Opinion · Otras miradas

Transfobia feminista

Andrea Momoitio

Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

No he tenido muchas experiencias trans* cerca y, de esa afirmación puede deducirse, que ninguna de ellas ha sido en primera persona. He acompañado, más o menos de cerca, dos procesos de transición muy distintos. En el primer caso, yo era una cría. No entendía muy bien qué necesitaba mi amiga, pero supuse que era suficiente con mi cariño y compañía. Transitó ella y transitamos todo su entorno. Algunas, no vaya a creer nadie que fue un camino de rosas, lo hicimos mejor que otras. Pero todas lo hicimos regular.

Entonces el feminismo no había llegado aún a mi vida y ahora, haciendo retrospectiva, entiendo mejor algunas cosas y dejo de comprender por completo otras. Sólo una certeza me acompaña desde entonces: nadie se lo pone fácil a las personas que deciden vivir un tránsito. Nadie. Ni siquiera quiénes creemos ser una buena compañía en ese momento.  Es un proceso, que en el mejor de los casos, es largo, tedioso, cuestionado continuamente. Igual que ‘salir del armario’ si eres bollera, por ejemplo.

Tendemos a creer que es una decisión que se toma en un momento puntual, pero en realidad se trata de una actividad diaria. Todos los días tienes que salir del armario en esta cultura tan heterosexista, que te presupone heterosexual a la primera de cambio. Los tránsitos de las personas trans* también son siempre procesos inacabados de alguna manera. Me contaban este verano dos compañeras de México, Jessica y Lía, de la Red de Juventudes Trans, que las personas cis (las personas que nos identificamos con el género que nos asignaron al nacer) contamos con el privilegio de la certeza. Ellas, sin embargo, se enfrentan a diario a comentarios que aluden a lo bien que disimulan: “No se nota” o “¡Lo sabía! ¡Te pillé!”.

Por eso, me rajo las vestiduras y se me parte el corazón cuando me encuentro con discursos tránsfobos que provienen del movimiento feminista. Quizá la palabra sea muy fuerte: transfobia. Odio, rechazo, animadversión hacia las personas trans. Qué fuerte, sí. No creo que el objetivo sea la erradicación física de nuestras compañeras trans, por supuesto, pero sí que creo que hay una tendencia creciente a la erradicación simbólica de sus vivencias, sus procesos, su presencia en el movimiento feminista. Esto lo ha explicado mucho mejor que yo Laura Gaelx en un artículo reciente para Pikara que, por supuesto, no ha estado libre de polémica.

Hace unos años entrevisté a mi amigo Victor, que me contaba que él es plenamente consciente de que si hubiese nacido en otro momento, en otro país, quizá no hubiera querido transitar. Afirmaba que cree que la transexualidad es una cuestión cultural y aprendida, como prácticamente todo en este jodido mundo. En eso coincide con cierto sector del feminismo que en nombre de la lucha por la desaparición de los roles de género apuesta por la expulsión de las personas trans del movimiento. Él también es partidario de dejar fluir la expresión de género sin que sea necesaria la modificación corporal o un tratamiento hormonal, pero cuando le entrevisté entonces su sueño pasaba por quitarse las tetas.

¿Es mi amigo Victor incoherente? Pues ni más ni menos que el resto, pero ¿sabéis qué pasa? ¡Que quería ir a la piscina! Quería ir a la piscina sin que le pusieran pegas, como ya pasó este verano en una localidad cerca de Vitoria-Gasteiz con otro chico trans*, sin que toda la piscina mirase su barba y sus tetas, sin sentirse un bicho raro. Educado en los roles de género más tradicionales asignados a las mujeres, su vivencia lésbica y ahora los episodios de transfobia que ha tenido que sufrir, ¿no son motivos suficientes para que entendamos que él también es sujeto de la lucha feminista?

Porque no sé si sabréis, queridas lectoras, que el movimiento feminista se divide aquí. “Solo las mujeres son sujeto del feminismo”, dicen algunas. Mientras, otras, que jamás nos hemos sentido cómodas en esa categoría, tratamos de hacer entender que el sistema heteropatriarcal oprime de maneras muy distintas a sujetos diferentes. En mi lucha feminista, en mi lucha por la erradicación de un sistema de valores patriarcal, no puedo imaginarme sin la compañía de mis hermanas las maricas, que sufren todavía escarnios públicos; no puedo imaginarme sin la compañía de las mujeres trans*, relegadas a un segundo plano también en el movimiento feminista; no puedo caminar sin los hombres trans*, invisibles y jodidos a partes iguales.

En otro artículo que publicamos en Pikara la semana pasada, Sam Fernández defendía que quizá sea más práctico para el movimiento que empecemos a pensar en qué queremos hacer y no tanto en quiénes somos. Desde luego, eso sería una forma estupenda de darnos cuenta de quién está a nuestro lado y quién no.

Las diferentes corrientes feministas, que de una manera u otra han convivido siempre, a veces solo tienen en común el nombre. Hay posturas que parecen irreconciliables y yo, qué queréis que os diga, tampoco sé si quiero reconciliarme con algunas de ellas.

Hemos tenido que leer que las mujeres trans* son hombres infiltrados en el movimiento, que la lucha por un lenguaje transinclusivo es una chorrada con los mismos argumentos de Pérez Reverte. Qué paradojas más dolorosas.

El caso es que yo no sé si podemos llegar a algunos acuerdos. Quizá, simplemente, no vamos en el mismo barco. Al menos, yo no quiero compartir travesía con personas que no cuestionan sus relaciones personales con los hombres cis (insisto: los que no son trans), pero creen que hay una especie de conspiración internacional que lleva a algunos hombres a transitar para dinamitar nuestros espacios feministas. Manda narices, querida. El otro día, en un encuentro de la Marcha Mundial de las Mujeres, una mujer decía que en su país, las personas trans, incluso, querían que el Estado les pagase las hormonas. Qué drama, ¿verdad? Seguro que más caros salen los abortos y nadie cuestiona que sigáis follando con hombres. Cis. Ya sabes.

PD: Soy plenamente consciente de que muchos abortos son decisiones que toman mujeres y hombres trans tras una violación, pero la lucha por un aborto, libre y gratuito, que ha contado con el apoyo de lesbianas y personas trans* siempre, ha estado especialmente planteada para garantizar los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres heterosexuales.