Opinion · Otras miradas

Pillando, que es gerundio

Me entero por la prensa de que la diputada Irene Lozano ha pillado. Pedro Sánchez le ha encomendado que se haga cargo de la Marca España, ahora con rango de Secretaría de Estado. Hay varias razones por las que pienso que Lozano, a la que admiro y con la que he escrito incluso un libro al alimón (Conversación con Irene Lozano, Ed. Turpial), se va a ganar a pulso el sueldo público que lleva aparejado su nuevo cometido. Aún a riesgo de parecer un abyecto pelota, mencionaré algunas de ellas: es inteligente y trabajadora, discreta cual monja de clausura, sus tragaderas políticas tienen un límite, siempre ha demostrado más iniciativa que sus propios jefes y va a depender de José Borrell, el ministro más sólido del gabinete.

Irene Lozano y Máximo Pradera, en la presentación de su libro de conversaciones.
Irene Lozano y Máximo Pradera, en la presentación de su libro de conversaciones.

Su nombramiento me llena pues de odgullo y satigsfación, y me proporciona además el regocijo extra de ver retorcerse de rabia a Rosa Díez, la Clitemnestra que la alumbró como animal político en UPyD y que terminó enfrentada a muerte con una Electra que le había salido respondona. ¿Hace falta recordar que la Hidra de Sodupe calificó en 2015 de «deplorable» su integración en las listas del PSOE como independiente y la acusó de tránsfuga y vendida? También sonará como música celestial en mis oídos el impotente reconcome de La Sultana de Despeñaperros, que en su día se despachó a gusto contra Lozano, acusándola de haber insultado a los andaluces, cuando lo único que había hecho esta belicosa parlamentaria había sido denunciar el putrefacto putiferio que ha corrompido la Junta hasta sus cimientos.

Tan atinados me parecen los últimos independientes fichados por Pedro Sánchez (Fernando Garea en la agencia EFE, Luis García Montero en el Instituto Cervantes) como mi no–nombramiento, que ya se me antoja definitivo. Los socialistas estuvieron a punto de cometer la insensatez de reclutarme en 2004, cuando después de haberle regalado a ZP el lema con el que concurrió a las elecciones, «Merecemos una España mejor», Moncloa consideró que debían agradecerme los servicios prestados. En verano de ese año fui convocado por el entonces Secretario de Estado de Comunicación, Miguel Barroso, con quien mantuve una delirante conversación en su oficina.

–Queda ya muy poco – me dijo, como si se hubiera producido en los meses previos una frenética carrera de Oklahoma para agotar las sinecuras públicas –, pero algo queda. ¿Te interesa el programa de Garci? Nos lo vamos a cepillar por vendido y tú sabes mucho de cine.
–¡Apúntame! – dije entusiasmado.
–Creemos –continuó Barroso –que tampoco le harías ascos a un puesto en la Embajada de Washington, para el que no hace falta ser diplomático. Es una especie de asesoría de prensa que se inventó Alfonso Guerra para compensar a Helga Soto por el hecho de que Felipe la hubiera enviado al ostracismo.
–¿Y no pueden ser las dos cosas a la vez? – pregunté yo cada vez más ávido de momios y canonjías, transpirando de codicia como un conquistador español frente a El Dorado.

Barroso mencionó algún que otro chollo más, pero alguien debió de alertarle sobre mi falta de discreción (soy de los que traicionaría por Twitter, cada viernes, las deliberaciones del Consejo de Ministros) y mi irreverencia con el poder (capaz me veo de ensalzar en público las manos del Presidente, en plan sarcástico, durante una visita de Estado, en plan «huy, sí, que bonitaaas y qué suaveees ¿eh?») y nunca más volví a saber nada de nadie, durante los ocho años de zapateril legislatura.

En 2011, engañé a Rubalcaba y Valenciano para que me ficharan como consultor político externo, a cambio de una modesta contraprestación económica. El resultado fue que el PSOE perdió las elecciones por el resultado más abultado de su historia.

Y sin embargo, corren tiempos tan locos y convulsos, que a veces pienso si no quedará algún zumbado en La Moncloa que todavía piense que yo podría ser útil al proyecto socialista. Alguien tan insensato como para ofrecerme, sin ir más lejos, el trabajo que más ansío: llevar la cuenta de Twitter del Presidente. Ya tengo redactado hasta mi tuit inaugural:

«Estos son los pies de mi Pedrito, con los que va pisando todos los charcos en los que se puede meter un político: Franco, a la Almudena, las bombas de matar yemeníes, a Arabia Saudí, y como no me gustan las preguntas de la prensa, que la UE limite su libertad de expresión»

Y aún me sobran ocho caracteres. ¿Qué tal?