Opinion · Otras miradas

Contra el frentismo

Nunca es tarde si la dicha es buena, y probablemente haga ya demasiado tiempo que la situación política y social en Cataluña requiere de un giro importante para huir del frentismo que parece que poco a poco va instalándose en determinados sectores, a uno y otro lado del espectro político. Las últimas polémicas sobre los lazos amarillos y la actitud irresponsable de determinados líderes, particularmente de Ciudadanos, no hace más que incrementar la tensión, ya de por sí destacada, que hace tiempo que se vive en nuestras instituciones y fuera de ellas. Por ello cada uno de nosotros debemos aportar humildemente nuestro pequeño grano de arena en pos de la concordia y como rechazo categórico a la estrategia del frentismo que practican irresponsablemente determinados líderes, con especial atención al nacionalismo identitario y de derechas, catalán y español.

Algunos dirigentes han optado desde hace algún tiempo por la estrategia del “cuanto peor, mejor”, que quizá les pueda aportar determinados réditos a nivel electoral, pero que sin duda no ayuda en absoluto a calmar los ánimos y colaborar en la búsqueda de una solución que, sin pecar de ingenuos, se aventura difícil y lejana, si es que esta puede llegar a existir algún día. La batalla incruenta entre Ciudadanos y el PP por hegemonizar el espacio de la derecha nacionalista española no ayuda en absoluto a calmar los ánimos, como tampoco lo hace la estrategia de Puigdemont y sus seguidores para hegemonizar el nacionalismo catalán y dejar en evidencia a una Esquerra Republicana a la que quieren presentar como traidora a la causa independentista, con el indisimulado objetivo de ocupar el máximo de su espacio político y electoral.

Pero hay brotes verdes. Las recientes declaraciones de políticos como Oriol Junqueras (desde la cárcel, no lo olvidemos), Joan Tardà o Gabriel Rufián creo que no deben caer en saco roto. El primero hacía hace unos días un llamamiento a superar la política de frentes, el segundo afirmó recientemente que resulta estúpido pretender imponer la independencia al 50% que no la quiere, mientras que el tercero abogaba directamente por pinchar la burbuja del “independentismo mágico” en una entrevista en un programa de TV3. Declaraciones que no provienen de dirigentes de los Comuns o del PSC, sino de miembros de ERC.

El primer paso que hay que dar imprescindiblemente es asumir la realidad tal y como es. Por eso sorprende que todo un President de la Generalitat como Quim Torra afirme que se niega a aceptar que los independentistas no tienen la mayoría social. Si no se asume la realidad, será absolutamente imposible intentar cambiarla. De forma democrática, claro está. Porque también es necesario poner de relieve el proceso de desdemocratización que se ha producido en determinadas visiones y actuaciones del independentismo.

Un segundo paso consistiría en esforzarnos por empatizar con quien no piensa como nosotros. Cierto es que factores como el sentimiento y la identidad juegan un papel fundamental y eso dificulta el entendimiento, pero hay que comprender que ni todos los independentistas son unos golpistas, ni todos los que no quieren la independencia son unos fascistas, permítanme el simplismo. Porque hay que tenerlo en cuenta, es un error presentar el conflicto político catalán de forma maniquea. No lo es, como casi nada en política. ¿Porque estamos hablando de un tema político que requiere de una solución política, verdad?

Indudablemente la solución nunca podrá llegar de la mano de quienes agitan el enfrentamiento, porque en su fuero interno no desean el acuerdo ni la distensión. Su alimento es la acritud. Pero hay que tener en cuenta que en todos los espacios políticos existen personas que pueden actuar como puentes en el diálogo imprescindible. En todos, estoy seguro. El problema es que en determinados sectores se imponen las voces del frentismo y quien se atreva a contradecirlas correrá el riesgo de ser tildado de traidor, una palabra de la que se ha abusado y se abusa imprudentemente en los últimos tiempos. Resultará fundamental en este diálogo el papel de personas cuyos entornos están formados por gentes con posiciones diferentes e incluso encontradas con respecto al conflicto catalán. Quien vive en una burbuja donde parece que todo el mundo es independentista o todo lo contrario (familia, amistades, medios de comunicación, redes sociales) seguramente tendrá muchas más dificultades para ayudar en este asunto que quien vive en un entorno más representativo de la realidad social catalana. Por eso es tan importante el papel de estas personas “puente”, porque tienen un conocimiento más realista de la sociedad. Mucho me temo que algunos líderes del frentismo no lo tienen, a tenor de sus declaraciones y estrategias. Viven en una burbuja y eso no ayuda.

Opino que también resultará fundamental que todo el mundo asuma sus errores: quienes optaron por la estrategia de la unilateralidad y quienes pensaron que el inmovilismo y la judicialización de la política eran la solución. Nadie tiene que renunciar a sus reivindicaciones, simplemente se debe ser honesto y asumir responsabilidades y errores, con el compromiso firme de no engañar a la sociedad a la que se pretende representar. No es mi intención entrar en reproches, pero creo que es de justicia recordar que algunos líderes que ahora abogan por huir del frentismo lo alimentaron tiempo atrás, y de forma vehemente y con responsabilidades de gobierno. Pero como dije antes, nunca es tarde si la dicha es buena.

Hay un elemento clave, y es el de los líderes que se encuentran en prisión preventiva, una prisión preventiva a todas luces desproporcionada e injusta, que condiciona de forma sustantiva la búsqueda del diálogo. Con estas personas fuera de la cárcel todo sería más fácil. Existe además la previsión de que las penas que se les impongan dentro de unos meses sean ejemplarizantes y tengan un aire vengativo y aleccionador, pero son muchos los juristas (también no independentistas) que afirman que la acusación de rebelión no es posible de sostener de ninguna de las maneras. Lo cierto es que resulta difícil de entender que los acontecimientos del otoño del año pasado encajen con lo que sería un “alzamiento violento y público”.

Antonio Gramsci hablaba del pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Estos últimos años ha sido el primero quien ha ocupado fundamentalmente mis pensamientos con respecto al conflicto catalán, pero hoy quiero ser optimista. Quiero pensar en el acuerdo, y por ello creo que este diálogo que aún se halla en una fase incipiente debe servir para iniciar un camino lleno de obstáculos y dificultades, pero que puede desembocar en algo que sirva para pactar el desacuerdo, la única opción que veo factible. Porque todo el mundo deberá hacer concesiones, como pasa en toda negociación. ¿Obstáculos? Muchos: el mensaje frentista es atractivo para (por desgracia) importantes capas de nuestra sociedad y la competición electoral siempre está a la vista, y ello lo contamina absolutamente todo.

Acabo con un ruego y una petición. El ruego: todos aquellos que huimos del frentismo tenemos que poner nuestro granito de arena a la hora de tender puentes, en la medida de nuestras posibilidades. Se me ocurre básicamente una manera: hablando con las personas de nuestro entorno, especialmente si no tienen la misma visión que nosotros. Hablando. La petición va dirigida a nuestros líderes políticos: sean imaginativos, dialoguen y huyan del frentismo. Es su obligación, gánense el sueldo. Perdonen mi ingenuidad, pero no tenemos más remedio que ser un poco ingenuos y trabajar por el acuerdo. Es ya demasiado el tiempo de ruido y furia que hay a nuestras espaldas.