Opinion · Otras miradas

Nación Charnega: esperanza de cambio

Noelia Bail

Candidata a la secretaria general de Podem Catalunya

No, no soy de aquí. Soy de más allá. De esa Catalunya invisible, la que solo sale  en el Telenoticies cuando los sucesos, la Catalunya escabrosa, choni, policial, españolista… o nada. La periferia. La metropolitana, aquells

No, no soy de aquí. Desmantelaron los servicios sociales de mi pueblo cuando tocó recortar, nos pegaron cuando tocó defenderlos. Soy de más allá. De los descampados, del ladrillo visto, de los barrios de Vertix, de la sociovergencia inmobiliaria, del enchufe local hasta cobrar el paro, del pelotazo del suelo, del puñado de votos, de las cosas son como son.

No. Soy de Castelldefels. Del barrio de Vista Alegre. De sus toldos y bancos, del sol de mañana,  de los prejubilados echando la lotería, de las jóvenes echando currículos en las tiendas de franquicia. Soy de más allá. De todos lados. Del hambre y la miseria. De las historias del sur que se oyeron aquellas noches verano de la infancia sin vacaciones. Jornaleros sin nada, perdedores de guerras, de casas-cuevas, de Guadix, de barrancos en Benalúa, de abuelas huérfanas trabajando en la fábrica del azúcar. Mano de obra barata para ilustres industriales catalanes. Millones, dóciles, callados, hechos a trabajar y a obedecer. Ellos, lo que no “habían ganado la guerra”  de Esther Tusquets.

Una vez pregunté a mi abuelo por qué no quería volver, aunque fuera una vez, a ver, a visitar su pueblo, sus casas-cueva,  su sierra, su gente, su juventud…. “Allí no me queda nada”, respondió.

Yo no, no soy de aquí. De la locomotora industrial. Del mercado estatal, de la subvención y el colega en el ministerio. Del estándar europeo y el modelo de negocio. Soy de más allá. De la abuela que no aprendió catalán, “para limpiar pisos no hace falta”, del abuelo operario de la Rocalla, “eso es para los de las corbatas, aquí se viene a trabajar”.

Yo no soy de aquí. O sí. De aquí y de más allá. De los barracones para charnegos del Baix Llobregat. De las madres que pedían en castellano que enseñaran más catalán a sus hijas. Del bilingüismo separador, de la discriminación cultural. De la adolescencia en el Vendrell, de aprender a querer en dos idiomas, de Cris y Raquel en castellano, de Alex y Sergi en catalán. De empezar a entenderme a mí misma, de la Terra Baixa de Guimerà, de empezar a quererme a mí misma, del el cant dels ocells de Pau Casals. Del abrigo heredado, del transporte público Monh, del libro de tercera mano, del orgullo porque alguien de la familia hubiera llegado a la universidad.

Soy de más allá. De las calles, las plazas, las manos, la libertad. De la fuerza que no sabíamos que teníamos. De los desalojos, los golpes, las carreras. Enlazados los codos con la sonrisa de alguien desconocido, paisanos del futuro, de la dignidad. Crecimos, hablamos, nos reconocimos, vimos el miedo arrugando sus trajes, arrugando sus guardaespaldas, arrugando sus helicópteros… volvíamos al barrio discutiendo estrategias, libros, primaveras y leyes.

No, no soy de aquí. O sí. O qué más da. Nos acorralaron a base de banderas, nos hicieron escoger bando. Había que pegarse por ellos.  Por unos o por otros. Tenías que ser una buena española. Tenías que ser una buena catalana. Unos u otros. Había que pegarse por ellos, por los que al final te habían pegado, por los que al final te iban a pegar. Dio igual. Nos dividieron. Explicábamos a los de allí que las cosas no eran así aquí. Explicábamos a los de aquí que las cosas no eran así allá. Al final volvimos a donde siempre, mano de obra para llenar las plazas, con el desprecio de ambas partes, tan parecido, tan profundo… Por ser gente tibia, desafecta,  egoístas y equidistante, por pensar, por rapear, por tener amistades de todo tipo, por tocar las palmas y la gralla, por levantar castells, por luchar por la sanidad, por pretender hablar, por llevar un lazo, por no llevarlo, por manifestarnos, por estar en paro, por escuchar Catalunya Ràdio, por vestir mal, por ver La Sexta, por intentar votar.

No, no soy de aquí. O sí. O no da igual. De más allá. De los que vinieron. De los que nunca les parecen de fiar. De la nación que no se alista. La que les limpia en Pedralbes y en Chamartín. Mujeres con color en su piel, gente etiquetada, bolleras, gitanas, putas, sudacas, charnegas, chonis, barriobajeras… cabras al fin –ya se sabe- tirando a unas lejanas cordilleras béticas sacadas de las historias de la infancia. Andaluces del Cerro del Morro, de Armilla, de la Chanca, Andaluces de las 3000, andaluces de tantos y tantos sitios. Andaluces de Parla, de Carabanchel, andaluces del Baix Llobregat, andaluces de aquí y de allá.

Aprendimos a ser de otro sitio. Aprendimos a desconfiar. A saber que nadie lucha por ti. A ser diferentes. A luchar juntas por las que no pueden luchar. Aprendimos a defendernos y querernos, a vender el miedo al futuro, al dedo acusador, a los focos, al olvido, a los uniformes, a las cartas que llegan con multas, a -tantas veces- no poder más.

No somos de aquí, nos trajo la miseria y el miedo, la guerra, la esperanza, la luz en los ojos de las madres mirando sus hijas. Nos trajeron a trabajar. Pero sí. No nos vamos a ir. Porque somos de aquí y de todas partes, de la esperanza, de la lucha, de la palabra, de la ayuda mutua. Andaluzas de Granada, de Madrid, de Valencia, de Aragón. Andaluces gallegos, andaluces murcianos, castellanos, extremeños, valencianos. Andaluzas traídas de Rumania, de Nigeria, de Filipinas, de ciudades de nombres contados en las noches de verano sin vacaciones.

Nuestra bandera es la vida, la memoria y la esperanza. Y por esa bandera sí vamos a luchar.