Opinion · Otras miradas

La generación Lexatin

Los médicos y prospectos no aconsejan tomarlo más de doce semanas. Sin embargo, no existe un seguimiento ni un protocolo para después de transcurrido ese tiempo, dejar de recetar este tipo de droga y ofrecer alternativas. Si dejan de tomarse de golpe, surgen síntomas de abstinencia. Además, crean tolerancia, lo que implica que con la misma dosis el efecto es cada vez menor.

Estoy hablando de las benzodiacepinas, más conocidas como ansiolíticos, de las que España es líder en consumo a nivel europeo y el 12% de la población usa estos hipnosedantes, el doble que en 2005. Estas pastillas de la felicidad son peligrosas en su uso a largo plazo especialmente en personas mayores, por el riesgo a sufrir accidentes automovilísticos, caídas y caderas rotas, entre otros efectos secundarios. Además, y por su fuera poco, se han asociado al desarrollo de la enfermedad de Alzheimer y las personas con Alzheimer que tomaron benzodiacepinas tuvieron un 41% más de probabilidades de morir que aquellos que no las tomaron.

Por ello, es fundamental que se empiece a reevaluar sus síntomas y comenzar a disminuir las dosis para finalizar la terapia, ya que médico y paciente suelen saber cuándo comenzar un tratamiento pero no cuándo acabarlo. Ello, unido al cambio de médico que realiza el seguimiento, los cortos tiempos de consulta debido a los recortes y la privatización y a la tolerancia que se genera en el paciente hace especialmente complicado desengancharse de esta droga. Algunas personas anónimas me cuentan su desenganche como una pesadilla. “El problema es, además, que al tratarse de una droga prescrita por un profesional, no consideras que sea algo peligroso a medio largo plazo”, cuenta una de ellas.

Según una nueva investigación publicada en «JAMA Internal Medicine» puede convertirse en algo crónico a largo plazo en uno de cada cuatro adultos.

Los ansiolíticos más utilizados en España son el loracepam, conocido como Orfidal, y el alprazolam, más popular como Trankimazin. En la última década en nuestro país, su consumo ha aumentado en más de un 50% y somos líderes en Europa en el consumo de benzodiacepinas como el lorazepam o Trankimazin según la OMS. La ansiedad es, con la depresión, el problema de salud mental más común y la epidemia de nuestro siglo. Aún más en las mujeres; el doble, según la Organización Mundial de la Salud.

Además, estos medicamentos se prescriben más a mujeres que a hombres. Sin ir más lejos, las mujeres toman tranquilizantes el doble que los hombres. Las causas sociales debido a la brecha salarial, la doble jornada, el nido vacío, la soledad, la pobreza, la desigualdad económica y social, las violencias de todo tipo… hacen que muchas de ellas acudan a atención primaria en busca de un calmante para su situación vital. El problema es que estas drogas serán a la larga una carga más que tendrán que sumar a su espalda. Y pocas veces se advierte del grave peligro. También existe un sesgo de género a la hora de tratar este tipo de problemas, como ya comenté en el anterior artículo.

Tenemos un problema serio de salud pública con este abuso de sustancias legales, algo que ya ha hecho saltar las alarmas en EEUU. Las farmacéuticas son las mayores interesadas, al sistema le viene de lujo tener a parte de la ciudadanía domesticada y adormecida para que siga produciendo. No hablar de estos temas al ser aún un tabú, tampoco favorece que podamos contrarrestar su mal uso. Lo peor de esta situación es retornar al punto de partida, como ocurre con cualquier otro estupefaciente. Es complicado pedir ayuda o encontrar un profesional reduccionista que no te cambie una benzodiacepina por otra. Es necesaria una mirada crítica en salud mental que prime otro tipo de curas o tratamientos más allá de la química y la farmacología, como lo son la dieta, el deporte y la terapia.

Además, es crucial y urgente una mejor formación de los profesionales de atención médica y del público acerca de los riesgos asociados con estos medicamentos.

La ansiedad y sus consecuencias nos cuesta el 2% del PIB anual, dinero que podría ser destinado a otro tipo de terapias, prevención y mejora de la calidad de vida. Pero así no ganarían las farmacéuticas y todos los intereses creador alrededor.

Conozco gente que lleva años tomándolas y les cuesta desengancharse. Yo misma. Y los psiquiatras no ponen demasiado hincapié en reducir dosis. Cuando quieres dejarlo, es tarde porque la primera vez no te hablaron de lo que conllevaría. Si vas y le dices que estás peor y que necesitas más, lo más normal es que te la suban o te cambien de droga. En mi propia experiencia he tenido que ser yo misma la que busque un especialista de salud crítica y hayamos pactado la reducción, pero no es algo habitual. Además, es que uno de los grandes problemas es el gran poder de habituación de estos fármacos y la falta de estrategias de deshabituación. Salgo del armario por la importancia que creo tiene este tema. La sociedad nos lleva a rompernos y abusar de ciertas drogas, sólo que algunas nos parecen mejor que otras moralmente, y la realidad es que no lo son.

Por todo ello he visto importante sacar a la luz el grave problema que tenemos, que hace fundamental un seguimiento de todos los consumidores de esta droga, además de buscar alternativas que no sean la de la medicalización de la salud mental y en general, de todo.