Opinion · Otras miradas

Un lenguaje político para conquistarlos a todos

Rubén Sánchez Medero

Profesor de Ciencia Política, Universidad Carlos III

Piense en la palabra más compleja que conozca. ¿Ya la tiene? Seguramente, la palabra que ha elegido es una de esas largas, esdrújula o sobreesdrújula; una cuyo significado hay que buscar en el diccionario de la RAE y que en escasas ocasiones emplea. Responda ahora: ¿Es usted político? Si lo es, olvide su palabra elegida: nunca podrá pronunciarla en público.

Desde el inicio de la política parlamentaria hasta nuestros días, existe una relación inversa entre la complejidad del lenguaje político y el volumen de la audiencia. A medida que el sufragio universal se extendía el lenguaje se vulgarizaba. Pero esto no solo tiene que ver con el paulatino abandono de la democracia censitaria; esta democracia elitista tenía un enemigo más poderoso que los movimientos obreros: los medios de comunicación de masas.

En la política censitaria, el carácter aristocrático de los políticos no solo presuponía un mayor conocimiento de éstos sobre los asuntos públicos. Es cierto que la formación de las clases acomodadas, en principio, las hacia más aptas para gestionar los designios de la nación. Pero esta no era su cualidad más destacada. Estos ciudadanos disfrutaban de un privilegio mucho más escaso: disponían del tiempo necesario para poder dedicarse a la política.

Tiempo para la política

Informarse, reflexionar, formarse, debatir, deliberar… Estas actividades inherentes a la política requieren de un tiempo que pocos poseían entonces. Esta actividad reservada a un grupo selecto permitió que se mantuviera el carácter elitista del lenguaje político. Bien formados y con tiempo, los miembros de la clase política podían mantener sesudos debates cuya terminología escapaba al entendimiento de la mayoría. Un escenario propicio para la prensa elitista, un modelo periodístico de escasa circulación pero con alta influencia en las esferas de poder.

Fueron muchos los teóricos y políticos liberales que pronto advirtieron el peligro que los medios de masas suponían para la política, pues favorecían al más popular por encima del más apto. Una pesadilla aristocrática que fue consolidándose a medida que los concursos de popularidad se extendían. Los políticos, esos seres tan extraordinariamente capacitados, veían cómo unos neófitos con más fama que mérito les sustituían. Este relevo traía consigo un nuevo lenguaje en el que era más importante acertar con la palabra adecuada que conocer su significado.

Con la implantación del sufragio universal y la irrupción de los movimientos obreros y la prensa de partido, el lenguaje político cambió de nuevo. No solo se actualizó su campo léxico con palabras antes nunca pronunciadas que dotaron de nuevos significados a la política. También se simplificó su contenido. La menor formación de los obreros y el poco tiempo del que disponían no permitían la deliberación política demasiado compleja en fondo y forma. Por eso, los partidos obreros contaban con un buen número de militantes que traducían la realidad a sus votantes. Un trabajo que remataba la prensa de partido, que reducía el alambicado lenguaje de la elite a unos términos más comprensibles que no requiriesen de una compleja reflexión que, a su vez, exigía un tiempo del que no disponían.

Superada la prensa de elite y de partido, los medios de comunicación tomaron el control de la producción de información. El lenguaje periodístico impregnó todo tipo de actividad y la política no fue una excepción. Esta presencia aumentó con la llegada de dos nuevos medios de comunicación: la radio y, más tarde, la todopoderosa televisión. Todo un reto para la política, que tuvo que adaptarse al nuevo lenguaje: el audiovisual. Esos viejos políticos de sesudos y aburridos discursos se enfrentaron al reto de entretener. No hay que olvidar que la televisión no se pensó como un medio de información, sino de entretenimiento… CNN mediante.

La construcción del marco

Contrariamente a lo que cabría esperar, el aumento de los niveles de educación y conocimiento de los ciudadanos no trajo consigo una mejora del lenguaje político. Y no solo por la distancia que separaba a las democracias representativas de aquellas elites liberales. En este modelo participativo más formal que reflexivo, el lenguaje político queda en manos de unos pocos actores políticos, principalmente los medios de comunicación. Éstos dictan las normas que debe seguir la política: breve, ágil, espectacular y entretenida.

La construcción del discurso político, el lenguaje y significados con los que se define a cada uno de los issues, no es un tema baladí. La constante fricción entre los medios y los políticos por su control es una buena muestra de su importancia; una competición a la que en la última década se han unido los ciudadanos mediante lo que Cosenza llama mediactivismo.

Sin recurrir a la reinterpretación de Gramsci o los análisis de Laclau y Mouffe (siempre olvidamos a los Lau, Entman, Edelman… ¡por no hablar de Foucault!), el lenguaje define una visión de la realidad. Aquello de lo que usted tiene noticia, incluso aquello que busca intencionadamente en internet, le condena a pensar como lo hace. La comunicación es una sofisticada maquinaria creativa capaz de producir las palabras exactas que apuntalen su visión del mundo; de provocar un refuerzo de sus ideas y posiciones que, casi inevitablemente, perpetuarán su comportamiento político.

Piense nuevamente y trate de dilucidar las diferencias entre los siguientes pares de términos: maternidad subrogada y vientre de alquiler; cambio climático y calentamiento global; prostitución y violencia contra la mujer; independencia y secesión; rebaja de impuestos y bonificación fiscal; racionalización del gasto y austeridad.

Seguramente ha pensado que la mayor parte de estos pares hacen referencia a un mismo hecho. ¿He acertado? También es posible que crea más precisa una de las dos formas para definir esa realidad. Muy probablemente he acertado de nuevo. No es un truco ni es usted tan predecible, es solo que ha adoptado un marco como propio.

