Opinion · Otras miradas

Los veinte mil perros de Interior

José Ángel Hidalgo

Funcionario de la prisión de Estremera, periodista y escritor, autor del artículo 'Los gatos de Estremera'. En 2017 publicó la novela 'Sal en los zapatos' (editorial Verbum).

Mirad, por las cárceles del Ministerio del Interior corretean 20 mil chuchos muy mal tratados. Hablo con autoridad pulgosa, con conocimiento canino de causa: soy uno de ellos, tan perro como el que más. Escuchadme, que merecerá la pena, pues siento dentro de mí cómo crece un rencor que me inspira y que igual me termina matando, pero que ya me está haciendo gruñir: hipo y salivo belfo abajo mientras mis ojos se encogen de rabia; pero entonces voy y me rasco tras la oreja mordida de garrapatas e inmediatamente después atrapo con la bocaza una mosca al vuelo: así es como me paso el día, disperso, sin hilar nada consecuente mientras persigo cucarachas por los módulos más penosos de Estremera donde me tienen “castigado” por escribir sobre Junqueras y el 1-0: ¿cómo no se van a reír de mí los amos de mi vida, los señores del Ministerio del Interior, cuando me acerco agitando la cola para que me lancen un hueso?

Me siento tan despreciado: qué poca autoestima nos dejan para que afrontemos nuestra vida de perro con dignidad.

Estoy enfadado y quiero contaros mi disgusto: ellos nos ignoran, preferirían pensar que no existimos, los funcionarios de prisiones, alejarse de nuestra atosigante presencia de “muchedumbre con mugre”, muy mal vestida, de nuestro olor a talego que nunca se nos va: sé de buena tinta que en sus altos despachos de Alcalá y la Castellana ponen cara de asco cuando se nos menciona, y que al hacerlo tienen un protocolo establecido: sacan rápido la caja de zapatos, ¡la famosa caja!, y comienzan a repartir las pinzas de la ropa de su interior: si se va a hablar de chuchos, es  mejor taparse la nariz.

Nosotros no entendemos bien esa actitud, porque siempre hemos saltado a su ritmo y, a pesar de los muchos palos recibidos, les solemos mover complacidos el rabo, leales; sí, queremos a todas horas mostrarles solícitos el oscuro paladar mientras les miramos con devoción verdadera: a la postre, queremos que nos quieran, que nos escuchen… pero es que no dejan ni que nos acerquemos a sus altas puertas: para eso disponen de todo un cuerpo de laceros, la temible Inspección, una cuadrilla experta en enganchar perros del pescuezo y luego apalearlos sin clemencia hasta reventarles un riñón (a veces dos), algo que al fin y al cabo es el destino natural de los chuchos callejeros, como yo.

Sí, nos ignoran: nada quieren saber de nuestras dolencias, de los ejércitos de chinches y cucarachas que prosperan felices por las cien cárceles de España; secretarios y subsecretarios, ¡directores y subdirectores generales!, no quieren siquiera que les sean mencionados las patadas, mordiscos y pinchazos que, con frecuencia intolerable, nos son propinados por los internos en el desempeño de nuestro trabajo.

Pero cómo van a querer atendernos, oír nuestras quejas, si ellos están a distancia sideral de nuestro quehacer taleguero, muy lejos del para ellos sucio Hecho Penitenciario; cómo pretendemos siquiera ir a Alcalá o a La Castellana a inquietarles, desalentados y hartos como estamos con los dementes que, a la buena de dios y por falta de unidades psiquiátricas, nos colocan en los módulos.

Ah, con lo que a mí me gustaría en el fondo gañirles dulce al oído, lamerles sus mejillas carnosas de alto funcionario mientras le traslado mi rabia por la explotación laboral reclusa gracias a la que hay lucro de unos pocos, mucho e incesante… y es que, me digo con retranca de perrazo, “con mano de obra presa, pagándoles semejante miseria, ni siquiera en la China se resistirán a esos precios”… para jodienda del empresario que, fuera de la cárcel, no tiene el cuajo de contratar en régimen de cuasi esclavitud.

Ay, si a uno solo de estos secretarios o subsecretarios, en esa intimidad acariciadora fuese también capaz de trasladarle la espantosa visión de miles de colas de pez pálido dispuestas para ser comidas, (un Brueghel de pesadilla); o hacerle vívido, casi palpable, el husmo venoso del caco que se china porque no es atendido en su pertinaz dolencia: ¿le haría recapacitar al subsecretario la visión de ese espanto púrpura (tal que una secuencia de El silencio de los corderos) y contratar “para ayer” los médicos que tanta falta hacen hoy en los penales?

Pero me advertiréis vosotros, lectores avisados, eh, so chucho, que sí que os reciben en los altos despachos de Alcalá, sí que os rascan en la barriga: y es cierto, no lo niego: nos reciben y rascan, vaya, pero después de haberse conjurado para mofarse bien a nuestra costa.

Lo sé, lo oí la semana pasada colocando mi oreja sabuesa tras la puerta de un despacho principal: allí pude escuchar, descorazonado, cómo acordaron secretarios y subsecretarios escarnecernos sin misericordia lanzándonos un hueso de jamón rancio como respuesta a nuestras justas demandas; entre carcajadas, por si fuera poco, acordaron también que ese hueso (cien millones de euros) nos lo dejarían roer dos días, ni uno más: al tercero, nos lo arrebatarían con violencia de entre las fauces, sin miramiento alguno…

Así es, tal y como lo cuento: lo del hueso nos lo acaban de hacer la semana pasada, como digo, y de esa broma criminal surte este chorro de rabia canina… y también la convocatoria (unánime) de una Huelga General en todas las cárceles de España para el 24 y 26 de octubre, y 6,8, 13 y 15 de noviembre. ¡Hasta el CSIF se ha sumado!

