Opinion · Otras miradas

La homeopatía suspende matemáticas

Ana Portilla Ferreira

Profesora de Matemáticas, Saint Louis University

Ana Granados

Profesora de matemáticas, Saint Louis University

Pues no. La homeopatía no tiene base científica, aunque la receten algunos (pocos) médicos; igual que no la tiene la osteopatía, aunque la practiquen algunos (muchos, desgraciadamente) fisioterapeutas.

Tampoco es una técnica milenaria. Como sabrán de sobra los lectores interesados en el tema, la inventó el médico alemán Samuel Hahnemann hace unos 200 años y ha permanecido prácticamente inalterada desde entonces, a diferencia de la medicina moderna, que se revisa constantemente. Por ejemplo, se estima que la mitad del conocimiento válido hoy en neurología será reexaminado y corregido en los próximos siete años. Sin embargo, tal y como escuché decir con tanto acierto como ironía a Pedro Miguel Echenique (Premio Max Planck de Física y Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica), “Sir Isaac Newton suspendería hoy los exámenes del grado de Física, pero Hahnemann obtendría matrícula de honor en homeopatía”.

Daguerrotipo de Samuel Hahnemann, inventor de la homeopatía. Foto: Wikimedia Commons

Por no alargar innecesariamente este artículo, no vamos a entrar en detalles sobre los experimentos realizados por Hahnemann para fundar la corriente homeopática. Baste decir que no pasarían ninguna revisión por pares según los estándares metodológicos científicos vigentes hoy en día. Solo diremos que su teoría se basa en dos principios: similitud e infinitesimalidad.

El primero de ellos alude, según su creencia, a que “lo similar cura lo similar” (de ahí el término “homeopatía”: del griego homois, similar, y pathos, sufrimiento). Así, se trata de encontrar sustancias (en lenguaje homeopático, tinturas madre) que provoquen (literal o poéticamente) síntomas similares a los que pretenden curar. Por ejemplo, cafeína para tratar el insomnio, polen para la rinitis alérgica o sal común para combatir la frustración y la tristeza (se entiende que las personas tristes o frustradas están “secas por dentro, como la misma sal”; ya hemos dicho que a veces la similitud es poética).

La colección de tinturas madre es, cuanto menos, pintoresca, e incluye remedios tales como antimateria o Excrementum caninum (en esta ocasión, el latín es de agradecer).

El segundo principio, el de la infinitesimalidad, establece que, cuanto más diluida se encuentre la tintura madre, más eficaz será el remedio obtenido a partir de ella. Si bien es cierto que hay una experiencia personal del propio Hahnemann que, aunque no justifica, sí explica el primer principio, para este segundo no hay razón alguna. Carece por completo de plausibilidad biológica.

Así se hace un producto homeopático

¿Cómo se elabora un preparado homeopático? Para empezar, la tintura madre se tritura o macera y después se disuelve repetidamente en un líquido excipiente (usualmente agua, alcohol o glicerina). ¿En qué proporción y cuántas veces? Pues no hay una única manera de hacerlo; depende del código que aparezca en la etiqueta del producto homeopático en cuestión.

Tomemos como ejemplo Natrum Muriaticum 30CH. En este caso concreto, la tintura madre no es otra cosa que sal común (pero en latín, que parece más serio; aunque el becario ha patinado un poco en la traducción, ya que el término correcto sería Natrium).

Para fabricarlo, el homeópata tomará una parte de sal triturada y la disolverá en 99 partes de líquido (lo habitual es utilizar un recipiente de 100 ml).

Agitará vigorosamente la mezcla 100 veces (Hahnemann usaba su Biblia para ello, pero la norma se ha relajado en este sentido, suponemos que debido al avance del agnosticismo) y así obtendrá un preparado Natrum Muriaticum 1CH.

Aunque, un momento, ¿no se trataba de preparar un 30CH? En efecto, aún estamos lejos de terminar. A continuación, el diligente homeópata tomará una parte del recién obtenido Natrum Muriaticum 1CH y la disolverá en 99 partes de excipiente. Tras la pertinente agitación (sucusión, en su terminología), obtendrá un Natrum Muriaticum 2CH.

Homeópatas de grandes bíceps

Como ya habrá deducido el sagaz lector, nuestro homeópata deberá armarse de paciencia (y de bíceps) para diluir y agitar los sucesivos preparados obtenidos hasta completar un total de 30 ciclos. Obviamente, si se tratara de un producto 50CH habría que completar 50 ciclos.

El último paso consiste en pulverizar el líquido obtenido sobre bolitas de sacarosa o lactosa, formato en el que llegará el producto al consumidor final.

Por cierto, como el lenguaje es importante a la hora de dar credibilidad a cualquier pseudociencia que se precie, para describir este proceso un homeópata de pro no hablará de disolución y agitación, sino de potenciación y dinamización. De acuerdo con su credo, las repetidas disoluciones potencian el efecto de la tintura madre, y los meneos la dinamizan.

¿Y qué efectos son potenciados y dinamizados en el caso de la sal común? Sin mirar la chuleta, se diría que alguno chungo, como hipertensión o cálculos renales. Error. Según afirman, este producto sirve para tratar acné, asma, estreñimiento, otitis, rinitis, sinusitis, herpes, depresión, amenorrea, síndrome premenstrual… ¡Igual deberíamos seguir cobrando en sal como los legionarios romanos!

