Opinion · Otras miradas

La revolución feminista será una revolución cultural

Andrea Momoitio

Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine.

El feminismo es una teoría de pensamiento revolucionaria, transformadora, crítica, clara, directa. Entre tus objetivos, la igualdad entre hombres y mujeres es una prioridad, pero no es la única. Se trata de subsanar las desigualdades sociales existentes, sí, pero también de una propuesta a futuro, es un proyecto político a todos los niveles. El feminismo plantea una economía distinta, maneras diferentes de amar, de relacionarnos con la familia y con las amigas, nuevos objetos de estudio en todos los ámbitos científicos, nuevas formas de investigar, nuevos dilemas morales y alternativos de vida al neoliberalismo voraz. Gran parte de los esfuerzos del movimiento feminista, de las organizaciones sociales que trabajan con esta perspectiva, es lograr incidencia política, lograr cambios legislativos, proponer mejoras instituciones, o incidir en el ámbito educativo. Son solo algunos ejemplos, claro, porque tenemos miles de frentes por delante. El pensamiento patriarcal es un virus al que aún no le hemos encontrado una vacuna del todo eficiente. Eso sí, está debilitado. Desde todos los ámbitos del conocimiento, muchas mujeres* trabajan por hacerse un hueco, por recuperar las oportunidades que nos han robado, para deshacernos, por fin, del eterno síndrome de la impostora. El arte y la cultura son dos de los ámbitos en los que quizá cueste más que permee el pensamiento feminista.

Dicen, claro, que tratar de incorporar esta perspectiva limita la libre creación, que la corrección política nos está matando. Lo dicen, claro, esos a los que no matan, esos que no tienen miedo al caminar por la calle, los que ganan más, no concilian, ascienden y se tocan los huevos al llegar a casa. La polémica en torno a la crítica de una concursante de Operación Triunfo a la canción de Mecano puede ser un buen ejemplo de ello. Se rasgan las vestiduras y ponen el grito en el cielo porque alguien, hoy, no quiera seguir reproduciendo discursos del pasado. Negar que decir que algo es una “mariconez” tiene tintes homófobos es como negar que es machista asegurar que las mujeres están hechas para cocinar. Pero, en fin, que me lío y acabo hablando yo también de esas polémicas que generan quienes necesitan reafirmarse en su miedo al cambio. Yo quería hablar de un grupo de mujeres, que armadas con guitarras, cajones, bajos, flautas y mucho-mucho-mucho poderío, se han puesto el mundo por montera y han formado un colectivo que busca visibilizar el papel de las mujeres en el arte, especialmente en la música, pero no solo. Es un grupo formado por mujeres artistas procedentes de diferentes disciplinas: cantautoras, músicas, poetas, artistas plásticas, actrices y cirqueras, que trabajan sin descanso. El primer encuentro de los que han organizado hasta ahora, ¡y no puede ser casualidad!, fue en el Centro Penitenciario Madrid. Llevaron a cabo diferentes talleres artísticos con las internas y empezaron a experimentar con la fusión de disciplinas en el escenario. Entienden entonces, tras el éxito de la propuesta, que necesitan más espacios de creación propios. Lo necesitan ellas y lo necesitamos nosotras como espectadoras, claro. Lo petan mucho cada vez que se suben a un escenario. Su última gran hazaña ha sido el Esperanzah!, un festival de música. Este año, durante uno de los días del festival, el público pudo disfrutar de un cartel íntegramente formado por mujeres. “Tan solo el 13% de los artistas que actúan en los diez festivales más multitudinarios de España son bandas y solistas femeninas”, denuncian desde la organización de este encuentro que ha hecho historia. La iniciativa partía, precisamente, del colectivo Arté Muhé y de Amparo Sánchez, que lograron reunir “a más de 40 grupos y artistas de distintas generaciones y géneros (…) Unidas por la esperanza de un mundo en igualdad. Empoderan la causa y su talento”. Un aplauso para todas ellas.

Hoy, quiero hablar de ellas porque su proyecto me parece imprescindible, pero, sobre todo, porque cada vez estoy más convencida de que la revolución feminista tiene que ser una revolución cultural. Kate Millet decía que mientras ellos gobernaban nosotras amábamos, pero hacíamos muchísimas cosas más, que ni se conocen, ni se respetan, ni muchísimo menos se valoran como arte. Igual que los saberes tradicionales de las mujeres nunca han sido considerados ciencia, las disciplinas artísticas que nosotras más hemos practicado nunca han tenido el reconocimiento que se merecen. Estoy convencida de que, si invirtieramos algunas de las energías que invertimos ahora en la incidencia política más tradicional, en la creación de referentes, el camino hacia la igualdad sería un poco más corto y, desde luego, mucho más divertido. Es muy importante, por supuesto, que sigamos organizadas, peleones, cuestionandolo todo, pero es tan o más importante que nuestras niñas crezcan viéndose representadas en todos los ámbitos de la vida. En los escenarios también, por supuesto.

Otro aplauso.