Opinión · Otras miradas

Madrid, Pontevedra y las piernas como medio de transporte

Soy pontevedresa, nací, viví y estudié muchos años en Pontevedra y pude ver el cambio que experimentó mi ciudad en la última década. Ahora esta villa está mundialmente reconocida como uno de los mejores lugares de Europa para vivir, especialmente si se tienen niños. Una ciudad galardonada en medio mundo por su proyecto de peatonalización y sostenibilidad, que ha conseguido reducir la contaminación en un 70%. Una ciudad que presume de ser un lugar para las personas y en donde el comercio local no tiene que competir con ninguna gran área comercial. Es la única ciudad de Galicia sin un centro comercial real, más allá de dos hipermercados con unas pocas tiendas alrededor. El imperio Inditex sigue en las calles.

Praza de Leña, en el centro histórico de Pontevedra
Praza de Leña, en el centro histórico de Pontevedra

Pero no siempre fue así. Estudié en un colegio de los arrabales, lo que ahora es el campus universitario en la zona conocida como A Xunqueira. Una zona de alto valor natural que en su momento fue un vergel de juncos que llegaban hasta la puerta del cole. A unos 200 metros de mis escuela estaba ubicada una fábrica llamada Tafisa, una industria de tableros de madera que se beneficiaba de su privilegiada ubicación a orillas del río Lérez en donde los vertidos industriales provocaron muertes masivas de peces en los años 90. Los alumnos convivíamos con los humos, gases, malos olores y los ruidos constantes de las máquinas. Era habitual que no pudiésemos abrir las ventanas de clase en verano por el tufo. Por si fuera poco, los profesores o la Consellería de Educación, nos regalaban cada año una excursión a la apestosa fábrica en donde los grupos de escolares deambulábamos sin mascarilla entre nubes de partículas de serrín y vapores de productos químicos. Las criaturas nos tapábamos los ojos llenos de lágrimas, mientras tosíamos y se nos caían los mocos por la congestión. Yo tuve que abandonar la visita varias veces. Tenía alergia y no dejaba de estornudar. Casi todos las niñas y niños de mi clase teníamos enfermedades respiratorias como alergias y asma.

También viví, hace una década, y durante año y medio en Madrid. Durante unas semanas trabajé en una tienda de Gran Vía de cuyo nombre no quiero acordarme. A veces bajaba caminando al trabajo desde Avenida de América. Toda una odisea de ruidos, humos y jugarse el pellejo en los cientos de cruces llenos de conductores histéricos a primera hora. La Gran Vía por la mañana era como la fábrica de al lado de mi cole. Imposible plantearse tomarse un café al otro lado de la calle, en los quince minutos de descanso. No daba tiempo a atravesar la maraña de coches y semáforos. No había niños sueltos, ni personas con movilidad reducida paseando tranquilamente con su silla de ruedas. No había viejos. Mi compañero de piso bajaba cada día a correr y llegaba al piso ahogado. A mí solo se me ocurrió un par de veces y después decidí que era mejor fumar más y moverme menos por aquello de guardar la salud. 93.000 personas han muerto en España por la contaminación atmosférica en la última década como consecuencia de las enfermedades relacionadas directamente con contaminantes como el dióxido de nitrógeno o el ozono troposférico presentes en las emisiones de los vehículos y las industrias. Madrid lleva años superando los límites de dióxido de nitrógeno establecidos por la legislación europea.

En Pontevedra, las cosas cambiaron a principios del nuevo siglo. Con la zona poblada de colegios, institutos y universidades, la fábrica se trasladó a un polígono industrial de otro concello. Desgraciadamente, los pontevedreses tuvimos que seguir lidiando con otro monstruo ambiental con el que Rajoy decidió obsequiar a su querida ciudad natal. Pero entonces, de la mano de la corporación municipal encabezada por el alcalde Miguel Anxo Fernández Lores, empezó otra revolución: la de la humanización de la ciudad. La peatonalización de Pontevedra fue un proceso lento y doloroso. Doloroso, porque en su momento no faltaron los hooligans del capitalismo para advertirnos de que los comerciantes se iban a arruinar si las compradoras no podían aparcar su coche a cinco centímetros del Zara, de tal modo que al abrir la puerta del vehículo ya estuvieses en el interior de la tienda, metida en ese agujero de gusano a través del cual se podía viajar sin necesidad de cheirar a rúa. Los Lendakaris Muertos pusieron letra a este fenómeno en su tema Anormal del centro Comercial. Los hooligans se equivocaron, y hoy las tiendas de Pontevedra funcionan a todo trapo, han abierto y se han consolidado muchos locales del pequeño comercio -ninguno ha cerrado por la prohibición de ojear el escaparate desde el coche- y la gente pasa mucho más tiempo en las terrazas y en las calles. Calles cada vez más humanizadas, sin coches, con bancos y zonas de descanso y de recreo en donde las niñas y los niños pueden correr y jugar sin necesidad de encerrarlos en esas jaulas llamadas parques infantiles. Ahora la ciudad es de las personas y, aunque no lo creáis, tiene grandes funciones como ente socializador más allá de darle vida a la tarjeta. Por fin se puede hacer running por la senda del río Lérez sin acabar como si te hubieses fumado dos cartones de Ducados.

Ayer escuché en la radio a un defensor de los coches decir que el plan de Carmena de restringir el tráfico y disminuir la velocidad iba a traer grandes complicaciones a las personas mayores, con movilidad reducida, o a los padres que quieren llevar a sus niños pequeños al colegio en coche. A lo mejor es el momento de exigir más y mejor transporte público y aparcamientos disuasorios en beneficio de todas esas personas. En Pontevedra las sillas de ruedas y los carritos tienen prioridad sobre los coches. Y las piernas, sobre las ruedas. Muchos se sorprenderían si aprendiesen a manejarlas.