos del intoxicador de turno, sino que concentraría todo mi esfuerzo en mostrarle al público, con fines didácticos, las distintas técnicas (las famosas falacias, denunciadas por Aristóteles en su Refutaciones Sofísticas) con las que los pistoleros a sueldo de empresas y partidos engañan a la opinión pública. Ni todas las opiniones son respetables, ni la democracia consiste en que tu ignorancia es tan válida como mi conocimiento.

Estas son las tres técnicas más habituales para confundir al espectador. Como dice la socorrida Wikipedia (que la dimitida Carmen Montón conoce tan a fondo), «en ocasiones las falacias pueden ser muy sutiles y persuasivas, por lo que se debe poner mucha atención para detectarlas».

  1. Falacia ad hominem. La tuve que padecer hace poco por boca de una cavernícola que intentaba demoler mis críticas a Máxim Huerta con el argumento de que yo le tenía envidia. «Tú querías ser ministro de cultura y respiras por la herida».  No sé de donde había sacado esta buena mujer la idea de que yo quería ser ministro, tal vez pensó que todos los Máximos de este mundo aspiramos a portar una cartera. Sea como fuere, le resultaba más fácil desacreditarme a mí que a mi argumento de que Huerta había aceptado ser Ministro solo para petardear todo el santo día de cóctel en cóctel. El problema de la falacia ad hominem es que aunque yo hubiera sido el «culo veo, culo quiero» que esta señora afirmaba que era, mi crítica hubiera sido igualmente válida: Máxim Huerta duró siete días en el cargo y dedicó cuatro de ellos a exhibirse en fiestas e inauguraciones. La cultura para él era exhibirse en la tele.
  2. Falacia post hoc, ergo propter hoc (después de, luego a causa de). Dos hechos consecutivos en el tiempo, pero que no están relacionados causalmente, se muestran en clave de causa y efecto. Cuando tras mi famoso incidente en Onda Cero con Antonio Naranjo, yo no respondí en Twitter a sus acusaciones de que le había pegado, la caverna dijo que «el que calla otorga». Lo cierto es que si no dije nada fue porque estaba preparando una demanda civil contra él por intromisión en mi honor, con la que lo convertí en zumo en la Audiencia de Madrid.
  3. Falacia del hombre de paja, también llamada Falacia Marhuenda, por ser el Director de La Razón quien le ha devuelto todo su esplendor. «Rajoy malo, Rajoy Jack el Destripador» solía decir el periodista, reduciendo la crítica de su adversario a una parodia, porque le es más fácil atacar al ridículo hombre de paja que crea como señuelo («Rajoy es un asesino en serie») que al verdadero argumento: el PP ha partido este país por la mitad, al crear una brecha insuperable entre ricos y pobres, entre independentistas y autonomistas.

Ninguna tertulia paga lo suficiente para aguantar a tanta lumbrera, pero debo reconocer que hay algunas que sirven un catering cojonudo. Como estoy convencido de que después de este artículo me lloverán las ofertas, me voy corriendo a comprar un par de táperes: no sabe el lector lo que alivia el presupuesto familiar lo de poder cenar de gorra un par de noches por semana.