Opinion · Otras miradas

Los periodistas hablan y los reyes callan

León Fernando del Canto

Abogado en Londres y consejero de Al Sharq forum en Ginebra y Estambul

Lo han asesinado. Convirtieron sus palabras progresistas en gritos de dolor hasta que lo acallaron. Como callan ahora sus verdugos, los mismos que impusieron su apellido a las tierras de Arabia. No puedo creer que no volveré a oír su voz contundente y su fuerte acento árabe. Alineado con aquel periodismo de calle, libre e independiente que inauguró Al Jazeera, Jamal había hablado demasiado alto y claro en los últimos años del verdadero cáncer del mundo árabe: la censura y la falta de libertad e igualdad.

Jamal era un periodista progresista y demócrata, que, como gran parte de las y los periodistas árabes vivía en tierra de nadie. En Estambul, esa ciudad de indefinición, y a la vez de convergencia, se sentía cómodo. Los medios de sus compatriotas lo perseguían por sus ideas liberales, mientras que los occidentales, que tan poco saben de la realidad árabe, lo tachaban de islamista. La confusión rocambolesca que desde el principio ha rodeado su asesinato, con declaraciones cambiantes y contradictorias de Arabia Saudí y las dudas sembradas por Trump, enemigo declarado de la verdad, han enturbiado el esclarecimiento de los hechos, y desviado la atención del verdadero foco de gravedad.

Pero lo que más molesta a quienes lo conocimos son las descalificaciones sobre la independencia de su periodismo y su labor investigadora, vertidas por quienes ignoran todo  lo que vaya más allá de su perfil en Wikipedia, así como del mundo en que se movía. Los que sí tuvimos el honor de tratarlo pedimos ahora que se clarifique lo ocurrido. Pero, sobre todo, que su asesinato nos quite la venda de los ojos. Al margen de cuál sea el resultado de la investigación, el cuadro clínico parece claro: un periodista ejerció una crítica activa y legítima contra los abusos de poder perpetrados por un príncipe heredero. El periodista ha sido asesinado. El príncipe no sabe nada.

La embajada saudí en Estambul se ha convertido en un símbolo de la crueldad, la intransigencia y el desprecio a los valores humanos por parte de un régimen que campa a sus anchas a nivel internacional. El asesinato de Jamal es un síntoma que apunta a una enfermedad subyacente que no debería estar sembrando sus estragos en pleno siglo XXI. Diagnóstico del que, antes de que lo acallaran definitivamente, Kashoggi dejó constancia en lo que, tristemente, ha terminado por resultar una radiografía autoprofética. Así lo denunciaba en la que, bajo el título “Lo que más necesita el mundo árabe es libertad de expresión”, se ha convertido en su última columna de opinión en el Washington Post, medio para el que escribía y que la ha publicado tras su desaparición:

“Los árabes […] están desinformados o mal informados. Son incapaces de abordar adecuadamente, menos aún discutir en público, asuntos que afectan a la región y a su vida diaria. El relato gubernamental domina la opinión pública y, aunque muchos no lo crean, la mayor parte de la población es víctima de ese relato falso. Por desgracia, la situación difícilmente cambiará”.

Así pues, Kashoggi (se ha demostrado que tenía fundadas razones para ello) era pesimista acerca de la existencia de un remedio contra este mal. Uno que, sin embargo, se nos debería antojar insostenible: tomar como rehenes a los medios de comunicación constituye una obstrucción a la verdad, y, con ella, al mundo libre.

Por tanto, resulta inconcebible que el periodismo no se halle, no sólo protegido, sino totalmente blindado a nivel internacional, como nos obliga el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que sanciona que la libertad de expresión “incluye no ser molestado a causa de las opiniones, el investigar y recibir informaciones y opiniones, y el difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Jamal es el último exponente de una larga y oprobiosa lista de periodistas asesinadas y asesinados, ante la que la comunidad internacional permanece más o menos impasible. El boicot de países como Reino Unido, Francia u Holanda al foro económico organizado por Arabia Saudí es un paso importante, pues pone de relieve la importancia que se le confiere a la protección del periodismo como profesión, pero no deja de constituir un mero gesto simbólico, a todas luces insuficiente. Paliativo apenas, puesto que no ataca la verdadera raíz del problema, a saber, la irresponsabilidad de los soberanos cuando detentan un poder absoluto. Éste adquiere su forma más sangrante en teocracias pétreas como la saudí, pero de sus resonancias no se libran ni siquiera las democracias liberales. En ellas pervive a través de resquicios de inmunidad y privilegios vitalicios para estamentos monárquicos, gubernamentales y eclesiales, ante los que el periodismo se encuentra desarmado en más ocasiones de las deseables.

Contra esta disfunción del sistema previene el artículo 10.1 del Convenio Europeo para la Protección de los Derechos del Hombre y de las Libertades Fundamentales, al establecer que la libertad de expresión “comprende la de recibir o comunicar informaciones o ideas sin que pueda haber injerencia de autoridades públicas”.

Una puntualización que se ha revelado pertinente por entero, ya que señala de forma directa al quid de la dolencia: que los reyes callen impunemente después de impedir que los periodistas sigan hablando. Queden como recordatorio las últimas palabras de Kashoggi: “Lo que más necesita el mundo árabe —y el mundo en general— es libertad de expresión”. Que nadie las silencie.