Es que ni hueso nos dan, peor que a perros nos tratan, es verdad.

¿Cómo explicarse tal grado de desprecio y maltrato? ¿Dónde tienen la conciencia estos altísimos cargos? Respondedme con franqueza, si desde Interior nos tratan así, vosotros, ciudadanos libres, ¿cómo nos veis? ¿Quizás como la fuerza torcida con la que el Estado aherroja y sujeta, la fea jauría indispensable para someter al que con la ley tropieza? ¿Cómo nos van a respetar entonces nuestros secretarios y subsecretarios si de sobra saben que vosotros, ciudadanos libres, no lo hacéis?

¿Acaso no sabéis que en los penales de España (por paulatina dejadez administrativa)  las sombras se van apoderando de la luz?

Claro que lo sabéis, y sin embargo, toleráis esa decadencia. ¡Y luego nos detestáis a nosotros, a los que, tan solo armados con sentido común, temple y un obstinado sentido de la misericordia, hacemos de esos recintos opacos un lugar digno para la vida del recluso!

Pero fue Zoido el primero que nos colocó, y mal, en la jerarquía zoológica: por la bocaza negra de una inmensa perrera nos arrojó a los 20 mil de golpe: hala, a hozar entre la “humedad de la tierra” como describiera Miguel Hernández la cárcel; hala, a pisotear cucarachas por las cabinas de los módulos.

Literalmente, lo que declaró el ex ministro de Interior fue: “los funcionarios de prisiones son otra cosa”… y lo dijo para que no se nos mezclara con Policía y Guardia Civil, nuestros íntimos colegas de Interior, y así no soltarnos los 500 euros limpios más al mes que antes de navidad estos comenzarán a cobrarse por lo del Piolín y los porrazos del 1-O. Un ardid fino, de los de “quitarse el cráneo” (Valle Inclán): avivar la hoguera catalana con el fuelle de su salario: toma estrategia sindical.

Pero el miserable (político) Zoido ya es historia: cambió el Gobierno, y, oh, canina decepción, ¡fue del nuevo gabinete de donde surgió la idea de darnos y quitarnos el hueso de jamón de entre los dientes!

No hay perro que se lo pueda creer. Ah, el ministro Marlaska y nuestro secretario general, Ortiz… ¿cómo es posible que este insulto nos haya venido de ellos? ¿Es que solo recitan lo escrito por Concha Arenal y Victoria Kent en actos de reivindicación feminista? ¿Querrán que la “humedad” de la que hablaba Miguel Hernández (muerto de tifus en una cárcel de Franco), vuelva a adueñarse de los penales?

Y si a Valtónic, poeta rapero condenado como Hernández por su verbo libre, al fin se le trae a España, ¿no podría enfermar de bronquitis, tuberculosis, ser picado de chinches? Y si no es atendido como debiera en su dolencia (no hay médico de servicio por la noche) ¿tendría derecho a ponerse en huelga de hambre sin sufrir por ello persecución del aprendiz de brujo que dirija el penal donde haya sido ingresado, aunque le dé la razón en un auto el Juez de Vigilancia tras su recurso? ¿No habría que revisar la ley que permite acumular tanto poder a esos malos magos, esos que con feroz arbitrariedad deciden sobre la vida de presos y funcionarios?

Ay Valtonic… ¿Llegarías a cortarte las venas? Pero tranquilo, que para eso estamos nosotros entonces, la valiente panda de canelos, para entrar en tu celda cubierta con un manto escarlata y reducirte, poeta, para que no atentes contra tu vida, contra el cemento, contra el universo opaco que tras la reja te desquicia porque permanece mudo.

Día a día se reduce la distancia entre Miguel Hernández y Valtónic, ya os lo digo yo. Mejor no vuelvas de Bélgica, chaval: en este corralón de España no se valora el arte: aquí las letras son “colorín, pingajo y hambre” (Valle Inclán, otra vez).

Mientras cuatro cárceles en desuso se están dedicando a la memoria “húmeda” del franquismo (Público, 6 de Octubre) el Hecho Penitenciario real, las cien cárceles “vivas”, ¿no están siendo hoy mismo la plasmación rediviva de aquel periodo infame con una plétora de hechos injustos fermentados poco a poco por el abandono institucional? ¿Para eso estamos los 20 mil perros, para parchear con nuestra sangre, nuestro asco y autoestima la incuria de los que gobiernan los penales desde la calle Alcalá?

¿Por qué tengo que verme obligado a hablar así, mostrando el colmillo sucio, con exacerbación rabiosa de los términos de una realidad ya denunciada? ¿Es acaso la única manera de que todos vosotros, ciudadanos libres, hagáis oreja?

Ah, el Hecho Penitenciario, qué inquietante es. Un cosmos convulso de sutil belleza, agitado de violencia y cegadores brotes de misericordia: así lo quise describir en mi libro, Sal en los zapatos… y no me ha molestado por ello la Inspección a pesar, por ejemplo, de que su protagonista incita a los presos a que incendien la fábrica del penal (Estremera, seguramente): tal es el desprecio con el que se nos trata, la risa que les dan hasta los libros que escribimos.

La paradoja es que sí me echaron el lazo los inspectores por mi artículo Los gatos de Estremera, donde cuento mi vergüenza política (que sigue viva, al igual que el expediente disciplinario que me abrieron) por el encarcelamiento de Junqueras y demás ex consellers: esa vergüenza que ahora, transcurrido un año, se pisan tantos por declarar… en público. En fin, que maldito sea quien concibiera un mundo con pulgas engordando dentro. Gracias por leerme otra vez.