Opinion · Otras miradas

La cárcel de Juana Rivas es de todas

A menudo tengo que oír a mujeres que, hablando sobre violencia machista, responden que ellas no la conocen. Podría preguntarles si nunca han tenido miedo al volver solas por la noche a casa, o qué sintieron la primera vez que sus hijas trasnocharon fuera, pero cada vez me cansa más hacerlo. Sí pienso, en cada una de esas ocasiones, que aquellos avances que hagamos entre todas los disfrutan también ellas, las que niegan nuestra lucha, y los disfrutarán sus hijas. De eso se trata. Los avances en la lucha por los derechos de las mujeres, cada paso que damos, permanece, y el mundo mejora para todas.

Juana Rivas, a su salida de los juzgados de Granada, tras haberse entregado casi un mes después de incumplir la orden de devolver a sus dos hijos a su expareja. EFE/Pepe Torres
Juana Rivas, a su salida de los juzgados de Granada, tras haberse entregado casi un mes después de incumplir la orden de devolver a sus dos hijos a su expareja. EFE/Pepe Torres

Es el caso de Juana Rivas. Las decisiones de Juana Rivas de no entregar a sus hijos a un padre condenado por maltrato contra ella y los dos niños, y denunciado hasta en seis ocasiones por lo mismo sin que la Justicia haya tomado medidas, es un paso que no solo afecta a esta mujer empecinada y valiente, sino a todas las mujeres. Su desobediencia lo cambia todo. Visibiliza un problema que conocen bien las numerosas mujeres que han pasado por el mismo infierno, pero además crea conciencia entre quienes no se habían parado a pensar en qué significa para una madre tener que dejar a sus hijos o hijas en manos de un hombre que la ha maltratado, un hombre que la ha agredido ante las criaturas, y que por lo tanto no solo delinque contra ella sino también contra sus vástagos.

Ningún paso en el avance contra la violencia machista (y ahí entra desde lo salarial hasta el asesinato) ha resultado fácil. La desobediencia ha sido una de las herramientas necesarias, una de las más útiles y, desde mi punto de vista, imprescindible. Una no puede obedecer una ley que considera injusta, mucho menos cuando significa poner en riesgo la integridad y hasta la vida de sus hijos. Eso sí, implica atenerse a las consecuencias de dicha acción. En el caso de Juana Rivas, las consecuencias no son menores. Por lo pronto, una condena a cinco años de cárcel.

Por eso la cárcel de Juana Rivas es nuestra cárcel, la de todas. No sé si el primer paso de esta madre audaz fue del todo consciente, no sé si midió las consecuencias que podía tener. Sin embargo, una vez desobedecida la orden judicial, y vuelta a desobedecer ahora, se ha convertido en un asunto de todas, un paso de una importancia enorme. Ya no es una decisión individual, íntima. Con la desobediencia de Juana Rivas ganamos todas y también gana la sociedad, que aprende cómo las mujeres tenemos que ganarnos los derechos y el respeto a bocados, dejándonos la piel. Y si ganamos todas, resulta imprescindible que todas apoyemos a esta mujer que paga y pagará por hacer menos brutal la sociedad en la que vivimos.

Leyendo estos días el libro El feminismo lo cambia todo, de Silvia Clavería, volví a repasar las entradas y salidas de la cárcel de las sufragistas. Los derechos de las mujeres se han conseguido luchando contra lo establecido, desobedeciendo unas leyes que estaban redactadas contra nosotras, saltándonos sus reglas. Si no hubiera sido así, yo no estaría hoy escribiendo este artículo, no se lo mandaría a las mujeres llamadas Ana Pardo de Vera y Virginia P. Alonso porque ellas tampoco dirigirían un periódico y tú no lo estarías leyendo.

En el futuro, otras podrán decir lo mismo de los pasos dados por Juana Rivas. Entre tanto, Juana Rivas puede entrar en la cárcel. Su desobediencia es nuestro avance, y por lo tanto su cárcel también debe ser la nuestra. No debería estar sola en esto.