Los marcos son los significados que atribuye a un término, a un concepto; todo aquello que le evoca. Son producto de un proceso lento y progresivo, de carácter acumulativo, que su cerebro completa a lo largo de su vida. Una tupida red de significados que construyen una serie de campos semánticos que le dicen cómo se define cada una de las palabras que percibe, también las políticas. Tenga en cuenta que para determinar el significado de un issue político no es basta con el diccionario de la Real Academia.

Estas redes de significados, obviamente, no son el resultado de una casualidad sino de una causalidad: es fruto de la imposición de la visión de la realidad de un actor político frente a otro. Se trata de la construcción de una hegemonía discursiva, en términos más gramscianos, a la que contribuyen notablemente los medios de comunicación (mucho más que los políticos). Una guía para que los ciudadanos adecuen su comportamiento a lo que se espera de ellos, y que mediatiza todo aquello por lo que debemos alegrarnos, indignarnos, conformarnos…

Nuestro placentero refuerzo

¿Estamos atrapados en estos marcos? La persistencia de estos esquemas mentales no solo depende del lenguaje que utilizan los políticos y, principalmente, los medios. A pesar de la potencia expresiva de la televisión y de la repetida letanía de los políticos, algunos autores como Lakoff (o el propio Gramsci) han simplificado el método para escapar de ellos: el conflicto.

El único medio para construir el discurso político es el conflicto, entendido como la fricción entre los distintos actores políticos que intentan imponer un concepto o introducir un nuevo significado a uno existente. Esto provoca una elaboración y reelaboración permanente del discurso político y, por tanto, la quiebra de hegemonía que determina la realidad política.

Se trata de un proceso de construcción en el que ahora, gracias a los medios y canales no convencionales, acuden los ciudadanos. Ya sea de manera individual o colectiva, también lo hacen mediante el conflicto. Sin adoptar como propios los significados del otro y tratando de redefinir los marcos. En esta tarea son esenciales los nuevos espacios menos institucionalizados y controlados que, a su vez, se ven incapaces de amortiguar completamente el poder y la potencia de propagación de los medios convencionales.

En este punto llegamos nuevamente al origen. ¿Dedica mucho tiempo a la información y deliberación política? ¿Dispone de ese tiempo? Quizás podría tener más tiempo si lo piensa bien, pero, ¿tiene el suficiente interés para encontrarlo? Seguramente no, y ese el problema. Otras muchas cosas de su día a día requieren mayor atención y, seguramente, sean más satisfactorias que la política.

Sin embargo, la construcción de un lenguaje político más complejo requiere de tiempo e interés. Y cuando hablamos de lenguaje estamos hablando de la realidad política. Esa que en gran medida determina su comportamiento político.

Es necesario acudir a distintas fuentes, confrontar visiones, completar informaciones, reflexionar… revisar los significados que almacenamos en nuestro cerebro. Solo de este modo, cuando percibamos la realidad que nos rodea, que no es otra que la que nos revelan, sabremos cómo actuar. Un esfuerzo que no solo requiere una gran inversión de tiempo, también hay que estar preparados para lo incómodo que puede ser. ¿Estamos dispuestos a cambiar de opinión? Aceptar que uno puede estar equivocado siempre es difícil.

Piense nuevamente. ¿Cuántos medios y canales distintos emplea para informarse y recabar opiniones políticas? ¿Sus contenidos difieren mucho de sus opiniones actuales y pasadas? ¿Qué autores lee para obtener claves que le ayuden a entender mejor la realidad política? ¿El enfoque de esos autores difieren mucho de sus opiniones y de los medios que habitualmente consulta? Podríamos arriesgarnos, y lo haremos.

Probablemente usted se encuentra cómodamente atrapado en un circuito informativo. Aunque se considera una persona bien informada, y lo está, solo percibe una parte de la realidad. Ello se debe a una rutina que se inicia desde el comienzo del día con alguna tertulia radiofónica de fondo, la consulta de los titulares en una app de su móvil y un mal gesto si los otros han metido un gol a los suyos. A lo largo del día su cerebro procesa todo tipo de estímulos, que acepta y rechaza en función de sus posiciones previas. Un sesgo suficientemente estudiado y que se conoce como disonancia cognitiva.

Además de la vulgarización del lenguaje político, la red de significados, el permanente conflicto entre las fuerzas hegemónicas, etc., su cerebro le tenía preparada otra trampa. En la lucha entre lo racional y emocional, no se equivoque: su cerebro prefiere ahorrar tiempo y esfuerzos. Por ello, en vez de someter a juicio cada uno de los estímulos informativos que recibe, suele desechar aquellos que son contrarios. Dicho de otro modo, nuestra rutina informativa refuerza plácidamente nuestras posiciones políticas. Que nos den la razón siempre es algo satisfactorio y es difícil resistirse y evitarlo, pero no imposible.

El tiempo, ese recurso tan escaso, sigue siendo el factor más determinante para la política. Empujados por el interés, solo con un importante esfuerzo podremos escapar del lenguaje político de los nuestros y ampliar nuestro campo léxico. Únicamente realizando esta inversión conseguiremos trascender a la realidad política prefijada y decidir, de una manera más racional, si aquello que definíamos como bueno y malo lo es realmente.

Afortunadamente, hoy día no hace falta ponerse una bata de seda, abrir un buen Chardonnay y leer a la luz de la chimenea hasta caer rendido. Las fuentes de información y su circulación se han incrementado y es más sencillo que hace dos siglos poder redefinir esos marcos con los que desciframos la realidad. Aunque siempre puede estar tentado por consumir esas cómodas píldoras informativas, si ha llegado hasta aquí, más de 1600 palabras después, está en el buen camino.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

 The Conversation