Dejando aparte la duda de que la sal común esté indicada en el tratamiento de cualquiera de las dolencias de la lista anterior, la pregunta natural es: ¿pero, queda algo de sal, potenciada o no, después de todo este ajetreo? A modo de spoiler adelantaremos que este producto no tiene contraindicaciones para hipertensos, pero sí para diabéticos, intolerantes a la lactosa o personas propensas a caries dental. Echemos mano de matemáticas elementales para constatarlo.

En matemáticas, las preposiciones “de” y “por” son usualmente equivalentes. Por eso, la mitad de la quinta parte o la quinta parte de la mitad son la misma cosa. La primera operación se denota como ½ x 1/5 y la segunda como 1/5 x ½ (recuerde, “de=por”).

Pues bien, utilizando este lenguaje, podemos decir que si un producto Natrum Muriaticum 1CH contiene una centésima parte de sal, entonces un preparado 2CH contiene una centésima parte de una centésima parte de sal, cantidad que, según hemos visto antes, puede escribirse como 1/100 x 1/100.

Siguiendo con esta lógica, un preparado 3CH contiene una proporción de sal igual a 1/100 x 1/100 x 1/100, es decir, una millonésima parte. Y así sucesivamente. Para un 30CH, la proporción de sal está determinada por una fracción en la que el denominador es un 1 seguido de 60 ceros. Es decir, hay 1 parte sal por cada 1 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 partes de producto.

En ciencia, por razones obvias, preferimos utilizar la notación exponencial para abreviar, y así diríamos que hay una parte de sal por cada 10⁶⁰ partes de preparado. Pero los humanos no estamos diseñados para estimar el valor real de cantidades muy grandes o muy pequeñas y tampoco se nos da bien entender qué es un crecimiento o decrecimiento exponencial.

Por ejemplo, en un pequeño grano de arena hay unos 3∙10¹⁹ átomos. Pero en todo el universo conocido, se estima que hay “solo” en torno a 10⁸⁰ átomos. Ese salto de 19 a 80 supone una diferencia abismal, porque cada unidad que se añade en el exponente multiplica por 10 la cantidad previa. De igual forma, cada nuevo bucle en el proceso de disolución divide por 100 la dosis de tintura madre original.

Ingerir una molécula de sal, algo casi imposible

A continuación, propondremos algunas analogías que ayuden a nuestro cerebro a entender estos números tan pequeños; y en un alarde de generosidad, asumiremos el mejor escenario posible para un consumidor de homeopatía: que las bolitas de azúcar de un bote de Natrum han sido impregnadas con todo el líquido resultante al completar los 30 ciclos (es decir unos 100 ml de agua mareada; si se utilizara menos cantidad, las cifras serían aún más desoladoras).

Siendo así, la probabilidad de ingerir una molécula de sal tomando un bote de Natrum Muriaticum es comparable a la de ganar cinco semanas seguidas la Lotería Primitiva. Y para estar seguros de que vamos a tomar al menos una molécula de sal, deberíamos tragar una masa de Natrumequivalente a la de 50.000 soles.

Incluso si habláramos de una presentación de Natrum Muriaticum mucho menos diluida, por ejemplo 12CH, la disolución obtenida sería equivalente a verter tres cuartas partes de una cucharadita de café en toda el agua de la Tierra.

La homeopatía: “aaaaasúcarrrr” remojado

Resumiendo: La homeopatía consiste en diluir a escalas cósmicas una sustancia de eficacia no demostrada para después pulverizarla sobre bolitas de sacarosa o lactosa. En definitiva, ¿de qué se trata entonces? Pues, como diría la gran Celia Cruz, de “aaaaasúcarrrr”. Remojado, eso sí, utilizando un excipiente manipulado muy laboriosamente.

La rama alemana del movimiento escéptico internacional, GWUP (traducido, Sociedad para la Investigación Científica de Paraciencias), celebró un encuentro el pasado mes de mayo en el que anunció que dará un premio de 50.000 euros a la primera persona o grupo que sea capaz de identificar la tintura madre presente en varios remedios homeopáticos. No parece que corran peligro de quiebra.

A algunos lectores el reto les resultará similar al que propuso en su día el mago y escéptico James Randi, cuando ofreció un millón de dólares a quien pudiera demostrar evidencia de cualquier poder o suceso paranormal. Por cierto, el ilusionista Randi también tuvo un papel fundamental a la hora de rebatir la que ha sido, sin duda, la mejor oportunidad de la homeopatía para demostrar algún tipo de validez científica. Ahí lo dejamos.

Recientemente, España ha denunciado ante la Unión Europea el fallecimiento de pacientes oncológicos que abandonaron tratamientos con evidencia científica en favor de la homeopatía.

Algunos centros públicos acogen cursos sobre esta pseudociencia; los productos homeopáticos son recetados por médicos colegiados y después dispensados en farmacias. ¿A qué esperan las autoridades sanitarias para actuar? Como diría Jennifer López, ¿y las leyes pa’ cuándo?

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

The Conversation